MAPA DEL
CALENDARIO SINOPTICO
DEDICATORIA
PARA Ml
HERMANO ENRIQUE por su tenaz bondad, la misma de Lila.
James Carson
Jamison nace el 30 de Septiembre de 1830 en una cabaña de pioneros en el
Condado de Pike, Missouri, frontera entonces del Oeste norteamericano. Su niñez
transcurre en los campos junto al Mississippi, rudo mundo de Tom Sawyer
inmortalizado por Mark Twain, quien nacerá en el vecino Condado de Monroe cinco
años después de Jamison.
Los horrores
de la guerra comienzan para él en la sangrienta batalla de Rivas el 11 de Abril
de 1856, cuando una bala costarricense al alojarse en su pantorrilla derecha lo
pone fuera de combate; tres días más tarde se la extrae en Granada con un
cuchillo de cocina el doctor Moses. Convaleciente aún de esta herida, es
ascendido a capitán y al frente de una compañía lo envían a patrullar la Ruta
del Tránsito, en el istmo de Rivas.
DEDICATORIA
Con el corazón lleno de gratitud, el
Autor dedica estas páginas imperfectas y deshilvanadas, como él mismo
voluntariamente lo reconoce, escritas al azar y basadas en gran parte en sus
recuerdos, a su amigo y pariente Mr. Charles White, de Spokane, Waghington,
cuyo afecto y amistad han permanecido firmes y constantes durante más de
treinta años.
Se ha dicho que "el recuerdo de la juventud es un suspiro" y tal debe ser el rememorar de aquéllos a quienes el destino llevó a los campos, selvas y montañas de Nicaragua, hace ya tantos años, bajo el mando del general William Walker, el Predestinado de Ojos Grises, a luchar por un pueblo oprimido. Un suspiro nostálgico por el valor glorioso que se consumió en el fuego de las batallas; un suspiro por la recia virilidad, que sucumbió ante las heridas y las fiebres del trópico; un suspiro por la debilidad de un pueblo que primero suplicó, y después injurió a quienes respondieron a sus ruegos para liberarlo de males acumulados durante siglos de gobiernos corruptos y decadentes.
En la década del 50, los hombres enfrentaban la vida desde un punto de vista más romántico que ahora. Había entonces más sentimiento, se cantaban más canciones y los enamorados se escribían más poemas de amor; la galantería y la gracia brindaban su encanto a la sociedad, al igual que el perfume realza la belleza de la rosa; no habían desaparecido aún los caballeros de antaño con sus plumas y galardones, y la música de los trovadores todavía se escuchaba entre los alegres acordes de las francachelas.
Eran días en que la pasión de aventuras por mar y tierra ardía en el pecho de los hombres. En las vastas regiones del Oeste, las estrellas iluminaban
soledades primitivas, donde brillaba tentador el oro y donde el hambre, los conflictos y la muerte misma, acechaban a quienes con arrojo temerario desafiaban las vicisitudes de la fortuna en el afán de descubrir El Dorado. Uno no renunciaba a las costumbres de sus antecesores y, si recurría code duello en defensa de su honor y de la honra de las damas, actuaba con sinceridad, seguido por tradiciones imposibles de descartar.
Así eran los hombres que se enrolaron con Walker y lucharon bajo su mando, en sus esfuerzos desesperados por hacer realidad un sueño que pudo haber deslumbrado al propio Napoleón.
Durante más de medio siglo, ha prevalecido una impresión falsa sobre el ejército de americanos que se estableció en la República de Nicaragua bajo el mando del general Walker. Según la opinión popular, se trataba de renegados y maleantes que fueron a Nicaragua únicamente para satisfacer su codicia por medio del robo y del saqueo, y en tono despectivo se les llama filibusteros.
Como siempre sucede en esa clase de empresas, quizá hubo individuos cuya índole justifique esa acusación, pero, en conjunto, los americanos respetaron el derecho de propiedad, la santidad de
los hogares y lo sagrado de la vida
misma, y lo hicieron tan honorablemente como cabria esperar en tiempo de guerra
en cualquier país civilizado. El general Walker era un disciplinario riguroso,
cuya firme conciencia se identificaba con el honor, e implacablemente aplicaba
la pena de muerte a quien violara las leyes de la guerra, ya fuere amigo o
adversario.
Sin duda alguna es cierto que, al igual que yo, muchos de los soldados de Walker fueron atraídos a Nicaragua por el deseo de aventuras en tierra extraña, tierra en la cual estamparon su huella, hace siglos, los conquistadores españoles; en donde se alzaron bellas ciudades con palacios y catedrales, bajo los patrocinios de la Corona de España, y en donde magníficas haciendas se extendían por leguas y leguas, hasta perderse en el horizonte. La clase aristocrática de Nicaragua poseía las riquezas y la belleza de la Vieja España y sus caballeros y sus damas lucían una gracia y un donaire adquirido por educación y estadías al otro lado del Atlántico.
LA NICARAGUA
ANTES DE WALKER
1854
Densamente montañosa y tan cerrada que resulta casi impenetrable, la región oriental de Nicaragua produce bananos, caoba y hule. En el centro de Nicaragua hay amplias sabanas, dedicadas a la crianza de ganado vacuno y caballar. El vergel del país, de suelo más rico y fértil, está en la zona occidental, del litoral Pacifico; ahí se cultivan café, cacao y maíz de la mejor calidad y en la mayor abundancia. En Nicaragua no graniza, no nieva ni hiela; tampoco perturban a sus habitantes huracanes o tomados. Reina un perpetuo verano de dos estaciones, la seca y la lluviosa; los aguaceros se suceden casi a diario desde el 1 de Mayo hasta el 1 de Noviembre.
Ambos lagos se orientan paralelos a la línea costera del Pacifico, que Vil de noroeste a sudeste. Las principales ciudades nicaragüenses se asientan al occidente de los lagos, en donde la tierra es más fértil y productiva.
Comenzando por El Realejo, al extremo noroeste, el viajero deja atrás Chinandega, un poco hacia el norte, con sus campanas echadas al vuelo, y, pasando luego por León, por Managua, junto al lago de su nombre, y por Masaya, llega a Granada, en la costa occidental del Lago de Nicaragua, cerca de su extremo superior.
Más abajo queda San Jorge, el puerto lacustre de Rivas, ciudad situada
tres millas tierra adentro. Enseguida está el puerto de La Virgen. Al extremo
inferior de la costa oriental del lago, en San Carlos, el río San Juan inicia
su curso hacia el Atlántico.
Cuando WaIker llegó a Nicaragua, el censo indicaba que la relación de hombres a mujeres era de uno a siete, siniestra disparidad causada por las atrocidades de las guerras civiles nicaragüenses y por un sistema de reclutamiento que arrancaba a los hombres de sus hogares para convertirlos en soldados renuentes. ·
Nada raro era que los dictadores y revolucionarios nicaragüenses mataran
a sangre fría a una docena o más de sus compatriotas, sólo porque intentaban
rehuir dicho servicio militar obligatorio; la alternativa era entre el riesgo
de morir en un combate y la certeza de una ejecución sumaria por intentar
evadir el reclutamiento. Ni un solo poblado o ciudad en toda la república
escapó de los estragos de esas luchas sanguinarias, como lo demostraban paredes
derruidas y puertas y ventanas acribilladas a balazos.
La presencia de WaIker en Nicaragua se hizo posible por la revolución que se inició el 5 de Mayo de 1854, cuando un grupo de ciudadanos influyentes exiliados por el presidente don Fruto Chamorro, desembarcó en el Realejo, y pasaron a Chinandega a organizarse para derrocar al gobierno.
La retirada del ejército de Castellón, seguida de la pérdida de todas las embarcaciones del río y del lago, produjo enorme alarma en el gobierno leonés, y también en el pueblo que lo apoyaba, y sólo con la mayor dificultad se logró mantener unido al ejército. *
En ese crítico momento de la historia del gobierno de Castellón,
ocurrían en California sucesos que cambiarían, pronto y por completo, la
situación militar en Nicaragua, trayendo a escena al Predestinado de Ojos
Grises.
Como poder supremo de esa desdichada república y suscitando el asombro del mundo civilizado ante la audacia de su ambición y ante la magnitud de sus designios.
William Walker nació en Nashville, Tennessee, el 8 de Mayo de 1824, de ascendencia escocesa. Era bajo de estatura, de unos cinco pies con cinco pulgadas, y pesaba alrededor de las 130 libras. Su cuerpo, sin embargo, era fuerte, y su energía vital sorprendentemente grande. La ausencia de barba y bigote realzaba la expresión franca y abierta de su semblante. La nariz aguileña indicaba a las claras su carácter agresivo y decidido, en tanto que los ojos, responsables del sobrenombre Predestinado de Ojos Grises, eran perspicaces y penetrantes en su escrutinio, y de un poder casi hipnótico. La voz de una mujer sería apenas más suave que la de Walker, quien era tan imperturbable que el elogio de una hazaña y el anuncio de una sentencia de muerte salían de sus labios en igual tono calmo y con idéntica enunciación pausada. Aunque afable de trato, reprimía sus emociones, ya fuesen de alegría o de pesar, y nunca se permitió dar muestras de sorpresa. Al igual de lo que afirman otros compañeros, no puedo recordar haberlo visto sonreír jamás. Pero, con todo y la placidez de su voz y de su porte, sus soldados se arrojaban ávidamente sobre la boca misma del callón para obedecer sus órdenes.
Remontándose casi hasta la bóveda celeste, descollaba el volcán El Viejo
hacia el norte, mientras el Momotombo y volcanes menores diseminados en otras
direcciones cubrían desde el Golfo de Fonseca hasta el Lago de Managua; como
solitario centinela, la torre de la gran catedral de León custodiaba la ciudad.
El general Castellón recibió con cordialidad y efusivas expresiones de
confianza a Walker y sus compañeros americanos, llamándolos La Falange
Americana.
Después de la retirada del ejército
democrático de Granada a león, el Gobierno Provisorio agotó todos sus esfuerzos
para sostener las tropas y presentarle al enemigo un frente sólido.
Chamorro no había permanecido ocioso; por el contrario, engrosaba
constantemente su ejército y acumulaba recursos pues, mediante informes
detallados que recibía, se mantenía al tanto de los incentivos ofrecidos por
Castellón para enrolar combatientes en los Estados Unidos.
Chamorro
logró conseguir que la República de Guatemala le ayudara en la guerra contra
los democráticos, y el general Guardiola, uno de los mejores generales
guatemaltecos, ingresó a Nicaragua con un fuerte contingente de las tropas,
Guardiola era hondureño y el terror de los pueblos y debido a su crueldad se le
llamaba El Carnicero de Centroamérica.
La retirada de Granada hizo caer en desgracia, como comandante del ejército, al general Jerez y lo sustituyó el general Muñoz, quien tenía la
reputación de ser un buen oficial, pero lo corroía el egoísmo y aborrecía a los
americanos. A su llegada, éstos vieron
con recelo la primera acción de Muñoz, y Walker a duras penas logró evitar un
choque armado, demostrando en ello su temple y su carácter, y fijando de
inmediato la posición que ocuparían los americanos.
El general Muñoz ordenó dividir la Falange en escuadras pequeñas bajo el
mando de oficiales del país, en tanto que los oficiales de la Falange, ya
seleccionados, ocuparían cargos inferiores a las órdenes de Muñoz.
Walker se opuso al instante a ese ardid de Muñoz, e insistió en
continuar al mando de los americanos, lo que finalmente le fue concedido. El 20
de junio de 1855 Walker recibió su nombramiento de coronel, Achilles Kewen el
de teniente-coronel y Timothy Crocker el de mayor, siendo todos asignados a La
Falange Americana.
Según la constitución de 1838, bastaba una simple declaración de
propósito para que cualquier persona nacida en América adquiriera la ciudadanía
nicaragüense; * de conformidad con esta cláusula, los integrantes de la Falange
ge hicieron ciudadanos de la República, gozando de todos 108 derechos y
privilegios de los naturales.
Walker inmediatamente recibió órdenes del gobierno democrático para
preparar una expedición contra el ejército legitimista en la ciudad de Rivas, y
el 23 de junio se dirigió a El Realejo con la Falange y con 150 nativos al
mando del coronel Ramírez; ahí abordó el Vesta y zarpó en dirección a San Juan
del Sur.
Al
anochecer del 27 de junio desembarcó en El Gigante, a escasas leguas al norte
de San Juan, y a pegar de la oscuridad y del torrencial aguacero que caía,
inició su marcha hacia Rivas, ciudad de 15 mil almas situada a 25 millas de la
oscuridad aumentó a medida que avanzaba la noche, y el diluvio arreció, empeorando
las molestias de la marcha. Tales dificultades, sumadas a la necesidad de
apartarse del camino principal a fin de que el enemigo no se diera cuenta de su
presencia, obstaculizaron y retardaron su avance; a menudo se perdía la senda,
debiendo los guías buscarla a tientas.
