DIVERTIDO RESBALÓN A TRAVÉS DE NICARAGUA
En Tierra
San Juan del Sur. Mientras pasábamos la noche anclados en la bahía de San Juan del Sur, llevaron en lanchones nuestro equipaje a tierra, y por la mañana desembarcamos.
Componíase entonces el puerto de unas pocas destartaladas casitas de madera -allá las llaman hoteles- enclavadas entre el lozano verdor del pie de los pintorescos cerros que atalayan la bahía. En donde pisamos tierra se apiñaban caballos, diligencias y sanjuaneños semidesnudos, con machete de dos pies de largo y un palmo de ancho fajados a la cintura. Pensé al principio que serían soldados. pero no, eran simples paisanos. Por la playa deambulaba una mujer blanca, mugrienta y haraposa, para quien la vista de nuestro barco debe haberle parecido una visión del paraíso, porque en el puerto un cargamento entero de pasajeros llevaba ya quince días de exilio a causa de la funesta ineptitud de
un hombre: el agente de la compañía de vapores en el istmo. Este sujeto había despachado un vapor vacío a San Francisco, cuando muy bien sabía que esta multitud era esperada en San Juan del Norte. Ahora terminarían su viaje en nuestro
barco. Los de nuestro grupo -lo habíamos organizado la noche anterior- que fuimos los primeros en desembarcar, teníamos derecho a escoger la diligencia en que
haríamos el viaje de doce millas que hay de San Juan del Sur a La Virgen, puertecito del Lago de Nicaragua. Algunos de los caballos y de las mulas -que eran muchas por cierto- parecían buenas bestias; pero si entre las diligencias había alguna que fuese mejor que otra, y especialmente entre los esperpentos
que tiraban de ellas, la diferencia era mínima. Nunca vio nadie arneses como esos ni mulas semejantes, ni tales cocheros tampoco. Individualmente eran ridículos, y en conjunto también. Y el tan sólo ver las atroces cholladuras de
los lomos de esos pobres animales que los dilapidados arneses les habían machacado y acuchillado, era para enternecer al corazón más duro.
Nos metimos en una de las más grandes diligencias de un rojo desteñido (carromatos para cenagales llamamos a eso en nuestras montañas), tirada por cuatro caballos cholencos, y partimos para la Virgen. El cochero empezó de inmediato a sacudirlos y a pelearlos y también a maldecirlos como loco furioso en un inmundo español y así fue a todo lo largo de aquellas doce millas de linda, plana y pareja carretera durante las tres horas y media que duró el viaje. Allí envidiamos a los que no estando incapacitados pueden montar a caballo. Pero siendo el nuestro un grupo alegre no hicimos más que guasear. Lo primero que las mujeres notaron apenas perdimos de vista el mar y torcimos internándonos en un tupido follaje empapado de rocío y bajo árboles selváticos, fue un "¡Qué precioso chiquillín! ¡Ay, miren que amorcito más l-i-i-i-n-do!". Era un churretoso y anémico mocoso que hacía tortas de lodo frente a un rancho desierto. Y la primera cosa que los hombres vieron fue, pero sin saber qué cosa era: un mojón tal vez, una cruz, o quizá la modesta lápida de algún desventurado aventurero americano.
Pero no, no era nada de eso; al acercamos vimos clavado en un árbol un letrero que decía: "¡Compre una camisa Ward!". Era, pues, simplemente uno de esos abusos en que se refocilan los mercachifles de mi tierra dueños de la
camisería de esa marca. Y pensar que gente como esa invade los lugares más sagrados con sus anuncios canallas para desnaturalizar los paisajes en que uno podría extasiarse. Cuando algo sublime pulsa las fibras de nuestra
sensibilidad, esa gente hace chacota. Sé que si yo estuviera ante la majestuosa catarata del Niágara y sintiera su diáfana llovizna atomizada empaparme la cara, y escuchara su fragorosa voz, mi pecho se hincharía de noble inspiración
para exclamar: "¡Oh, grandiosa, sublime, magnífica ... !", para
enseguida ver un prosaico anuncio enfrente que diría: "hay trabajo en el algodonal de Fulano". Pero, con todo, me encantaría la vista. Bueno, ¿y qué más da?
La Caravana
El brillante y fresco verdor del campo, la dulzura y suavidad del aire (había caído un aguacero poco antes de nuestra partida), el interés que despertaban de nuevo pájaros, árboles y flores, la sabrosa y nueva sensación del balanceo y el traquetear de la diligencia, todo ello tan gozoso y agitado - si lo comparamos con aquella ya lejana e insípida monotonía a bordo de un barco que navega en un mar sin orillas- llevó a nuestro grupo a tal punto de entusiasta ebullición que
me parecía increíble fuera ahora así viajando con los mismos badulaques de antes. Ruego me perdonen las damas, y hasta los caballeros también. Todos estaban de acuerdo con aquel "slogan": "la ruta de Nicaragua para siempre jamás". (Antes acostumbraban cada uno o dos días, y después día de por medio, maldecir la ruta de Nicaragua por los siglos de los siglos. Así son los viajeros en todas partes del mundo). Cada doscientas yardas pasábamos ranchitos con ventas atendidas por muchachas de pelo negrísimo y relampangueantes ojos, que de pies ante las bateas nos miraban pasar en actitudes como de agraciada indolencia - chavalas éstas de color de vaqueta- y vestidas siempre lo mismo: una sola bata suelta de zaraza con estampados chillones, recogida arriba de los pechos -los que cuando de jóvenes son bien turgentes- y de volante fruncido.
Tienen dientes blancos y caras bonitas de sonrisa ganadora. Son virtuosas en la medida de sus luces, pero me temo que sus luces sean un tantico apagadas. Vimos
dos de estas muchachas que eran en verdad muy lindas.
¡Ah, sus ojos líquidos de mirada opiácea; aquellos labios carnosos!, su abundoso pelo liso y satinado; ¡y qué decir de su arrebatadora prestancia incendiaria!, cuán llenas de gracia, y ¡qué curvas tan voluptuosas!, y ¡con tan pocos trapos encima ... ! -Sí, pero no más tantee usted a una de esas potranquitas ofreciéndoles un peine fino para los piojos ... Esta pesadez la soltó Brown a quien desterramos en el acto. Este hombre no se conforma con sólo mirar lo que es atrayente; siempre ha de salir con alguna patochada para estropear todo lo que ve.
Estas doncellas achocolatadas venden café, té y chocolate, bananos, naranjas, piñas, huevos cocidos, guaro aborrecible, mangos, jícaras labradas, y hasta monos; y los precios son tan módicos que, a pesar de órdenes y reconvenciones en contrario, los pasajeros que en el vapor venían en tercera se atiborraron de toda clase de bebidas y comidas. Ellos, con el cólera que te oíamos a la vista, pagarían pronto con la vida. El camino era suave, plano y sin lodo ni polvo, y el paisaje ameno, aun cuando no llegaba a maravillar.
Muchos árboles floridos hermoseaban la vista. No faltaba, pues, la vegetación, y a veces nos llegaba una fresca brisa impregnada de fragancias exquisitas. Pasamos dos o tres lomas altas de la más blanda y verde hierba, paisaje que los ojos nunca se cansarían de admirar. A ratos cruzaban el cielo pájaros de quimérico plumaje, y del boscaje salían de cuando en cuando gratas melodías. Pero los monos eran los que más llamaban la atención. Todo mundo allí quería ver un auténtico monito piruetear en las ramas de sus nativos lares. Nuestro interés en las muchachas fue poco a poco decayendo; los pájaros, Jos jicarales con sus globos de jade que parecían frutas; aquellos grandes y curiosos nidos en los árboles que nos dijeron eran "casas" de comején; los limoneros, y hasta una singular especie de bejuco llamado matapalos, largo, delgado y verde, que sube hasta las copas de los gigantescos árboles y les ciñe sus troncos y sus ramas, y los ahoga enrollándose en ellos en un mortífero abrazo vegetal, como si fuera una fea serpiente sin fin. Pero jamás el grupo se cansó de aplaudir al monito montaraz, motivo siempre de curiosidad y gozo.