El plan original de Walker era atacar Rivas en la noche del 28 de Junio; eso ahora era imposible. Al entrar a la aldea abandonada de Tola, su vanguardia encontró los primeros retenes enemigos, matando e hiriendo a algunos soldados chamorristas, y escapando los demás. En adelante ya no se podría sorprender al enemigo, por lo que resultaba innecesario esconderse.
Después de una pesada y agotadora marcha abriéndose paso en la maleza,
bajo la lluvia y chapaleando lodo, la pequeña heroica banda, calada hasta los
huesos, en harapos y con los pies adoloridos, avistó Rivas el 29 de Junio a eso
de mediodía. Haciendo alto sólo el tiempo indispensable para impartir a los
oficiales.
las órdenes pertinentes, Walker
encabezó el ataque contra un bastión defendido por fuerzas cuyo número se sabía
era veinte veces superior al suyo.
Brota en
chorros la sangre vital hirviente sobre las cabezas;
Entremezclándose
los vivos con los muertos, confundiéndose;
Tropieza al
moverse entre los caldos el pie,
Mientras de
nuevo su atroz salvajismo el conflicto recrudece.
Inmediatamente comenzó una lucha
cuerpo a cuerpo en la que el coraje se enfrentó a los números. Para agravar los
peligros ye a la vista, el coronel Ramírez y su contingente nativo desertaron
sin disparar un tiro, en cumplimiento (súpose después) de las instrucciones
secretas que el general Muñoz le diera a Ramírez antes de salir de León.
Puerta con puerta y de casa en casa,
una lucha desigual se entabló durante cuatro largas y sangrientas horas, en que
cayeron sin vida varios de los más valientes -oficiales de Walker.
Primero, el bizarro teniente-coronel Achilles Kewen se desplomó de un balazo en el corazón; después, se tambaleó el intrépido boysoldier mayor Timothy Crocker y manando sangre por la boca, con una sonrisa en su rostro de niña, cayó para no levantarse más. los muertos y heridos yacían por todos lados. Walker rindió el tributo más alto a la memoria de Kewen y Crocker cuando escribió: "Pero no era con cifras que debían computarse las pérdidas de los americanos. El caballeresco espíritu de Kewen valía más que una hueste de hombres comunes y corrientes; y la muerte de Crocker fue una pérdida irreparable. Muchacho en apariencia, pequeño de tamaño y con rostro casi femenino por su delicadeza y por su belleza, en su pecho latía el corazón de un león".
Por
último, los americanos fueron acorralados en una casa grande, en la intersección de una calle lateral; y con
varios centenares de refuerzos llevados por el coronel Manuel Bosque, el enemigo
se aprestó para asaltar a Walker y su tropa, y destrozarlos a fuerza de
superioridad numérica.
Los clarines y los tambores enemigos llenaban el aire con las notas triunfales del asalto final. Pero en medio de toda esa algarabía, confusión y exultación del enemigo anticipando la victoria, Walker en ningún instante perdió la serenidad ni la confianza; tampoco pudieron detectar el menor cambio en su semblante, en su voz o en su comportamiento sus amigos más cercanos que permanecieron a su lado en esos momentos de prueba. Por todas las apariencias, estaba tan impasible y calmo como las paredes mismas de la casa en donde se sostenía la pequeña banda, a la espera del asalto que, en sus adentros, todos sabían habría de venir. Llegó por fin, y con él, millares de balas acribillaron muros, puertas y ventanas mientras un selecto piquete enemigo se abalanzaba contra la entrada principal. Walker, Hornsby, Markham y una docena más de héroes, enfrentaron el asalto espada y pistola en mano y tras desesperada lucha cuerpo a cuerpo hicieron retroceder a los asaltantes, o los dejaron tendidos junto al umbral de la puerta.
Si
las perspectivas de Walker eran precarias antes, ahora, después del asalto,
parecían nulas pues a consecuencias del batallar y de las heridas, sus hombres se
hallaban ya exhaustos. Viendo que el enemigo se preparaba para repetir el ataque
y quemar la casa, Walker dio la orden de salir y abrirse paso peleando.
Jarnson no se encontraba en Nicaragua
cuando se libró esa batalla; sus datos
los tomó de los libros de Walker y
Doubleday confundiendo, al copiar, al coronel
Bosque con el coronel Argüello. Walker
informa: "Al recibir la noticia de
que Walker habla zarpado de El
Realejo, Corral envió al coronel Bosque con fuerzas a Rivas; al llegar, Bosque
comenzó a construir barricadas y a reclutar
gente en la ciudad para engrosar su
ejército... el coronel Manuel Argüello, quien acababa de llegar con refuerzos
de San Juan del Sur, inició un enérgico tiroteo sobre el flanco izquierdo de
los americanos.
Entretanto el enemigo recibió nuevos refuerzos rodeando totalmente a los americanos y se disponía a avanzar para arrollarlos a punta de fuerza bruta.
Empuñando pistolas y espadas, la pequeña banda de americanos se agrupó detrás de Walker y sus oficiales, listos a salir. Profiriendo alaridos y maldiciones, saltaron de pronto a la calle y cayeron sobre las líneas enemigas como tigres, tajeando literalmente sangre y huesos hasta abrirse paso y alejarse de la ciudad; el enemigo cedió en todas partes, como apoderado de un terror sobrenatural.
Nadie esperaba esa arremetida por la libertad y la vida, y fue tan
repentina que paralizó totalmente al adversario, cuyos soldados huyeron
consternados y no lograron volver en sí ni recuperar el valor a tiempo para
perseguir y hostigar a Walker y sus hombres. Los americanos continuaron
caminando hasta medianoche, hora en que acamparon en una pequeña loma cerca de
la vía del Tránsito; se pasó lista; de cuantos valientes e intrépidos soldados
habían entrado a Rivas ese día, menos de cuarenta respondieron presente a la
llamada del rol a medianoche.
Después de retirarse los americanos, el ejército legitimista, fiel a sus instintos españoles, asesinó a los heridos que, por azares de la guerra, quedaron indefensos en el campo de batalla, y quemó los cadáveres de quienes cayeron en lucha honrosa.
Al día siguiente prosiguieron en
retirada a San Juan del Sur, en donde esperaban encontrar al bergantín Vesta,
pues se le había ordenado surcar rondando la bahía hasta que se supiera el
resultado de la batalla. Al no tener noticias del velero, Walker se apoderó del
bergantín costarricense San José, en el que embarcó su gente y zarpó en busca
del Vesta.
Previo al abordaje del San José, cuando Walker llegó a San Juan del Sur la tarde del 30 de Junio, su tropa presentaba un aspecto lamentable; O muchos de ellos sin sombrero, descalzos y con la ropa hecha jirones; quien cubierto de sangre reseca, quien cojeando a causas de las heridas, algunos que otros con los brazos en cabestrillos improvisados, y todos ofreciendo un cuadro como solamente puede vérsele después de haber perdido una batalla. Pero ninguno de entre ellos se descorazonó y ningún labio dejó escapar suspiros de pesadumbre, excepto por los gallardos caídos; cada uno se aferraba a su revólver y a su rifle con idéntico amor y afecto con que asiría el objeto más preciado en la vida, porque nadie sabía en qué momento podrían lanzarse contra el ejército en retirada las aplastantes masas de un enemigo victorioso. los ánimos se reconfortaron, sin embargo, ante el convenio y la decisión solemnes de no dejar nada por hacer hasta vengarse de quienes mataron y mutilaron a aquéllos cuya sangre tiñó de escarlata las calles de Rivas.
Los campos de batalla de Nicaragua demuestran apenas demasiado bien cuán
devotamente fue cumplida esa promesa.
Una persona cualquiera habría perdido toda esperanza después de un desastre inicial como ése, pero la pérdida de una batalla, por desalentadora que fuese, jamás hizo vacilar a Walker en la prosecución de sus designios. Si deploró el resultado de Rivas, nadie lo supo de sus labios ni por su semblante. Sin duda alguna lo sintió muy hondo, pero la habilidad de ocultar sus pensamientos y de mantener el aspecto más plácido y suave en las mayores tribulaciones no la perdió un solo instante; esa peculiaridad no era fingida, sino parte de su naturaleza, como la carne y la sangre de que se componía su organismo. Lo que para otros hombres eran obstáculos insuperables, Walker lo descartaba con un simple ademán de la mano.
Así terminó, en derrota mas no en desgracia, el primer conflicto armado entre La Falange Americana y el ejército legitimista; según todas las apariencias, este último quedaba con el dominio absoluto del Departamento Meridional. Que esa creencia era errónea fue demostrado, y muy pronto, por los eventos subsiguientes, cuando Walker regresó y les hizo danzar unos compases marciales que ellos nunca habían escuchado antes.
Esa noche, mientras Walker y sus hombres descansaban y recuperaban
fuerzas a bordo del San José en aguas de la bahía de San Juan del Sur,
repentinamente estalló en llamas el cuartel del pueblo; el resplandor del
incendio enrojecía el cielo, reflejándose en el agitado oleaje del mar.
Walker y uno o dos de sus oficiales se bailaban sentados en el alcázar del barco al momento de descubrirse las llamas.
Inmediatamente se destacó un oficial para establecer la causa y se averiguó que Sam, un marinero, y Dewey, un proscrito de la justicia californiana y de otras, por criminal, habían iniciado un incendio en la población con el propósito de robar, sabiendo que la culpa recaería sobre Walker y sus hombres, alejando así las sospechas de los verdaderos incendiarios.
El marinero era dueño de una lancha, utilizada para el tráfico de cabotaje, que estaba sujeta a la popa del San José.
El marinero Sam fue capturado y conducido ante Walker, a quien le hizo confesión completa de todo lo ocurrido. Walker ordenó que se le llevara a la costa y lo fusilasen de inmediato, prendiendo luego sobre su ropa una nota que diría por orden de quién y por qué motivo se le había ejecutado. La noche era oscura y el pelotón encargado de ejecutar a Sam lo dejó escapar, sin que nunca se averiguara exactamente cómo.
Dewey tuvo menos suerte. No quiso rendirse y se refugió dentro de la lancha pocos minutos antes de que el San José levara anclas y se hiciera a la mar, llevándola a remolque. Con Dewey, en la lancha, iba una mulata, amante de Sam el marinero. Cuando Dewey rehusó rendirse, Walker apostó a varios rifleros escogidos en sitios estratégicos desde donde pudieran cubrir la lancha, con órdenes de disparar caso de que Dewey intentara desatracarla del San José; a la mujer se le previno repetidas veces sobre la conveniencia de mantenerse fuera de vista, pues no se harían esfuerzos para resguardarla si se hacía necesario dispararle a Dewey.
El San José navegaba cerca de la costa, cuando Dewey salió súbitamente
de su escondite en la lancha, con una pistola en cada mano, dispuesto a soltar
las amarras y escapar, o perecer en la intentona. Dos disparos de rifle sonaron
en la cubierta del San José y Dewey se tambaleó, cayendo hacia atrás en el
fondo de la lancha con una bala en el cerebro,
y con las pistolas aún empuñadas por el paroxismo de la muerte. Por desgracia, una de las dos balas que alcanzaron a Dewey le atravesó el cuerpo e hirió gravemente a la mujer, a quien él había obligado a ponerse delante cuando salió. La mujer fue trasladada a bordo del San José donde se le curó la herida y luego sanó.
El cadáver de Dewey fue envuelto en una sábana, le fijaron pesas a los pies y se lanzó sobre la borda del San José, desapareciendo para siempre en las profundidades del Pacifico azul.
A primera instancia, este incidente puede parecer un acto de barbarie por parte del coronel Walker, pero se debe recordar que allí no había ningún tribunal civil ni militar en funciones para juzgar a sujetos como Dewey; y dejarlo libre era proclamar ante el país entero que Walker aprobaba el imperdonable incendio y pillaje de pueblos y ciudades. Las propiedades destruidas por el fuego en San Juan del Sur pertenecían, en su mayoría, a ciudadanos simpatizantes de los legitimistas y, en consecuencia, eran enemigos de los americanos.