Carnaval en el Camino Los cuatrocientos viajeros que éramos, unos a caballo, otros en mulas y otros más en diligencias tiradas por cuatro mulitas, formábamos la más bizarra, astrosa y extraña comparsa que yo jamás hubiera visto. Aquello me recordó las fantásticas carnavaladas con que en el oeste se celebra el cuatro de julio, o aquel martes de carnaval en Nueva Orleans. Los pasajeros de tercera iban casi todos en mulas, con sus abrigos, sacos ahulados y frazadas en continuo bamboleo sobre los faldones de las albardas. De éstas algunas eran nuevas y buenas, pero las había también que ya eran sólo piltrafas. Entre los doscientos cincuenta jinetes no había doce que pudieran llamarse tales, pero todos parecían considerar que siendo las bestias propiedad de la Compañía del Tránsito, era su forzoso deber --de serles posible- matarlas, y ciertamente que parecían empeñados en hacerlo. Como aquellas carreras y gritolera, y apaleadas y riendazos y espueleo, y el zangoloteo de motetes, más el aletear de las albardas, y aquel frenético desbarajuste del atajo de mulas y caballos, más los nalgazos en sube-y-baja de los montados, con el enorme tropel de "amansadores" de bestias y los bandazos y embestidas de las diligencias en el centro de semejante maremágnum, como todo aquello, digo, fue algo que jamás vi antes. Y nunca gocé tanto como en aquel memorable día. Y nunca tampoco vi, como esa vez, la ecuanimidad de Mr. Brown tan alterada. Nuestro filósofo había recibido en San Francisco el encargo de atender a una viuda con tres niños y su niñera.
Durante todos los días del viaje se había visto obligado a bajar a la pestilente bodega del barco a revolver y alzar montones de baúles de otros pasajeros y rebuscar entre ellos el de la señora para sacar una camisa de Johnny, o un babero para Tommy, o bien un chal de la mamá o de la criada, y hasta tal vez un pañal para el tierno. Pero bien, todas esas friegas fueron nada comparadas con las contrariedades que sufrió cruzando el istmo de Rivas. Tuvo que cuidar de
esa pequeña tribu cuando iba montada, y a fin de que siempre estuviera junta en la confusión de Ja cabalgata, rabiató las cinco mulas en fila enrollando el bozal
de una en la cola de la otra. El iba adelante de la familia en su caballo con el tierno en brazos; le seguía la señora y los otros dos niños, y la criada por último. Era aquel un espectáculo comiquísimo. Sin embargo, todo iba saliendo bien hasta el momento de la partida cuando a la mula de nuestro filósofo se le antojó iniciar un bailongo. Brown trató de sujetarla un momento con una mano, y en un abrir y cerrar de ojos se pasó al niñito debajo del sobaco izquierdo, y con ambas manos tiró de las riendas para atrás.
La maniobra le salió bien, pero el grupito de que venimos hablando se metió en la comparsa como el viento causando el asombro de todos, y muchos los recibieron con palmadas y risotadas. De trecho en trecho la mula de Brown se paraba a corcovear, y luego los otros animales se enredaban en un imposible enmarañamiento de patas y mecates. Claro que aquí Brown tenía que soltar un instante al tierno y reacomodárselo enseguida. Renegaba el hombre como un condenado (pero a la sorda) y sudaba como un negro. La caravana entró al final a La Virgen, pero aún antes de llegar ya todos se habían metido en el vaporcito. Los animales, por fin, respiraban en sosiego; todos con la cabeza gacha, y era difícil decir quiénes estaban más cansados y tristones, si ellos o los jinetes.
Aquello era como un cortejo fúnebre embutido en la turbulenta hilaridad de aquel gentío desembarcado del vapor.
La Calma
Alojados ya en el barco, nos sentamos bajo el toldo y comenzamos a almorzar. Fumamos, escribimos las notas de nuestro alegre resbalón a través del istmo, compramos hermosos bastones de caoba hechos por Jos nativos, y por fin quedamos abstraídos contemplando los rizos de las aguas del Lago de Nicaragua y los dos majestuosos conos volcánicos que surgen de las profundidades azules y entapujan sus verdes cumbres entre nubes.
Carta V
Vapor ''San Francisco", día de Año Nuevo:
los Volcanes Gemelos
Del centro del hermoso lago emergen dos maravillosas pirámides arropadas en un verde fresco y suavísimo, veteadas sus faldas de luces y de sombras; sus cimas perforan las errabundas nubes. Parecen los volcanes apartados del vértigo del mundo, tan tranquilos así como están, inmersos en sueño y en reposo. ¡Qué bien se podría vivir en sus boscosidades, en sus laderas bañadas de sol, y sus aireadas cañadas después del fatigoso trabajo diario, lejos de la ansiedad y el desasosiego de un mundo estrepitoso y agresivo! A estos volcanes no se les ve basamento, pues surgen abruptamente del agua. Por ningún lado se les ve hinchazones ni resaltos; son bien proporcionados y simétricos, de aristas lisas. Uno tiene 4,200 pies de altura y el otro alcanza 5,440, pero como están bastante separados parecen idénticos.