-un vecino de San Juan del Sur,
pasajero del vapor Uncle Bam que zarpara de
dicho puerto el 31 de Julio, refirió
en San Francisco los siguientes detalles de
los sucesos: Oliver Dewey y Samuel
Planchet, dos marineros que se encontraban en el lugar, propusieron a Walker el
saqueo e incendio del pueblo, pero Walker rehusó la propuesta y los amenazó con
un fuerte castigo si intentaban
llevarla a cabo.' Dewey y Sam, de
todos modos, le pegaron fuego al cuartel después que Walker y su gente
abordaron el bergantín, dirigiéndose luego en una lancha a la embarcación de
Walker y éste arrestó inmediatamente a Planchet;
Dewey no quiso subir a bordo y fue
muerto de un balazo por un soldado de Walker cuando procuraba soltar las
amarras de la lancha con el bergantín. La bala que mató a Dewey dio también en
el pecho a una mujer nicaragüense que lo acompañaba; la mujer falleció después
a consecuencias de la herida.
Las versiones de Walker y de Doubleday
en quienes se documenta Jamison, son esencialmente similares, aunque difieren
en detalles; ambos afirman que la mujer sanó de la herida. Doubleday fue el
encargado de manejar la lancha
después de la muerte de Dewey, as!
como de arrojar su cadáver al mar.' ·
Poco después de esa tragedia fue avistado el bergantín Vesta y dándole alcance trasbordaron las fuerzas de Walker para alivio del capitán del navío costarricense, quien se alegró al quedar libre de ese servicio militar interino. Temprano en la mañana del 1 de Julio el Vesta anclo en El Realejo.' Allí el coronel Walker escribió su informe de la batalla de Rivas del 29 de Junio acusando abiertamente al general Muñoz de ser cómplice secreto del enemigo en su derrota y pidiendo que una corte de investigaci6n indagara sobre la conducta de Muñoz.
Walker estaba tan colérico que amenaza con retirar la Falange Americana del servicio militar. Eso afligió mucho al Presidente Castellon, quien, casi de hinojos, suplico a Walker que no abandonara la causa democrática. Incluso hasta envió al general Mariano Salazar, uno de los lideres democráticos más poderosos, a implorarle que desistiera de sus amenazas.
Walker finalmente cedió, desembarco sus tropas y marcho a León, dejando a los heridos en Chinandega.
El Presidente Castellón recibió a Walker con extrema cortesía, y con diplomacia logró concertar una entrevista personal entre éste y el general Muñoz; sin embargo, la antipatía que se tenían ambos era tan intensa, que se separaron sin trabar amistad. Walker propuso que si el Presidente
Castellón le asignaba doscientos
soldados nativos, con oficiales que escogería el mismo WaIker, regresaría con ellos y la Falange al
Departamento Meridional y desalojaría de allí al enemigo. El general Muñoz
objeto esos planes y de nuevo insistió en dividir a los americanos en unidades
pequeñas bajo el mando de oficiales nativos.
Esto enfureció mucho a Walker, quien
declaró enfáticamente que no se haría así.
La situación llegó a un punto crítico y por unos momentos los americanos estuvieron en peligro. Con menos de cincuenta hombres, a muchas millas de distancia de su barco -única esperanza de escape en caso de haber un combate y salir derrotados- Walker y su Falange estaban rodeados por fuerzas veinte veces superiores en número, con el general en jefe del ejército democrático exigiendo el desmembramiento de sus cuadros, lo cual irremisiblemente dejaría a los americanos a su merced.
Para empeorar esta perspectiva siniestra, el general Muñoz envi6 de 400 a 500 soldados nativos a ocupar posiciones en las casas aledañas y frente al cuartel de los americanos.
• Jarnlson tomó la fecha de Walker y
está errada. La batalla de Rivas fue el 29
de Junio por la tarde; esa noche los
americanos durmieron en el camino entre
Rivas y San Juan del Sur; el 30 por la
tarde entraron al puerto y pernoctaron a bordo del San José para zarpar en la
mañana del 1 de Julio; esa tarde trasbordaron al Vesta
Era imposible equivocarse acerca de lo que eso significaba. Walker, sin embargo, no dejó entrever señal alguna de alarma, y tranquilamente ordenó a sus hombres que permanecieran dentro del cuartel con las armas a mano, listos para actuar al instante. Después de hacer esto, Walker envió un ayudante adonde Castellón para informarle que, si las tropas nativas no se retiraban en una hora, las considerarla hostiles y actuaria de conformidad con ese concepto.
Se cree que Castellón ignoraba lo que había hecho Muñoz, porque las tropas nativas por orden del Presidente desocuparon sus posiciones en menos de una hora. Al cuartel de Walker llegaron unas carretas de bueyes que le habían prometido para su transporte, y la Falange abandonó León sin ser molestada, tomando el camino rumbo a Chinandega.
LA SEGUNDA
BATALLA DE RIVAS
Guerra con
Costa Rica - El General Mora Entra a Nicaragua - La Batalla de la Hacienda
Santa Rosa - Derrota Aplastante de los Americanos - La Segunda Batalla de Rivas
- Walker se Retira - Abandonado en el Campo de Batalla - El Combate en el
Sarapiquí - El Ejército Costarricense Expulsado del País - Ahorcamiento de
Ugarte.
Azuzada por los ingleses, y por lo menos tácitamente envalentonada por el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Costa Rica comenzó a hacer demostraciones hostiles; sin embargo, no fue sino hasta el primero de Marzo que reveló con toda franqueza sus intenciones. En esa fecha, el gobierno de Costa Rica declaró oficialmente la guerra, en apariencia a Nicaragua, pero en realidad contra los americanos que estaban a su servicio.'
Tan pronto se recibió copia de la proclama costarricense, el gobierno de Nicaragua emitió un decreto similar, declarando la guerra a Costa Rica, y se adoptaron medidas para repeler a los invasores. Costa Rica hizo un llamamiento a los otros estados centroamericanos para formar una coalición y, según las palabras de su Presidente, "echar a los filibusteros al mar'.
Ninguna de las otras repúblicas la acuerpó y el Presidente Mora expresó con amargura su desengaño.
El general Walker recibió informes de que el ejército costarricense marchaba al mando del propio Presidente Mora e invadiría Nicaragua por el Departamento de Guanacaste. El coronel Schlessinger, con el mayor J. C. O'Neal y cinco compañías completas al mando de los capitanes Rud· ler, Thorpe, Creighton, Prange y Legeay, salieron al encuentro del enemigo, con órdenes de detenerlo en las fronteras de la República. La fuerza total de Schlessinger ascendía a 250 hombres.
Mientras esa expedición buscaba interceptar al enemigo en su incursión al Departamento de Guanacaste, era necesario resguardar la ruta del Tránsito a través del istmo de Rivas, para proteger el tráfico de pasajeros,
* El presidente costarricense, don
Juan Rafael Mora, no anduvo con ambages al
declarar la guerra. Su proclama es
muy clara: "Marchemos á Nicaragua á
destruir esa falange Impla que la ha
reducido á la más oprobiosa esclavitud: _ Marchemos á combatir por la libertad
de nuestros hermanos Y Walker lo reconoce en su libro cuando dice que "el presidente
Mora declaró formalmente la guerra contra 108 'filibusteros"
y también vigilar la vía fluvial del San Juan en El Castillo y en la Punta de Hipp, confluencia del Sarapiquí; por lo tanto, se despachó una compañía a cada uno de esos lugares.
El 16 de Marzo de 1856, marchó el coronel Scblessinger de San Juan del Sur hacia La Flor, un riachuelo que divide al Guanacaste del Departamento Meridional. Schlessinger era totalmente inepto para el mando, pero su incapacidad se reveló cuando ya era demasiado tarde para nombrar a otro en su lugar. Todo su trayecto a partir de San Juan se caracterizó por la peor incompetencia; no apostaba centinelas ni enviaba patrullas a vigilar los movimientos del enemigo, del cual se sabía que avanzaba en· fuerza poderos.
Como prueba de la completa falta de juicio de Schlessinger, basta
mencionar que ya casi frente al enemigo y cuando todo indicaba la inminencia de
un combate, se desprendió de su único cirujano remitiéndolo como correo a Granada,
un disparate que ningún jefe debería cometer.
En la noche del 20 de Marzo Schlessinger llegó a la casa-hacienda de Santa Rosa, donde acampó. * A la mañana siguiente se dejó sorprender y derrotar por el enemigo de la manera más vergonzosa, siendo el mismo Schlessinger uno de los primeros en huir para ponerse a salvo. La derrota y fuga desordenada fue total. El mayor O'Neal y el capitán Rudler trataron de detener la estampida, pero ya era demasiado tarde.
Pronto llegó el grueso del ejército costarricense y se convocó un
consejo de guerra en campañia para juzgar a los nicaragüenses capturados
prisioneros, todos los cuales, incluyendo a los heridos, fueron sentenciados a
muerte. La cruel sentencia se ejecutó sin demora. Los costarricenses eran alrededor
de tres mil hombres.
Cuando los soldados de Schlessinger vieron sus líneas rotas y que el caos y la confusión reinaban en todas partes, se separaron en pequeños grupos, sin oficiales que los guiaran, y anduvieron perdidos entre montañas y colinas, en cenagales y pantanos, hasta llegar finalmente a La Virgen y a Rivas, denunciando con fuerza a Schlessinger, a quien no sólo acusaban de imbécil sino también de traidor. Muchos de los fugitivos aparecieron sin sombrero ni zapatos, con la ropa hecha jirones por las espinas en su desordenada fuga. Durante más de una semana continuaron llegando a Rivas los restos de esa desgraciada expedición.
Entretanto, las fuerzas de León y Masaya se movilizaron a Granada, preparándose para marchar a Rivas a enfrentarse al invasor. El 23 de Marzo, el general Walker recibió un mensaje con las primeras noticias del desastre de Santa Rosa.
Aunque estaba muy enfermo, subió a bordo del vapor y el 24 de Marzo en
la mañana llegó a Rivas, donde supo los detalles de todo lo ocurrido a las
tropas del coronel Schlessinger; éste se presentó varios días más tarde y
entregó su informe personalmente.
Eran tan fuertes los cargos contra Schlessinger que se ordenó una junta de investigación; su dictamen condujo al arresto de Schlessinger y a su enjuiciamiento en consejo de guerra, acusado de negligencia en el desempeño del deber, ignorancia de las responsabilidades de un jefe militar y cobardía frente al enemigo, agregándose después el cargo de deserción.
Schlessinger estaba en libertad bajo palabra y escapó antes de conocerse el veredicto del juicio pendiente. Se le bailó culpable de todos los cargos y especificaciones y se le condenó a ser pasado por las armas en cualquier lugar de Nicaragua donde se le encontrara.
Todas las tropas que se pudo movilizar de otras partes fueron
reconcentradas a Rivas, esperando la pronta aparición del enemigo. El general
Mora se dio cuenta de esos preparativos y no avanzó más allá de Peñas Blancas,
en la línea fronteriza sur del Departamento Meridional.
El 30 de Marzo el ejército nicaragüense desfiló en la plaza de Rivas y el general Walker pronunció un elocuente discurso, repleto de sentimientos heroicos, apremiando a cada soldado a ser fiel a la República en su hora de extrema necesidad. · Les dijo que ellos, no menos que él mismo, representaban un principio grande y supremo; que, al igual que él mismo, ellos se habían expatriado voluntariamente; que los ojos del mundo civilizado estaban fijos en ellos y que serían elogiados y laureados, o menospreciados e injuriados, según la página de gloria o de oprobio que escribieran. No
he olvidado nunca sus palabras
finales: "Un nombre es grande sólo cuando el principio que representa lo
hace grande". Enseguida pasó revista a las tropas al tronar de las
trompetas y redobles de tambores.
Tras esperar en vano el avance de Mora, Walker recibió noticias de que la paz del Departamento Occidental estaba amenazada, por lo que dejó en Rivas un pequeño destacamento al mando del coronel Machado para vigilar los movimientos del enemigo y trasladó todo el ejército por vapor a Granada.
Antes que el ejército abandonara Rivas y La Virgen, N. C. Breckenridge
fue nombrado capitán y se le dio el mando de la compañía D del Primer Batallón
de Infantería, llenando así la vacante que dejara a su muerte el capitán
Everts.· El subteniente H. C. Hall renunció y regresó a los Estados Unidos, y
ocupó su puesto D. Barney Woolf, quien después sería
por muchos años Secretario de la Comisión de la Corte Suprema de California en San Francisco. El subteniente Woolf fue ascendido a teniente de la Compañía D más tarde, y durante la mayor parte de ese año se desempeñó como un eficiente y popular Ayudante en la guarnición de Granada. A mi se me honró con el ascenso a Capitán de la Compañía D después de la batalla de Rivas del 11 de Abril de 1856, en la cual el capitán Breckenridge recibió una herida mortal.·
El 9 de Abril el general Walker salió de Granada con quinientos hombres,
entre ellos cien nativos, y sin artillería, y se dirigió por tierra a Rivas,
donde el general Mora se atrinchero el 8 de Abril. Eran entre sesenta y cinco y
setenta millas de distancia. El calor era sofocante, el camino puro polvo y
sólo a largos intervalos se conseguía agua. La noche del 9 de Abril el ejército
acampó junto al río Ochomogo. Allí se tuvo la primera noticia
de que Mora ocupaba Rivas con un ejército calculado en varios millares de hombres, además de muchas piezas de artillería. Se reanudó la marcha temprano el 10 de Abril; se avanzó poco a pesar de agotadores esfuerzos, pues caminamos expuestos a los rayos directos del sol tropical y sufrimos mucho de sed.
Un poco antes de ponerse el sol, el ejército se desvió hacia la izquierda del camino principal, se adentro por una trocha apenas reconocible y acampó en la ribera sur del río Gil González. Cerca del campamento se capturó a un desconocido que acechaba escondido entre los matorrales, y se le condujo ante el general Walker. Al comienzo juró por todos los santos que no sabía nada de Mora o su ejército, ni de la situación en Rivas, y aseguró ser un firme e insobornable "amigo de los americanos". Su labia fue tan grande que lo hizo sospechoso, por lo cual se le puso el extremo de una soga al cuello y se lanzó el otro cabo por sobre la rama de un árbol. Una brusca sacudida le despertó la memoria de una manera asombrosa y le comunicó al general WaIker valiosos datos acerca de la cantidad de tropas enemigas en Rivas, el número de cañones del ejército costarricense y hasta la ubicación exacta de los cuarteles ocupados por el general Mora y su estado mayor, todo lo cual después se corroboro que era cierto.
• N. C. Breckenridge fue nombrado capitán el 19 de Marzo de 1856 y comandante de la Compañía E del Primer Batallón de Infantería el 23 de Marzo, mediante las Ordenes Generales números 59 y 61, respectivamente, del ejército de Walker.5
Breckenridge, por lo tanto, recibió el mando de la compañía de Jamison al día Siguiente de la muerte del capitán Thomas P. Averett, acaecida en Masaya el 22 de Marzo.
**El capitán James Linton de la Compañía D del Primer Batallón de Infantería murió en la batalla de Rivas el 11 de Abril de 1856, en la que el capitán Brecken· ridge, de la Compañía E, recibió una herida en apariencia leve. e Breckenridge falleció en Granada el 11 de Abril.' El teniente James C. Jamison de la Compañía E, ascendió a capitán y asumió el mando el 28 de Abril. al mismo tiempo que se fusionaban ambas compañías llamándose en adelante Compañía D.8.
Entre otros valiosos datos obtenidos del espía -pues se comprobó que eso era el sujeto-- se supo que el reporte del día del ejército enemigo detallaba un total de 3,240 efectivos en Rivas y 900 en La Virgen, a nueve millas de distancia. Cuando ya no pudo ocultar su misión ni su identidad, el hombre lo contó todo en la esperanza de salvar la vida. La estirada y tiesa figura que esa noche meció el viento en el bosque, era una muda señal de que todos los esfuerzos del espía para evitar la muerte fueron en vano.
El pequeño grupo que se congregó bajo un gran roble en la selva, en la ribera sur del Gil González, era digno del pincel de un Rembrandt. El campamento quedaba a media legua de cualquier camino transitado; en aquella quietud, solamente vagaba la floja monotonía del Gil González que:
El murmurio ahonda de la corriente
y al bosque un horror aún más sombrío
inspira.
Exhaustos, los soldados se durmieron, soñando con sus hogares y tal vez con la batalla. El general Walker se levantó de donde estaba acostado, tocó en el hombro a su edecán, el capitán Dewitt Clinton, y le dio instrucciones en voz baja. El capitán Clinton se alejó y pronto regresó acompañado del general B. D. Fry, los coroneles Ed. J. Sandera, Bruno Natzmer y Machado, los mayores W. K. Rogera, John B. Markham y Brewster, y unos cuantos oficiales más, a quienes el general Walker comunicó ciertos informes obtenidos del espía y enseguida dio a cada oficial sus instrucciones para esa mañana, asignándole a cada uno su posición en el ataque.
El plan de batalla acordado en esa conferencia de medianoche fue el siguiente: El coronel Sandera, con cuatro compañías del Primer Batallón de Rifleros, entraría a Rivas por la calle al norte de la plaza principal; el mayor Brewster, con tres compañías de rifleros, entraría por el lado sur de la plaza; el coronel Natzmer y el mayor O'Neal, con el Segundo Batallón de Rifleros, entrarían por el extremo izquierdo de la ciudad; el coronel Machado, con sus cien soldados nativos, se movilizaría a la derecha del coronel Sandera, mientras el coronel Fry mantendría la infantería ligera en reserva.
Fatigados y necesitando dormir, el general Walker y sus oficiales procuraron un breve descanso en el duro suelo. A las tres de la madrugada comenzó la marcha, en silencio, sirviendo de guia el doctor J. L. Cole, quien era casado con una rivense. Poco después de despuntar el alba, la vanguardia del coronel Sandera entró a la ciudad y empezó un reñido combate con una columna enemiga, a la que pronto hizo retroceder. Con intrepidez invencible, el coronel Sandera y sus tropas cruzaron la plaza y se lanzaron calle arriba hacia el cuartel general de Mora, mientras el enemigo se daba a la fuga en todas direcciones. Cerca del cuartel general de Mora, el coronel Sandera y sus hombres se detuvieron para apoderarse de dos cañones. Desafortunadamente, esa pausa dio un ligero respiro al enemigo y sus oficiales tuvieron tiempo para rehacer sus columnas que ya huían a la desbandada.
En todas las casas de adobe, a ambos lados de la calle, habían abierto troneras y las llenaron de rifleros; cuando el coronel Sandera quiso impeler a sus hombres a avanzar, después de la tonta detención para capturar los cañones, ya el enemigo se había repuesto y de nuevo ocupaba las casas que
había abandonado pocos minutos antes.
Sandera se vio obligado a retirarse a la plaza luego de sufrir numerosas bajas
entre muertos y heridos, y la única compensación por sus grandes pérdidas
fueron las dos piezas de artillería que logró capturar, dejando, sí,
abandonadas, las carretas con municiones.
Siendo el ataque simultáneo en todos los puntos, parecía que tendríaéxito. Las tropas nativas del coronel Machado tuvieron menos suerte que las demás. A la primera señal del coronel Bandera para iniciar el ataque, el coronel Machado dio la orden de avanzar, pero al colocarse, espada en alto, al frente de sus tropas, cayó derribado del caballo, muerto de un balazo.
Cundió el pánico entre los soldados nativos, a quienes las amenazas de sus oficiales no lograron mantener unidos ni hacerlos avanzar, y desordenadamente huyeron a esconderse en los alrededores de la ciudad.
Se entabló una batalla encarnizada. Repuesto del susto inicial, el enemigo volvió a ocupar las casas que había abandonado y desde sus aspilleras lanzaba una terrible lluvia de fuego sobre las filias de Walker. Pronto muchos de sus mejores y más valientes soldados yacían muertos o heridos.
En tal situación, el coronel Fry trajo la reserva al teatro de la lucha y el general Walker le ordenó avanzar sobre la calle. Fry era veterano, y sabía que no había una oportunidad en cien de tener éxito, por lo que replicó: "General, eso es completamente imposible". Walker avanzó a
caballo a media calle y dijo que él iría al mando de las tropas. Los proyectiles silbaban en todas direcciones a su alrededor; su ropa y el caballo se cubrieron del polvo arrancado a las paredes por las balas. Walker permanecía impávido en su corcel, siendo, en apariencia, el menos excitado de todos los combatientes. El coronel Kewen, ayudante voluntario del comandante en jefe, y uno o dos más, saltaron a la calle y obligaron a buscar refugio a jinete y caballo.
En la frenética excitación del momento, el mayor Jobn B. Markham del Primer Batallón de Infantería pidió voluntarios, y el capitán Linton, yo mismo y como veintiocho más nos lanzamos a la calle y alcanzamos el punto cercano al cuartel general de Mora donde los soldados de Sanders dejaron abandonadas las dos carretas de municiones. · La granizada de balas desde las troneras puso a prueba el valor de quienes se enfrentaron al fuego de esos rifles. Los proyectiles desgarraban y punzaban y el piso se tiñó de rojo con sangre. El capitán Linton cayó de la acera, con el corazón atravesado por una bala. El mayor Markham, espada en mano, fue herido en la rodilla y el autor de estas líneas recibió una bala en la parte inferior de la pierna derecha - casi la mitad de la tropa yacía muerta o herida cuando se dio la orden de retirarse a la plaza. Logramos sacar del campo de batalla las carretas de municiones para las dos piezas de artillería. Sin embargo, el enemigo había inutilizado los cañones y la única ventaja que aportó su captura fue evitar que los usara contra nosotros. En este ataque participó sólo tres oficiales, de los cuales uno cayó muerto y dos resultaron gravemente heridos; y de los diez o doce soldados de mi compañía que intervinieron, mataron a dos, lo que puede dar una idea de lo arriesgada que fue esa acción.
No se hicieron más esfuerzos para avanzar hacía el cuartel general de Mora, pero la batalla prosiguió su curso en otras direcciones y no menguó sino hasta después de anochecer. Ambos bandos acometieron y rechazaron carga tras carga. Envalentonado el enemigo por haber repelido el ataque al cuartel general de Mora, y habiendo recibido refuerzos del contingente de La Virgen, cerca del mediodía montó un asalto general contra nuestro pequeño ejército y trató de aniqui1arnos a pura fuerza de números.
• La participación de Jamlson en el
combate quedó registrada en El Nicaraguense: "El Batallón de Infantería ligera,
al mando del coronel Fry, se retuvo como contingente de reserva y entró a la
plaza unos diez o quince minutos después
de haber comenzado el asalto. Entraron
gritando, y pronto se confundieron con sus camaradas de armas en el peligroso
conflicto. El capitán James Linton de la Compañia D -cuyo valor no sobrepasaba
nadie en ese arriesgado campo-- cayó mortalmente herido, a la cabeza de sus
valientes y leales soldados. El teniente James C. Jamerson [sic] de la Compañia
E, oficial de reconocido mérito y hombre de indudable coraje, recibió una
dolorosa herida en la pierna. De esas dos compañias, siete resultaron muertos y
seis heridos" o·
En esa época no contábamos con zapadores ni minadores para abrirnos paso a través de las paredes de adobe, para combatir cuerpo a cuerpo y desalojar al enemigo de sus baluartes; a falta de esa ayuda, además de carecer de artillería, se hacía extremadamente difícil y precario combatir contra un adversario poderoso en una ciudad de 18,000 habitantes, como era Rivas. Por fortuna, en una casa grande cerca de la esquina de la plaza se encontraron almacenadas varias toneladas de quesos españoles, en enormes bloques tan duros como el granito e impenetrables a las balas.
Rápidamente se improvisaron parapetos con esos quesos gigantescos, detrás de los cuales se apostó un grupo de expertos tiradores que causaron tremendo desconcierto entre los costarricenses, quienes pronto aprendieron a rehuir ese punto en especial. Los parapetos de queso distaban mucho de ser una quijotada, y cuando los rifleros no encontraban cabezas costarricenses que les sirvieran de blanco, hundían sus navajas en las entrañas de las barricadas para satisfacer el hambre.
Todos los esfuerzos del enemigo para aplastar a nuestro pequeño ejército se vieron frustrados; los costarricenses fueron rechazados con grandes pérdidas y sus muertos y heridos quedaron con frecuencia dentro de nuestras líneas. En esa batalla ocurrieron muchos incidentes divertidos y jocosos, y con todo y lo serio de la situación, sólo el estoico más convencido podría contener la risa ante sus episodios cómicos. El humor, sin embargo, era casi siempre macabro.
Cuando nuestras tropas trataban de desalojar al enemigo de una casa con un extenso frente a la calle, los combatientes de hecho chocaban carabinas en las puertas, y así continuaron durante varias horas sin que nadie sacara ventaja, logrando únicamente llenar los dinteles de cadáveres. Durante ese trágico juego al escondite, el capitán McArdle, bizarro oficial de Albany, Nueva York, empuñando su pistola introdujo el brazo en el boquete de una puerta y disparó: en ese preciso momento un tajo de bayoneta le alcanzó el antebrazo y la pistola cayó en territorio enemigo. McArdle haló al instante su brazo destrozado, lo contempló con tremendo disgusto y exclamó secamente: "El maldito canalla se quedó con mi pistola".
Un soldado costarricense salió de un zaguán a caer muerto en la calle y el joven Soule se le acercó tranquilamente, esculcó sus ropas en busca de objetos de valor bajo una lluvia de balas y regresó ileso a sus líneas.