Un extraño les pondría igual altura, hay quienes dicen que se alzan 6,000 pies, y así parece. Aun cuando en el cielo no se ven nubes, en sus crestas hay siempre algunas en las que se embozan majestuosamente, ambos están apagados, de suerte que su suelo de lava desintegrada es muy fecundo. Hay en ellos muchas haciendas de ganado, de granos básicos, de café y de tabaco.
Su delicioso clima es el más saludable del istmo.
Sandwiches, etc.
El vapor comenzó a cruzar el lago a las 2 de la tarde, y a las 4 de la mañana del siguiente día entramos en San Carlos. De aquí fluye el Río San Juan hacia el Atlántico (cien millas en doce horas) a no muy grande velocidad que se diga, pero la navegación es cómoda.
Allí cambiamos a un cascarón de vaporcito con ruedas de paletas en la popa, largo y de dos cubiertas sin camarotes ni tabiques divisorios, todo al raso, con nada que obstruya la vista como no sean los delgados parales que sostienen el toldo.
Y partimos río abajo sobre la ancha y bella corriente en la gris alborada de una apacible mañana de verano.
Desayunamos a las ocho. En el vapor del lago nos sirvieron té o café y sandwiches de dos rebanadas de pan y una de jamón en medio. En este vaporcito nos dieron café o té y sandwiches de una rebanada de jamón entre dos rebanadas de pan. Nada como la variedad ...
Al poco rato todo mundo iba absorto en la contemplación del panorama de las riberas: árboles como cipreses unos, otros enjoyados de vistosas flores; descomunales árboles emplumados de helechos, y cactos gigantescos; macizos de bambúes; en fin, toda clase de árboles y arbustos enmarañados entre intrincados bejucales. De tanto en tanto un claro deja ver la alfombra de yerba verde que se interna en la selva y que palmo a palmo se adelgaza hasta cerrarse del todo.
Tumba de un vaporcito En esta tierra de exuberante vegetación no se puede hacer en el monte un claro que dure una semana infecundo.
La naturaleza recoge todo átomo de polvo ambulante y lo obliga a depositar en la tierra sus bazares de verdor.
De las grietas del suelo brota la maleza hasta la altura de los techos pajizos de los ranchos; si en el gancho de un árbol cae un puñito de polvo, nacen allí enseguida los helechos para mecerse al soplo de la brisa. El filibustero William Walker hundió un vaporcito en el río que al arrastrar sus arenas las fue acumulando alrededor del vaporcito hasta modelar una islita ovalada. Luego el viento le llevó semillas que la vistieron de abundante yerba. En ella crecieron árboles después y subieron los bejucos enredándose entre sí para tejer guirnaldas y coronas. Así se formó la tumba del vaporcito.
Ya nosotros no pudimos ver de sus restos más que las dos grandes brazas de la popa y de la proa surgiendo de entre la yerba que crecía alrededor de los árboles.
Era una preciosa viñeta.
El Castillo
Al mediodía doblamos triunfalmente un recodo del río y ante nuestra vista irrumpió un majestuoso castillo español, reliquia colonial de los días del pirata Morgan y de sus hombres sin entrañas. Se asienta en la cumbre de un cerro con la selva a sus espaldas. Dícese que el Almirante Nelson, entonces sólo un simple Alférez de Navío, Jo tomó un día y que esa fue su primera hazaña. La acción, que con 250 hombres Je llevó varias horas, fue sangrienta y muy luchada. En nuestros días Walker se apoderó de él con 25 filibusteros y sin disparar un solo tiro, pero fue gracias a Ja traición de su comandante, según decires.
Al pie del cerro yace un caserío de unas ocho casuchas desgranadas sobre doscientas yardas de la ribera. Hay aquí un peligroso raudal. También se dice que fue hecho exprofeso por los españoles para impedir que los barcos piratas penetraran al interior del país.