• El joven H. S. Soule era soldado raso en el Primer Batallón de Rifleros. Se enroló en el ejército de Walker el 20 de Septiembre de 1855 y su suerte lo desertó un año más tarde, cayendo muerto en la batalla de San Jacinto bajo una lluvia de balas nicaragüenses el 14 de Septiembre de 1856.'
Los disparos más certeros y espectaculares que vi en Nicaragua los vi en esa batalla de Rivas. Un tirador experto entre los americanos era un muchacho alto y flaco, ojo de lince, conocido por Arkansaw, apodo que probablemente indicaba el Estado de donde provenía.' Algunos heridos de Walker se habían acomodado en un corredor alto que servia de acera a una casa grande. En la pared había un hueco en el que cabía una persona y desde allí podía disparar, protegida por un grueso pilar de madera del corredor, contra las troneras de las casas al otro lado de la calle que conducía al cuartel general de Mora. Arkansaw ocupó ese hueco durante más de dos horas, disparando rifles que recargaba y le entregaba un compañero en posición menos expuesta. Yo me encontraba gravemente herido y desde mi lecho observaba los movimientos de Arkansaw, esperando verlo mcaer en cualquier momento. Con frecuencia se decía a sí mismo, después de disparar: "lUpa! ¡Me lo troné!". Arkansaw usaba rifles Míasissippi.
Quienes podían ver los efectos de sus disparos contaron que, en cuanto afinó la puntería, su mira infalible acertaba en las cabezas enemigas al momento que asomaban por las troneras; su fuego mortífero obligó al enemigo a abandonar las casas del vecindario. Se cree que Arkansaw mató o hirió a unos cuarenta o cincuenta hombres. El salió sin un rasguño.
El pilar de madera que lo protegía quedó literalmente repellado con el plomo de las balas enemigas.
El capitán Jack Dunigan saciaba la sed empinando una botella de cierto elixir medicinal cuando una bala perdida se le llevó parte del cartílago tiroideo que constituye la manzana de Adán; el capitán murmuro entre susurros casi inaudibles, pues el refilón le produjo una pérdida temporal de la voz, que nunca antes le habían "cortado" el trago en forma tan descortés. Se recupero para continuar combatiendo bien y eficazmente. **
El apodo de Arkamaw quedó registrado
en El Nicaraguense por haberse robado
tres pollos en el caserío Los Cocos
junto con un campañero irlandés; esa truha·
neria picaresca se titula A Fowl Joke:
Un Chiste de Aves de Corral." Por otro lado, u Arkansas Rockensack"
fue uno de los comba tientes que salió vivo de la batalla de San Jacinto.12
• * El Nicaraguense narra un caso
similar en la batalla de Masaya del 12 de Octubre de 1856: "Al capitán
George Leonard, de la Compañia B del Primer Batallón de Rifleros, le sucedió un
curioso accidente. Se encontraba en pleno fragor de la batalla, a la cabeza de
sus hombres, cuando de pronto cayó inconsciente
al suelo. Al Cuartel General llegó el
inforne de que había muerto. Poco después corrió el rumor de que estaba vivo
pero había recibido un balazo en la boca. En realidad, ninguna bala lo toco;
pero una pasó tan cerquita de sus labios que le cortó toda la respiración
paralizándole el cuerpo por completo. Permaneció acostado unos diez minutos y
luego recupero. Ni siquiera se había dado cuenta de la verdadera causa de su
caída, la cual él consideraba un ataque de apoplejía. Leonard es uno de los
'cincuenta y seis originales' y nos place
agregar que el General mostró aprecio
a su bravura ascendiéndolo en el campo de batalla a Mayor honorario”.13
La batalla continuó sin descanso todo el día, y asalto tras asalto fue rechazado con heroísmo. El enemigo concentró un poderoso contingente para atacar una casa grande al lado norte de la plaza, aparentemente enfurecido por nuestra denodada resistencia y por la muerte de más de cuarenta de sus altos oficiales, junto con el cuadro de varios centenares de sus soldados que yacían muertos y heridos en las calles, a la vista de ambos ejércitos. Si ese ataque ha tenido éxito, las fuerzas de Walker habrían sido inexorablemente destruidas.
Walker vio que el momento era crítico y, en menos tiempo del que toma escribirlo, un pequeño grupo de oficiales -trece en total- comandados por el teniente Gay y contando en sus filas con el coronel W. K.
Rogers, el capitán N. C. Breckenridge, el capitán Huston y otros nueve cuyos nombres olvidé y hoy no logro precisar, cargaron pistola en mano y desalojaron de la casa a la abrumadora fuerza enemiga, matándole más de treinta y posesionándose del edificio, el cual retuvimos en nuestro poder hasta que salimos de Rivas.·
De los trece que intervinieron en esa arriesgada incursión, más de la mitad resultaron muertos, entre ellos Huston y Gay. El capitán Breckenridge recibió una herida en la cabeza y falleció después. Este fue, sin duda, uno de los hechos de armas más osados de los tiempos modernos, especialmente si se recuerda que la disparidad era de veinte a uno, que el enemigo estaba muy bien armado y era dirigido por oficiales expertos, mientras el pequeño grupo de los trece llevaba solamente revólveres.
Al no poder desalojar a Walker de la esquina de la plaza, el enemigo le puso fuego a las casas vecinas y se hizo necesario trasladarse a la iglesia y a una catedral grande en construcción al otro lado de la plaza.·· Esto se realizó al caer la noche y, exceptuando unos pocos heridos de muerte, todos llegamos a salvo a la iglesia. Algunos heridos cuyas vidas se escapaban lentamente murieron quemados en el edificio que desalojamos, entre ellos un muchacho rubio de mi compañía, de nombre Willie Gould. Era frágil de cuerpo, de miembros finos, ojos azules y con cara de runa, pero era tan valiente como un león. Su herida le hizo perder el conocimiento y las voraces llamas ya no le produjeron dolor. *
i"Jámison da los mismos nombres que Walker, quien limita el número a "no má de una docena,14 En El Nicaragüense se informa que eran trece, entre ellos diez oficiales: los capitanes Houston, Sutter, Breckenridge y Mahon, los mayores Rogers y Webber, el coronel Kewen y los tenientes Winters, Stith y Gay.15
A uno de los rasos, que murió en la
acción, le decían Frene1&. Loui8 (Luis el Franchute) .
**La catedral grande en
construcción" es el actual templo parroquial de Rivas;
la "iglesia" es la misma
parroquia, originalmente construida de menor tamaño en el siglo XVIII y
allanada por un terremoto en 1844. 18 El "fuego a las casas vecinas' es el
incendio del Mesón de Guerra. símbolo del heroísmo costarricense en la
legendaria silueta de Juan Santamaria. el cual no se debe confundir con la hazaña
del nicaragüense Emmanuel Mongalo, ejecutada durante la primera batalla de
Rivas el 29 de Junio de 1855.
"Willlam Gould se enroló en el
ejército de Walker el 20 de Noviembre de 1855,
según nómina de la Compañía D del
capitán O·Neal." Su nombre aparece en la lista de los muertos en la
batalla de Rivas entre los de la Compañía E del Primer Batallón de Infantería,
en la cual militaba Jamlson como teniente."
Al llegar a nuestra nueva posición, se descubrió con alarma que al
ejército sólo le quedaban tres cargas de munición por cabeza. Se tuvo que
abandonar toda idea de continuar la lucha e inmediatamente comenzaron los
preparativos para retirarnos de la ciudad en dirección a nuestra base de
operaciones. Poco después de medianoche, colocando en medio a los heridos que
podían trasladarse, el destrozado pero nunca derrotado pequeño ejército desfiló
lentamente de Rivas y tomó el camino hacia Granada.
Yo caí herido en los comienzos de la batalla, pero los cirujanos no
habían curado mi herido porque atendían a otros más graves que yo. La pérdida
de sangre y el intenso calor fueron pruebas terribles para mi, y después que me
llevaron al otro lado de la plaza con los demás heridos, me arrastré a gatas
dentro de la catedral en construcción en busca de aire fresco para bajar la
fiebre. En cuanto lo hice, una brisa refrescante me
arrulló sumiéndome en un profundo sopor y permanecí inconsciente durante algunas horas. Eran casi las cuatro de la mañana cuando desperté, encontrándome que habían evacuado la iglesia. La campana sonaba a intervalos en la torre, acusando el impacto de balas disparadas al azar.
Yo sabía que mi captura significaría la muerte, y por un momento me aterró mi situación. La heridas era sumamente dolorosa y tenía la pierna muy hinchada. Decidí escapar, y en mi resolución y excitación, se me olvidaron las heridas. Me deshice de la pistolera y del tahalí de mi espada, escalé los obstáculos que obstruían la puerta trasera y salí en busca de libertad. En la oscuridad logré abandonar la población sin ser descubierto, y cuando percaté iba rumbo hacia La Virgen. Sabiendo que el enemigo controlaba ese camino y que podía toparme con él en cualquier momento, me detuve para ordenar mis pensamientos acalenturados. Mientras meditaba, oí que se acercaban unos lanceros costarricenses. Me abalancé sobre un cerco de cardones, donde me escondí hasta que pasaron y entraron a la ciudad, después de lo cual no sé cómo me las arreglé para cruzar una extensa hacienda de cacaotales y tomar el camino de Granada.
Iba con la ropa hecha trizas y con el pecho lacerado, ardiendo como si
estuviera en llamas, por las espinas de los cardones.
Todo desorientado, tomé la dirección contraria, dándome cuenta de mi error cuando oía cada vez más cerca los disparos que el enemigo continuaba haciendo a intervalos. Al descubrir mi equivocación perdí toda esperanza de escapar, al igual que se oscurece una habitación cuando se apaga la candela; empecé a desandar lo andado, usando la espada de muleta, como quien va a su último suplicio. La vida era dulce para mí en el calor y la fuerza de mi juventud, y se me escapó un suspiro de los labios al pensar en el destino que me aguardaba.
Apenas había caminado veinte yardas cuando oí relinchar una bestia junto al camino, y al dirigir la mirada en dirección al relincho vi un potrillito moro. Primero pensé que algún jinete enemigo había desmontado del potrillo y se agazapaba detrás de él para meterme una bala en el mismo corazón. Mediante una inspección más detenida comprobé que el potrillo estaba solito y parecía alegrarle mi compañía. Recuperé todas las esperanzas perdidas con la rapidez y la violencia de un torbellino - un loco frenesí se apoderó de mi pecho.
Temeroso de que el potrillo fuera salvaje y se me escapara, le pasé suavemente la mano, poquito a poco, sobándole el pescuezo, y mi mensaje fue recibido y contestado con un ligero relincho. Me quité la bufanda del cuello -un gran pañuelo negro, estilo antiguo--, se la amarré al potrillo en el hocico, y encaramándome en un tronco logré subir al lomo amigable de mi Bucéfalo y me alejé a toda prisa de la ciudad maldita. ·
Comenzaba a clarear el día y yo bajaba la larga cuesta que da al pueblo de Obraje cuando alcancé al mayor Webber, ex-oficial del ejército de los Estados Unidos que andaba de turista en Nicaragua. Iba a pie y lo invité a montarse, pero pronto se hizo evidente que el potrillo no nos aguantaba a ambos y el mayor Webber se apeó. Pasé por Obraje sin detenerme a contar las casas ni a saludar a las numerosas personas que salieron a la calle en busca de noticias.
Jamison parece endosarse un episodio
acaecido a Norvell Walker, hermano menor del líder filibustero, quien narra en
su libro que Norvell Walker se quedó dormido en la torre de la iglesia de la
plaza de Rivas y al despertar, al amanecer, se sorprendió de verse solo en una
población ocupada por el enemigo;
pero a esa hora los costarricenses no
habían descubierto aún la retirada de los
americanos; por lo tanto, logró
escapar y ponerse a salvo", alcanzando a la
retaguardia más allá del rio
González.1•
Otros rezagados fueron el doctor Cale
y C. J. McDonald. quienes, "rendidos
de cansancio, tomaron un sendero en
las cercanías de Rivas para descansar.
Encontrándose separados del ejército
nicaragüense, solicitaron y obtuvieron
refugio de parte de un pobre nativo,
quien los escondió en los alrededores de
San Jorge durante una semana. Ambos
regresaron a Granada diez días des·
pues del combate…. El regreso de ambos
lo informó El Nicaragüense el 26 de
Abril, agregando que Mr. McDonald
expresa su absoluto desdén ante la posibilidad de morirse de hambre, pues ha
demostrado que un soldado puede subsistir y hasta engordar en un chaguite".21
calle en busca de noticias. El mayor Webber se detuvo para descansar y beber agua; en eso llegaron los lanceros, le dieron alcance y lo mataron a tiros sin piedad.'
Alcancé al ejército en el Gil González, donde se detuvo a descansar. y, al menos para mí, el mundo adquirió un color más vivo. Debido a la escasez de bestias se prohibía utilizarlas a los oficiales de los cuerpos de rifleros y de infantería, pero cuando el general WaIker supo mi situación ordenó que me quedara con el potrillo.
El 13 de Abril a medianoche el pequeño ejército, maltrecho y destrozado,
pero orgulloso y desafiante, entró a Granada entre repiques de campanas y
estallido de cohetes. Al siguiente día, el Cirujano General del ejército,
doctor Moses, me extrajo la bala con un puntiagudo cuchillo de cocina y me curó
la herida por primera vez; la pierna se había inflamado tanto que su grosor era
casi la mitad del de mi cuerpo.
Según el informe del Ayudante General, Phil. R. Thompson, nuestras bajas
en esa batalla fueron cincuenta y ocho muertos y sesenta y dos heridos, entre
ellos un alto porcentaje de oficiales. Las pérdidas enemigas, según sus propios
informes, pasaron de seiscientos, cifra superior al total de los soldados de
Walker en la batalla." Que el enemigo quedó seriamente lesionado, lo
demuestra el hecho de que no hizo ningún esfuerzo
para perseguir a nuestro maltratado ejército; sólo unos pocos lanceros costarricenses se aventuraron a salir en busca de los rezagados que pudieran encontrar. Los heridos que nos vimos obligados a dejar en el campo de batalla fueron salvajemente asesinados.
De nuestros muertos, recuerdo a los siguientes oficiales: Los capitanes Houston, Dewitt Clinton, Horrell, Linton y Cook; los tenientes Morgan, Stall, Gay, Doyle, Gillis y Winters.
"El Nicaragüense identifica a Mr. C. W. Webber como un "Naturalista Cazador".
famoso en los Estados Unidos y autor de seis u ocho libros de aventuras en la
frontera tejana y de una Historia
Natural ilustrada, quien se encontraba en Granada preparando una expedición
"exploradora" a Chontales y Matagalpa en los primeros días de Marzo
de 1&';6.22 El nombre del mayor Webber, "un
voluntario y ciudadano", figura
entre los combatientes filibusteros en la batalla
de Rivas, y luego entre los
"desaparecidos" en la acción.23
"Walker dice al respecto:
"Es difícil determinar las pérdidas del enemigo por· que los
centroamericanos nunca consignan sus bajas con exactitud, ni siquiera a sus
propios superiores, pero probablemente se pusieron fuera de combate cerca de
seiscientos costarricenses - doscientos muertos y cuatrocientos
heridos",!!"
El Parte Oficial costarricense
publicado el 30 de Abril de 1856 no contiene datos acerca del número de bajas
sufridas en la batalla.25 Tampoco hemos logrado encontrar algún documento
oficial costarricense que las detalle, excepto el "Conocimiento de los
heridos en la refriega del 11 de Abril de 1856 en la ciudad de
Rivas, dado por el Cirujano mayor del
ejército, Dr. Carlos Haffman", fechado en Rivas el 15 de Abril de 1856,
manuscrito que detalla las heridas de 270 soldados e incluye textualmente esta
nota: "Además de los enfermos comprendidos en este estado, hay unos veinte
o treinta que se hayan [sic] en casas particulares o en sus respectivos
cuarteles por la levedad de sus heridas"
Entre los heridos estaban el mayor J. B. Markham, el capitán N. C.
Breckenridge (fallecido después), los capitanes Cook, Anderson y Caycee, y los
tenientes Gist, J ones, Leonard, Potter, Ayres, Latimer, Anderson, Dolan y
Jamison.·
Los que cayeron heridos en los primeros dos asaltos, tratando de ocupar
las casas aspilleradas a ambos lados de la calle del cuartel general de Mora,
fueron llevados a una casa de adobe en que existía una venta de abarrotes en la
esquina noroeste de la plaza, donde se desarrolló la mayor parte de la lucha.
Recuerdo con claridad cuando el general Walker llegó a eso del mediodía a la
habitación en que estábamos los heridos, más de
veinte oficiales y rasos, acercándose
en igual forma a cada uno para dirigirnos frases cariñosas y alentadoras. Se
sentó sobre la paca de algodón del país en que yacía y me preguntó acerca de la
herida al mismo tiempo que me ajustaba las vendas, e igual cosa hizo con el
coronel Markham y otros compañeros, arreglando nuestros lechos para que nos
sintiéramos más cómodos. Nos llegó a ver varias veces ese día y siempre pareció
andar alegre y tranquilo, no obstante, lo desesperado de la batalla y de ser
nuestra situación en extremo peligrosa. A pesar de todo, ni sus palabras ni sus
modales dieron indicio alguno de lo que pasaba por su mente - Walker era tan
inescrutable como la Esfinge.
En Rivas fui testigo presencial de un acto de osadía y heroísmo sin precedente en los anales de cualquier guerra. Ya al caer la tarde, la lucha había amainado por ambos bandos y los americanos comenzaron a disponer el traslado de sus heridos de las casas situadas al norte de la plaza, de las cuales habían desalojado al enemigo y que para entonces ardían lentamente. Al anochecer, los heridos serían llevados a una vieja iglesia al otro lado de la plaza. El teniente Winters intentó cruzar la plaza, pero a las treinta yardas una bala minié le rompió ambos muslos. Cayó empuñando su revólver de seis tiros, cacha de conchanácar, y no se pudo levantar. El único ileso entre nosotros, el capitán Veeder, lo vio caer y corrió en su auxilio. Las balas granizaban desde los tejados como en una tormenta en el Atlántico Norte, castigando el suelo en forma tal que por unos momentos el polvo de los impactos impidió ver a Winters y Veeder.
* Aquí Jamison enumera los nombres
dados por Walker en su libro y agrega el
de "N. e Breckemidge (fallecido
después)'. capitán de su compañía, de quien Walker narra que "recibió una
herida leve en la cabeza",27 La misma herida leve informa el Nicaragüense,
aunque el nombre de Breckenridge no aparece en las listas de bajas publicadas
posteriormente por el periódico y tampoco se encuentra en sus páginas la noticia
de su muerte.28 Esa la da el Daily Herald de San Francisco, enviada por su
corresponsal en Granada: UN. C. Breckenridge, de Kentucky. falleció el 27 de
Abril y fue enterrado en la iglesia de San Francisco, en Granada"."
Tomando al herido en sus brazos,
Veeder lo llevó a lugar seguro. Aunque parezca increíble, Veeder no recibió el
menor rasguño, a pesar de que su ropa quedó pasconeada por las balas.·
Antes de abandonar Rivas, el general WaIker llegó a la iglesia donde yacían los heridos de muerte y les expuso la situación extrema en que se encontraba el ejército. Todos respondieron al unísono: "No piense en nosotros y salve al ejército, General".·· Por boca de algunos prisioneros después supimos que Winters, quien sólo podía valerse de su revólver de seis tiros con cacha de conchanácar, se acostó dando la cara a la puerta de la iglesia y disparó todo el tambor, a enemigo por bala, antes de morir atasajado de bayonetazos.
Resulta difícil escribir comedidamente sobre eventos en los cuales uno tomó parte activa, por pequeña que ésta haya sido; pero en vista del heroísmo con que se luchó en Rivas desde las siete de la mañana, hasta la medianoche, contra un ejército siete veces superior en número y bien atrincherado, es justo que se produzca esa llama de orgullo que enardece el corazón de todo aquél que combatió en el ejército de Walker en esa batalla un 11 de Abril de 1856.
El día anterior a la acción de Rivas, el capitán Baldwin atacó y derrotó a doscientos cincuenta costarricenses en el río Sarapiquí, matando a veinte y echando fuera del país a los demás, mientras él sufría solamente un muerto, el teniente Rakestraw, y dos heridos.***
• El capitán Peter Veeder era oriundo
de Albany. New York, y perteneció al ejército norteamericano que invadió
California por mar durante la guerra contra México. Vino a Nicaragua con
Walker, en el Ve8ta. Participó, sin recibir el menor rasguño, en las primeras
batallas de Rivas y La Virgen. Solicitó y obtuvo su baja del ejército el 11 de
Octubre de 1855, dos días antes de la toma de Granada; se reenganchó el 25 de
Marzo de 1856 y en la batalla de Rivas
del 11 de Abril "no hubo hombre
que demostrara mayor valor heroico o que por su temeraria osadía mereciera más
admiración y respeto en el ejército, que el capitán Veeder. Ciertamente, el
total olvido de 51 mismo que exhibió a tra·
vés del conflicto, lo hace merecedor
de elogios como el mejor de los valientes que ese día dieron realce a su
rango". Su asombrosa estrella, que Jo sacaba ileso de entre las balas
centroamericanas, no bastó sin embargo para protegerlo contra los microbios del
trópico y falleció en el cuartel de Managua, víctima de "inflamación
intestinal", el 30 de Junio de 1856."
* .Ninguna referencia a esa heroica
respuesta se encuentra en los documentos de
la época consultados; ni siquiera a
los redactores de El Nicaragüense les
ocurrió escena tan conmovedora. Dichas
fuentes tampoco confirman lo que narrará Jamison a continuación, de que
Winters, al morir, haya vaciado el tambor de su revólver "a enemigo por
bala".
***El teniente primero J. R. Baldwin
comandaba la Compañía B del Primer Batallón de Infantería Ligera, apostado en
el río San Juan; fue ascendido a capitán el 23 de Marzo de 1856." El Parte
Oficial costarricense de la acción se transcribe en el Anexo N9.
Tan pronto como el general Walker logró dar descanso a su agotado ejército y reclutó nuevos soldados, regresó al Departamento Meridional. Pero el general Mora estaba harto de ver americanos y, para postre, el cólera morbo hacía estragos tremendos en sus tropas; cuando Walker desembarcó en La Virgen, ya Mora había entregado el mando a su cuñado, el general José María Cañas, y había regresado a San José de Costa Rica. Cañas no abrigaba ningún deseo de enfrentarse a los americanos y cuando Walker llegó a la Casa del Medio Camino, entre La Virgen y San Juan del Sur, se enteró que Cañas ya había cruzado ese punto precipitadamente y en desorden, en su retirada hacia La Flor. No se detuvo hasta que llegó a San José, y debe haberse avergonzado de la infamia cometida en Rivas con nuestros muertos, cuando dejó un mensaje al general Walker solicitándole que tratara con benevolencia y generosidad a los heridos costarricenses que dejaba atrás.
Walker inmediatamente ordenó a sus cirujanos suministrar a los costarricenses las mismas atenciones que brindaban a los americanos - venganza de la que bien pueden afanarse los americanos, pues no es indigna de la causa que defendían ni de la raza a que pertenecen. Los periódicos costarricenses informaron que del ejército de más de cuatro mil hombres que Mora llevó a Nicaragua, no más de cuatrocientos regresaron a sus hogares. · Arriba de quinientos, muertos víctimas del cólera, fueron enterrados en las arenas de , San Juan del Sur, donde el continuo vaivén de las mareas sacaba a luz sus espectrales restos; largos meses después, durante el tiempo que estuve allí, yo veía relucir sus esqueletos en la playa.
Al partir el ejército costarricense ocurrieron varios arrestos y
ejecuciones, entre ellas la de Francisco Ugarte, en cuya morada me alojé cuando
estuve en Rivas. Sus dos sobrinas, mujeres bellas y atractivas, vivían con su
familia. A Ugarte se le juzgó por descubrir y entregar al enemigo, después de
la batalla, a algunos heridos americanos para que los mataran.
Según Walker, "no más de quinientos del bravo contingente que había salido a exterminar a los 'filibusteros', regresaron a la capital de la República", pero el dato no se lo atribuye a ningún periódico costarricense. La información no se encuentra en los diarios consultados, pero el Boletín Oficial de San José registra una noticia acerca de los muertos por el cólera en toda la nación hasta el 21 de Junio: "EPIDEMIA - Todos los datos oficiales que recibimos nos comprueban que la terrible peste toca á su fin y que así en la capital como en las provincias solo se presentan casos muy aislados. Los documentos que hemos examinado nos dan á conocer que en poco mas de un mes que ha durado el cólera, han sido sepultados mas de cinco mil cadáveres en toda la República. Cuéntense entre estos muchos párvulos y ancianos septuagenarios, pero también no pocos seres llenos de juventud y esperanza ..
Una corte de investigación demostró claramente su culpabilidad y se le sentenció a la horca. *Después de ejecutada la sentencia, sus dos sobrinas me rogaron que condujera los restos mortales a Obraje, donde residía por entonces la familia. Obtuve el permiso necesario, conseguí una carreta de bueyes, destaqué un pelotón para que me acompañara, llevamos el cadáver a Obraje y a medianoche lo depositarnos en la iglesia parroquial, en donde quedó entre los sollozos de sus deudos.