Allí tuvimos que saltar a tierra, caminar por Ja orilla bordeando el raudal y tomar otro vaporcito en el extremo oriental del mismo raudal. Todas las casitas que pasamos eran pulperías con ventas de frutas y otros comestibles. Los bananos, las piñas, Jos cocos y el café son buenos, y Jos puros, bueno ... pues se dejan fumar; pero las naranjas, aun cuando frescas, eran muy malas. La mala calidad lo ha invadido todo. Uno puede comprar allí cuanto quiera de todo eso por sólo un real, y una suculenta comida para dos o tres por medio dólar nada más. Pero eso sí, lleve usted menudo cuando vaya por aquellos lados. El dólar es pedestal y cimiento de cuanto tiene valor, y se le acepta con más confianza que cualquier otra moneda. Paraíso despoblado Conforme bajábamos el río, se iba desplegando ante nosotros la encantadora belleza de sus contornos. Todos cautivados miramos largo rato y en suspenso la maravillosa vista que se abría en frente y a los lados. Pero al fin cesó el embrujo y se oyó un rebullicio de animadas pláticas y comentarios salpicados de exclamaciones exaltadas.
La clase de vegetación de las riberas había dejado de ser simplemente lozana y era ahora una tupida, alta y pomposa selva. Había en ella lomas, pero las espesas colgaduras de las trepadoras que subían trenzándose en los árboles, las velaban a la vista. Jamás hubiéramos creído que allí había lomas, pero las ramas cimeras descollaban tanto que nunca hubieran podido ser de árboles de la orilla. Al pie de estos ribazos contemplamos encantadoras ensenadas orladas de guirnaldas floridas y fantásticas grutas misteriosas cuya umbrosa profundidad no podía penetrar el ojo; y túneles de misteriosas vueltas y revueltas que llevaban qué se sabe a dónde. Y también preciosos templos, columnas, torres, pirámides, túmulos, cúpulas y muros vegetales. En fin, todas las figuras y formas y líneas de la arquitectura forjadas con los dúctiles y hojosos bejucos, todo ello volcado caprichosamente sobre un crisol de vegetación.
De cuando en cuando huía precipitadamente entre el boscaje un miquito saltarín o un pájaro de espléndido plumaje rayaba el cielo canicular, o bien de lo más profundo de sus recónditas mansiones brotaban gratas melodías de cantores invisibles. Las perspectivas cambiantes del río renovaban siempre aquel paisaje intoxicante; los meandros y parajes que torcíamos e íbamos pasando presentaban nuevas maravillas que podían ser elevados muros de follaje -brillantes cascadas de enredaderas que caían desde ciento cincuenta pies para confundirse con la yerba del suelo--, bellísimas cataratas de hojas verdes hábilmente sobre puestas unas sobre otras como escamas de pescado, inmensa muralla, maciza a veces, y luego al avanzar descubríase un nicho vegetal, como ventana gótica. con columnas y diversidad de figuras bellas y curiosas.
Encontramos otro vaporcito destrozado que también se .ha convertido en isla de esmeralda: árboles que llegan a la altura de la armazón del balancín, las obstinadas trepadoras suben sobre su oxidada, ampollada y decrépita caldera. De allí a poco andar divisamosen el interior de la selva primitiva algunas altas y empinadas lomas montañosas; las copas de sus árboles de un verde delicado, untadas de sol, se iban ensombreciendo hasta borrarse por completo; cúpulas sobre cúpulas alzábanse a lo alto hendiendo la esplendente atmósfera, contrastando sus brillantes tintes con un cielo de púrpura violento.
En las riberas dormitaban asoleándose lagartos de gran tamaño. Pájaros de plumaje llamativo y tremendo picos estúpidamente inmóviles empercha dos en las ramas que entoldaban las orillas le quitaban a uno de momento aquella vaga idea de que esos pájaros sólo existían en los zoológicos; las loras volaban alocadamente sobre nuestras cabezas (qué raro era ver volar a una lora en vez de contemplarla balanceándose en un arco para en seguida dar aletazos de contento) sin hablar una palabra ... Cuando pasó la primera sin decir: .. ¡La lorita quiere masa!", parecía que eso fuera contra su natural, pero no. Y vimos un pajarote larguirucho con un pico como cuerno, y que arqueando en S su alongado cuello alzó vuelo estirando hacia atrás sus largas patas para juntarlas como barra de timón. Se me ocurrió entonces que ese pajarraco estaría mejor en una jaula. a la que naturalmente pertenecía. Y no negaré que desde el momento en que pisé tierra nicaragüense, eso de ver a un mono encaramado en un árbol me pareció extremadamente absurdo y descaracterizado, ya que nunca había visto uno así. y sentí entonces ganas de cogerlo y encadenarlo a la rueda de un vagón debajo de la jaula del tigre de Bengala, en donde se sentiría más en casa y no se vería tan ridículo como en el monte.