Siempre he creído que Ugarte, quien era hombre rico, trató de comprar su libertad ofreciéndole dinero al general Walker. Mi creencia se basa en que un día me encontraba por casualidad cerca del calabozo de Ugarte en momentos en que el general Walker pasaba a almorzar. Ugarte lo llamó por su nombre; Walker se detuvo y ambos sostuvieron una breve conversación. No logré oír todo lo que se dijo, pero escuché lo suficiente para saber que Ugarte le ofreció a Walker una cuantiosa suma de dinero, que después se rumoró con insistencia era de veinte mil dólares en oro. Tampoco capté todo lo que Walker contestó, pero su tono evidentemente era despectivo hacia Ugarte; logré oír cuando le dijo: "No quiero su dinero sino su vida, pues usted ha perdido todo derecho a ella".
Debo relatar aquí un incidente de mi estadía en Nicaragua que siempre deploré con tristeza. En el verano y el otoño de 1856 el Primer Batallón de Infantería se encargó de mantener el orden en el Departamento Meridional, por el que pasa la Ruta del Tránsito entre San Juan del Sur y La Virgen. Mi compañía y la del capitán William Williamson se turnaban en la vigilancia de La Virgen, San Juan del Sur, San Jorge y Rivas, situación que duró hasta finales de Octubre, cuando todos los destacamentos fueron reconcentrados a Granada en preparación para el ataque a Masaya.
* En una carta del corresponsal de EZ NicaraguetUJ6 en La Virgen, fechada el domingo 18 de Mayo de 1856, se lee la parte pertinente: "El viernes pasado [16 de Mayol, don Rico Ugarte [sic] fue ahorcado en esta localidad, por su participación en el negro y salvaje crimen de asesinar a los americanos heridos en Rivas. No existen palabras para caracterizar adecuadamente una acción tan vil. ¿Habrá quienes esperen ganar prosélitos para su bando con tan malditos crímenes? Y lo que es más, todo lo hicieron dentro del santuario, bajo el mismo altar de la casa de Dios, de un Dios que es igual para todos los hombres - ¡Lo hicieron a oídas de Mora y de los oficiales del estado mayor costarricense. y probablemente bajo sus propios ojos!"a5 Cuando la ejecución de Ugarte, Walker se encontraba en el istmo de Rivas y La Virgen era el asiento del cuartel general de su ejército; en La Virgen se encontraba el Primer Batallón de Infantería al que pertenecía Jarnlson." * *Era a comienzos de Octubre y no a finales, como se verá más adelante.
En San Jorge disparaban contra nuestros piquetes y centinelas a
cualquier hora del día o de la noche, y durante más de tres semanas ni
oficiales ni rasos se desvistieron para dormir o descansar. Con frecuencia la
pequeña guarnición era obligada a salir varias veces en la noche para repeler
las amenazas de ataque, y la falta de sueño agotó en extremo a la tropa, pues
los soldados montaban guardia todas las noches hasta el alba.
Allí en San Jorge ocurrió el triste suceso que mencioné - una promesa hecha a un compañero que se encontraba casi en los umbrales de la muerte, la cual no pude cumplir. Ya avanzada una tarde, creo que era de Octubre, el autor descansaba junto con el capitán Williamson a la sombra de un árbol de mango, especulando sobre el probable resultado de la guerra y lo que a nosotros nos aguardaba en el futuro. El capitán me miró con tristeza y me mostró un magnifico reloj de oro macizo de doble tapa, con su pesada leontina también de oro, pidiéndome que lo examinara. Vi que se lo habían obsequiado sus compañeros de -me parece recordarlo--el Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos; de todos modos, se trataba del regimiento del coronel Sumner, en el cual el capitán Williamson sirvió con el rango de Sargento Mayor. En la cara interior de la tapa tenía inscritos el nombre de Williamson, su rango, y la lista de los donantes.
Al devolvérselo, me dijo con voz entrecortada por la emoción: "Tengo una hijita, todavía pequeña, el único ser que lleva mi sangre en el mundo.
La dejé al cuidado de sus tíos, Mr. George Wabl y su esposa, en Washington, D.C. ¿Me prometes, por tu honor, que, si me matan y si está en tu poder hacerlo, le enviarás este reloj con la leontina a mi hijita?" Se lo prometí con gusto, ignorando lo cerca que estaba de poner a prueba mi compromiso.
La dejé al cuidado de sus tíos, Mr.
George Wabl y su esposa, en Washington, D.C. ¿Me prometes, por tu honor, que,
si me matan y si está en tu poder hacerlo, le enviarás este reloj con la
leontina a mi hijita?" Se lo
prometí con gusto, ignorando lo cerca que estaba de poner a prueba mi
compromiso.
Al día siguiente, el vapor ancló frente a San Jorge y a medianoche recibimos órdenes de poner a bordo todos los bagajes y pertrechos militares. El agua era poco profunda cerca de la costa y tuvimos que llevar nuestros equipajes vadeando. El capitán Williamson fue uno de los que más ayudó en esa tarea, y al concluirla y levar anclas el vapor, subimos juntos a cubierta, nos acostamos todos empapados y prontamente nos dormimos.
Cuando desperté a la luz del día, el vapor estaba anclado en el muelle de La Virgen, pero el capitán Williamson había desaparecido y no se le pudo encontrar por ninguna parte. Algunos miembros de la tripulación recordaron que hubo un momento en la noche en que el pito del vapor silbó con fuerza, escuchándose luego un ruido como de cuerpo pesado que cayera al agua. No se oyó grito alguno y nadie reparo en el incidente sino hasta después de saberse la desaparición del capitán Williamson.
A los tres días, el oleaje sacó a la costa el cadáver del capitán Williamson, espantosamente mutilado por los tiburones, pero con el reloj y la leontina intactos.' En un cerrito a orillas de La Virgen, por la parte que da a Rivas, enterramos los restos mortales del capitán Williamson, gallardo caballero y soldado todo él. Se le rindieron los honores militares de su rango y, por orden del general C. C. Hornsby, comandante del Departamento Meridional, me correspondió el triste deber de mandar la escolta.
Se conjeturó que el capitán Williamson, posiblemente batallando en sueños,
se sobresaltó por el súbito pitazo del vapor y al incorporarse precipitadamente
perdió el equilibrio y, en la oscuridad, se hundió en las profundas aguas del
lago.
Al regresar del entierro conté a los tenientes de su compañía el encargo
que me había hecho y la promesa que yo le ofrecí cumplir. Sabía que mi palabra
de honor era la única prueba en apoyo de mi afirmación. El teniente, que se
llamaba (si no me falla la memoria) Griffin, o Griffith," insistió en que,
de acuerdo al reglamento, él era el llamado a constituirse en custodio del
reloj y leontina; desde luego, eso ponía punto final al asunto.
Como una concesión, sin embargo, el teniente se avino a depositarlos en la caja de seguridad del gobierno, mientras se presentaba la oportunidad de remitirlos a la hijita.
Por carta de Mr. Wahl, que recibí a finales de la Guerra Civil, supe que la niña jamás recibió el reloj. No dispongo de forma para averiguar.
• Los documentos de la época corroboran algunos detalles que evoca Jamison sobre la muerte del capitán Williamson. El libro de bitácora del vapor San Carlos correspondiente al año 1856 registra los dos siguientes asientos:
"Octubre 2 - El vapor San Carlo8
••. llegó a San Jorge a las 4:30 p.m. Recibió a bordo a los soldados y bagajes.
El vapor La Virgen llegó a San Jorge a las 5 p.m.
"Octubre 3 - El vapor San Carlos
salló de San Jorge a la 1 a.m. para La Virgen, con soldados. llegó a La Virgen
a las 2 y los desembarcó a todos.
El vapor La Virgen llegó a La Virgen a
las 7:30 a.m ..... El informe El Nicaragüense el 4 de Octubre: "Nos duele
consignar que el capitán Willlamson de la Compañía G del Segundo [Bic] Batallón
de Infantería, cayó al lago del vapor La Virgen durante su trayecto anoche y se
ahogó. Era hombre estimable y buen oficiar'." Jas. H. Williamson recibió
sus galones de
capitán y el mando de la Compañía G
del Primer Batallón de Infantería el 6 de Julio de 1856.3'
-John M. Grlfflth fue nombrado
teniente segundo del Primer Batallón de Infantería el 8 de Marzo de 1856; fue
ascendido a teniente primero, asignado a la Compañía El del mismo batallón, el
7 de Agosto y recibió sus galones de capitán en el Primer Batallón de Rifleros
el 26 de Febrero de 1857." Sobrevivió al sitio de Rivas, llegando a Nueva
York en el Wabaah el 28 de Junio, aunque en una lista del ejército de Walker
alguien anotó "Died" (Murió) junto a su nombre."
cuál fue su destino ni si el teniente
aún vive. El Ayudante General del ejército de los Estados Unidos, en
Washington, me confirmó que los datos proporcionados por el capitán Williamson
sobre el servicio militar se ajustaban a la verdad en todos sus detalles. ¡No
sé si los señores Wah!, o la niña confiada a sus cuidados, viven todavía; en
tal caso, yo sería sumamente feliz si estas líneas contribuyen a que recuperen
el reloj y su leontina.
Encontrándome en San Jorge, me vi
obligado a infligir un fuerte castigo a varios soldados. Por ese incidente, el
general Walker me llamó a Granada.
La compañía comandada por el capitán Baldwin en La Virgen tenia reputación de insubordinada e indómita, si bien no dio muestras de ello el día que llegó a San Jorge. A dicha compañía se le dio la orden de fusionarse con la mía, y al capitán Baldwin se le asignaron los deberes de Auditor de Guerra. A la mañana siguiente de su arribo a San Jorge, a varios soldados de la compañía de Baldwin se les asignó en la orden del día el cumplimiento de ciertas tareas, pero todos se excusaron por enfermedad. Se ordenó que fueran examinados por el cirujano del regimiento, quien los declaró aptos para el servicio activo. Yo les hice ver que no debían eludir sus deberes en momentos en que nuestra guarnición se encontraba debilitada y el enemigo amenazaba todas las noches con atacarnos. Procuré ser tan suave y conciliador como lo permitía mi posición de comandante. A pesar de ello mis palabras no surtieron efecto, por lo cual ordené la reclusión en el cuartel de todos los recalcitrantes, en donde les fue ofrecida una última oportunidad para que cumplieran con sus obligaciones. Al rehusar hacerlo envié un pelotón para amarrarlos estacados, castigo muy doloroso con el correr de las horas, así como es repugnante para los valientes.
Mis órdenes eran soltar a quienes aceptaran cumplir con su deber, y al poco tiempo estaban libres y dóciles todos, menos uno. También ese terco filibustero por último cedió. ·· Cuando tiempo después se me destinó a San Juan del Sur, varios de esos individuos desertaron, uniéndose a los costarricenses. Todos los desertores habían nacido fuera de los Estados Unidos.
El general Walker me ordenó presentarme personalmente en Granada para explicarle las causas de esos disturbios en el destacamento de San Jorge.
• La fusión se efectuó el 3 de septiembre
de 1856; la compañía de Baldwin se denominaba e y se fusionó con la D del
capitán James C. Jamieson [sic]. uMr." John M. Baldwin fue nombrado Fiscal
General de Hacienda por decreto del 9 de Septiembre. U
**Léase lo que Walter J. Scott y otros
filibusteros cuentan acerca de los castigos en el Anexo NQ 19.
Así lo hice, y quedó tan satisfecho de mi informe que me envió a reasumir el mando de mi compañía en San Juan del Sur, adonde se nos había trasladado después de San Jorge.
Durante esa visita a Granada vi por primera y única vez al senador por el Estado de Luisiana en el Congreso de los Estados Unidos, M. Pierre Soulé, quien conferenciaba en privado con el general Walker en su despacho, y por las apariencias, muy confidencialmente. * La elegancia cortesana del senador Soulé, sus modales refinados y lo que, en conjunto, puede llamarse su aire de grandeza, me impresionaron favorablemente y aún hoy en día lo recuerdo vívidamente como uno de los personajes más fascinantes que he conocido.
Se ha insinuado que el senador Soulé llegó a Granada para promover el restablecimiento de la esclavitud en Nicaragua. Basado en razones que expongo en otra parte, prefiero aceptar la explicación que da el general Walker en su libro La Guerra en Nicaragua, en el que dice que el senador Soulé deseaba obtener ciertas modificaciones a un decreto promulgado por el presidente provisorio Rivas pocos días antes de salir huyendo de León a Chinandega; el decreto estipulaba las pautas para negociar un empréstito de medio millón de dólares al gobierno, el que sería avalado por un millón de acres de tierras nacionales. * *
Con la expulsión del ejército costarricense parecía que la paz había regresado una vez más a Nicaragua; pero esas esperanzas eran ilusorias.
*El senador Pierre Soulé arribó a
Granada el miércoles 20 de agosto de 1856.
El sábado 30 de Agosto el capitán
Frazer "del ejército nicaragüense" le ofreció una cena, a la cual
asistió la plana mayor, el ex·Ministro Americano Wheeler y dignatarios de la
ciudad; los comensales se retiraron temprano porque esa misma noche deberían asistir
a una recepción y baile dados por el "Presidente" Walker. Soulé se despidió
de Granada e inició el Viaje de regreso a los Estados Unidos el martes 2 de
Septiembre."
**Walker lo narra así: " .•. el
Honorable Plerre Soulé llegó a Granada. El viaje lo hizo con el Objeto de
gestionar algunas modificaciones a un decreto que había promulgado don Patricio
Rivas pocos días antes de salir huyendo de León a Chinandega. El decreto
autorizaba el nombramiento de comisionados para negociar un préstamo de
quinientos mil dólares, el cual se garantizaba con un millón de acres de
tierras nacionales. Las modificaciones propuestas por Mr.
Soulé se hicieron rápidamente, y se
nombraron comisionados para actuar con- forme el decreto a S. F. Slatter y
Mason Pilcher".ff Uno de los bonos emitidos es la pieza 169 de la
FayaaOU3J Colección que se conserva en la Universidad de
Tulane, en Nueva Orleans; es por valor
de doscientos dólares y está firmado por S. F. Slatter y Mason Pilcher,
conforme el decreto del 28 de Agosto de 1856.
Walker ya había promulgado un decreto
el 22 de Julio, autorizando negociar un préstamo de dos millones de dólares
respaldado por dos millones trescientos cuatro mil acres de tierras nacionales
y nombrando a Appleton Oaksmith "comisionado especial" para
negociarlo en los Estados Unidos.f5
Era solamente la calma que precede a la tormenta -lóbrega quietud que antecede al estallido del trueno-- y muy pronto de nuevo el país se estremeció con el fragor de la batalla .
LA CUESTION
DE LA
ESCLAVITUD
AFRICANA
El Decreto
del 22 de septiembre de 1856 - La Esclavitud -
Deserción de
don Patricio Rivas - La San José - El Capitán Fayssoux - Fusilamiento del
General Salazar - Deserción del Capitán Turley - Derrota en San Jacinto -
Muerte
del Coronel Byron Cale - El Barco de Guerra Francés Embusca de - Incidentes Divertidos
Ya dije que, en mi opinión, el factor más importante para la derrota final de Walker fue la ruptura con la Compañía Accesoria del Tránsito. Además, creo que otras dos medidas tomadas por su gobierno aceleraron la tragedia; éstas fueron el decreto de confiscación y el de esclavitud del 22 de septiembre de 1856.
El Gobierno Federal de las cinco repúblicas centroamericanas había decretado la abolición perpetua de la esclavitud.
Tales hechos condujeron a que muchos de los dirigentes nativos se distanciaran de los americanos, produciéndose entre ambos una brecha que en el transcurrir del tiempo se agrandó más y más.·' Por último, el mismo Presidente Rivas huyó de León a Chinandega y entró en pláticas con los antiguos enemigos del partido democrático, escuchando con simpatía sus argumentos de que la presencia de los americanos en Nicaragua constituía una amenaza para la seguridad e integridad de las cinco repúblicas centro[1]americanas. A raíz de la defección del Presidente Rivas, Walker fue electo Presidente de la República y tomó posesión del cargo en la plaza de Granada.*** Formó su gabinete nombrando Ministro de Relaciones a don Fermín Ferrer, Ministro de la Guerra a don Mateo Pineda y Ministro de Hacienda a don Manuel Carrascosa.
Don Patricio Rivas, el General Salazar, el General Jerez y otros líderes democráticos pronto se declararon en franca rebelión contra sus antiguos aliados. El general Walker apresuradamente se dirigió a León en donde su presencia contuvo por un tiempo las muestras de desafecto, pero era obvio que Rivas, Salazar y Jerez tramaban una traición y que su propuesta de reducir el número de soldados americanos en el ejército obedecía a móviles ulteriores.•• ** El general Walker regresó a Granada convencido de que su seguridad dependía únicamente de los americanos. Dos días después, Rivas y Salazar estaban en rebelión y se instalaban en Chinandega, invitando a las otras repúblicas centroamericanas a que invadieran Nicaragua para expulsar a los americanos. De todos los líderes importantes, solamente el general Pineda, el coronel Valle, don Fermin Ferrer y otros dos permanecieron fieles a Walker y a los americanos.
Traigo a colación el tema de la esclavitud porque en diversas publicaciones se ha afinando que el restablecimiento de la esclavitud africana era uno de los propósitos primordiales de Walker al dirigirse a Nicaragua en Mayo de 1855, y que sus planes los había forjado y madurado plenamente antes de salir de los Estados Unidos. Más aún, en ciertas publicaciones se asevera que estadistas sureños patrocinaron la empresa de Walker, una afirmación que es totalmente insostenible pues no está respaldada por ninguna evidencia, además de haber sido refutada a la redonda por el propio Walker, como espero demostrar."
En primer lugar, actualmente no existe, y nunca ha existido, ningún discurso, artículo u otro documento escrito por Walker o sancionado por él, en que se pueda basar tal conclusión, ya sea por deducción o de cualquier otro modo. Yo he insistido siempre, y continúo insistiendo en ello, que el tema se fijó y desarrolló en la mente del general Walker a comienzos del verano de 1856, es decir, un año o más después de su arribo a Nicaragua, y hasta que hubo investigado y estudiado las condiciones socio-económicas del país."
¿En qué se basan dichas publicaciones para afirmar lo que dicen? Ano poderse basar en ninguna declaración del propio general Walker sobre la materia, nos vemos obligados a concluir que lo afirman por deducciones que sacan de uno de los capítulos del libro La Guerra en Nicaragua, escrito por el general Walker a su regreso a los Estados Unidos, después de rendirse en Rivas el 1 de Mayo de 1857. Sin embargo, no han tomado en cuenta las circunstancias en que Walker escribió ese capítulo ni el fin que persiguió al escribirlo.
Entre los numerosos documentos de la
época recopilados hasta la fecha. no se ha encontrado ninguno que respalde la
creencia de que estadistas sureños patrocinaran la empresa de Walker cuando
ésta se inició.
**Existen centenares de artículos perlodlstlcos y algunas cartas de Walker de los años anteriores a su primera expedición a Nicaragua y prácticamente en todos esos documentos brilla por su ausencia el tema de la esclavitud; las pocas veces que lo menciona, revela una actitud moderada y conciliadora, no la de un fanático esclavista. Además, en el partido demócrata californiano Walker se alineó con la facción de Broderlck (newyorklno y antlesc1avlsta) en contra de Gwln (esclavista .surello).'. Tampoco se conoce ningún documento de algún estadista sureño que lo conecte con la empresa de Walker al comienzo. Por último, Walker mismo afirmó al respecto en una carta fechada en Nueva Orleans el 2 de Septiembre de 1857:
" ... el decreto que restableció la esclavitud en Nicaragua fue el resultado de observaciones, y no el de una especulación a priori. No fue sino hasta después de quince meses de residencia en el Estado -después de observar detenidamente el suelo, el clima y los productos del país- después de examinar atentamente el carácter de sus habitantes, junto con su organización política y social, que decid! revocar el acta de la Asamblea Federal Constituyente que habla abolido la esclavitud".l1 Párrafos escogidos de dicha carta se pueden leer en el Anexo
N9 6.
WALKER EN
RIVAS
El Sarapiquí
- El Castillo - San Carlos - Los Vapores
del Río y
del Lago - Walker Rodeado - El Sitio de Rivas
- Se Lucha
Cuerpo a Cuerpo - Los Refuerzos en Punta
Arenas y en
Rivas - La Rendición - Las Cláusulas de la
Capitulación
- Noble Conducta del Capitán Fayssoux.
El general Henningsen y sus tropas rescatadas de Granada llegaron por vapor a San Jorge el 15 de Noviembre" e inmediatamente el general Walker marchó sobre Rivas. El enemigo huyó a la primera noticia de que WaIker se aproximaba y éste ocupó Rivas sin encontrar resistencia.
La situación se tornaba cada vez más amenazante en el Sarapiquí y en los ríos San Carlos y San Juan, desde el fuerte de San Carlos hasta San Juan del Norte y el mar. El capitán Tbompson se dejó sorprender y capturar en la desembocadura del Sarapiquí por una fuerza costarricense al mando de un sujeto llamado Spencer; el capitán Kruger, comandante del Fuerte San Carlos, se rindió al enemigo; cayó el Fuerte de El Castillo y los costarricenses se apoderaron de todos los vapores lacustres y fluviales, excepto el San Carlos, el vapor más grande del lago. Debido a las difíciles comunicaciones a través del lago, el general WaIker desconocía que habían ocurrido todas esas desgracias, y al llegar los viajeros de San Fran[1]cisco se les puso a bordo del San Carlos para cruzar el lago en dirección al San Juan, ignorando los peligros a que se expondrían tanto la nave como sus pasajeros. El enemigo se apodero del vapor San Carlos al hacer escalaen el Fuerte San Carlos, completando en esa forma su dominio indiscutible de la vía fluvial Y lacustre.
En esos momentos críticos, el coronel Lockridge llegó a San Juan del Norte al frente de 200 ó 300 hombres, sólo para encontrarse con que era imposible seguir adelante. Acampadas en Punta Arenas, las tropas de Lockridge estuvieron expuestas a múltiples e irritantes vejaciones de parte de la oficialidad naval británica, por lo que se vieron obligadas a trasladarse a otro lugar. El general Robert Wheat, quien se había cubierto de gloria y de fama en la guerra con México, no pudo soportar los insultos a su persona y desafió al capitán Cockbum del barco Cossack de jestad, pero éste se negó a batirse.
Aun cuando todos los vapores y otras embarcaciones del lago se encontraban en poder del enemigo, se juzgó factible que los refuerzos capturaran el Fuerte San Carlos y cruzaran de algún modo el lago para unirse a Walker antes de que lo abatieran en Rivas. Eso se pudo haber logrado, de no ser por un fatal error del coronel Titus, tipo fanfarrón, originario de Kansas en donde adquirió cierta notoriedad luchando en la frontera, y de Kansas llegó a Punta Arenas con algunos aventureros. Era evidente que, para cruzar el lago en ayuda de Walker, primero debía de recuperarse el Fuerte San Carlos y debía de limpiarse de enemigos el río San Juan. Tanto el coronel Lockridge como el coronel Anderson consideraban que, una vez en posesión del fuerte y del río, estarían en capacidad de capturar también uno de los vapores del lago para en él dirigirse adonde Walker.
El coronel Titus insistió en que se le diera el mando de la expedición, lo cual se le concedió a regañadientes. Al llegar Titus con sus fuerzas a El Castillo, exigió pomposamente la rendición; y cuando el enemigo le solicitó un plazo de veinticuatro horas para darle a conocer su respuesta, se lo concedió pomposamente. Los costarricenses aprovecharon ese lapso de tiempo para reforzar la guarnición con varios centenares de hombres y al final Titus salió derrotado, sufriendo bajas considerables. De atacar la fortaleza tan pronto la tuvo a la vista, la habría tomado sin encontrar mayor resistencia.
Los dos vaporcitos del río carecían ya de utilidad práctica para los americanos, pues seria inútil intentar un nuevo ataque a El Castillo con su guarnición reforzada. Los americanos abandonaron toda esperanza de llegar donde Walker y regresaron a San Juan del Norte, dejando en posesión del río a los costarricenses. Al bajar por el río hacía San Juan, explotó accidentalmente la caldera del vapor Scott ocasionando la muerte de algunos americanos. En San Juan del Norte recibieron la noticia de la rendición de Walker, por lo que retomaron a los Estados Unidos. Si estos refuerzos al mando de Anderson y Lockridge, armados con rifles de largo alcance, hubieran logrado unirse a Walker en Rivas, es posible que éste nunca se rindiese y que las armas aliadas fuesen las derrotadas en vez de alcanzar la victoria. Antes de la rendición, el coronel Lockridge y unos pocos más lograron, vía Panamá, unirse a los sitiados en Rivas, pero no lograron burlar la vigilancia de las marinas de guerra inglesa y norteamericana para pasar el grueso de los refuerzos.
TO BE CONTINUED
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