El Latoso
-¿Cómo se llamará ese curioso árbol todo torcido y despatarrangado que se ve allá? Miré al que hablaba. Ese tipo era por naturaleza, por su físico y por sus modales, un típico latoso; no había duda. Le respondí: -No sé. Sentí ganas brutas de decirle: ¿Y cómo diablos voy a saberlo? ¿Acaso tengo yo la facha de un hijo del país? -Porque parece que fuera olmo, o roble, o algo, pero tal vez no, ¿o no será eso? -No sé, tal vez sí, tal vez no. -Tiene flores grandotas, como de malvados ... -No sé, tal vez sea eso, malvaloca.
-Oh, no, si no quise decir eso. ¡Mire allá ese manito volatinero! ¿Qué ruido hacen, graznan? -Yo no sé esto siquiera de monos.
Puede ser que graznen, puede que no; ¡pero tal vez rebuznen! -¿Por qué? Arrié banderas.
Su simpleza me dejó pasmado. Lo dejé solo.
A este tipo le había dado por acorralarme en donde quiera que me veía y fastidiarme con reminiscencias idiotas de su insípida existencia; con conocimientos sonsos que· se aprenden en los albores de la vida; con chistes chuecos ya carcomidos por el tiempo que me sacaban de quicio, y con las eternas preguntas sobre cosas de la que yo nada sabía ni me importaba saber. Uno siempre se encuentra en los viajes con calandrajos de esa especie, pero jamás topé con uno que fuera tan fastidioso y exasperante. Un perfecto latoso, en fin.
En este otro vapor de rueda de paletas en la popa nos dieron té, café y sandwiches con una clandestina rebanada de jamón metida subrepticiamente entre dos rebanadas de pan.
Nada como la variedad, ¿verdad?. Le da cierto sabor a la más simple dieta.
Sandwiches, etc.
Los hombres fumaron, cantaron, tiraron lagartos, hablaron del guayacán. de la caoba, del falso cacao y de otros árboles extraños a nosotros, y se pasaron todo el santo día extasiados en el embrujante panorama del río. Por la noche atracamos en la orilla a 30 millas de San Juan del Norte. Colgaron sus hamacas los que la tenían, y los que no convirtieron en cama sus abrigos. Al poco rato los dos lánguidos fanales· de la proa y de la popa vertieron su tímida luz sobre el apiñamiento fantasmal de la soñolienta multitud.
Como dije antes, la cubierta de la caldera estaba completamente al aire; al amanecer cayó una lluvia fina y fría que nos despertó a todos. Algunas mujeres se levantaron quejándose de huesos adoloridos, y así también ciertos caballeros no acostumbrados a dormir en piso duro .. Pero estas nimiedades fueron pronto olvidadas cuando aparecieron los pinches de cocina con el desayuno, y los famélicos pasajeros se lanzaron en tropel sobre las bandejas gritando ¡sandwiches!, ¡sandwiches!
Con regocijo descubrimos que no sólo venían té y café con los benditos sandwiches sino también ¡queso! Verdaderamente la variedad es la sal de la vida. Y ya nadie volvió a hablar de huesos molidos.
El Paraíso Poblado
Arribamos a San Juan del Norte temprano del último día del año, y vimos anclado allí al vapor que nos llevaría a Nueva York. El pueblo no es gran cosa que se diga. La tierra sobra por todos lados, por lo que uno se extraña de que no lo hubieran hecho más grande; pero así es la cosa. Consta de unas doscientas viejas casas de madera y de algunos hermosos predios vacíos, y su gracia la aumentan grandemente -estoy al decir que llega a la magnificencia- las muchas ruedas de paletas que se ven en lo que es el puerto. nene el poblado alrededor de 1,800 habitantes que son un mosaico de nicaragüenses, estadounidenses, españoles, alemanes, ingleses y negros jamaicanos. Todos, por supuesto, hablan español. Algunos negritos andan completamente desnudos. y las vacas se pasean de arriba para abajo entre la gente con tanta familiaridad que la pluma no se atreve a describir. Los criollos no son vanidosos, no les importa el lujo y no tienen muebles buenos. Casi todos tienen venta de puros que llaman "poco tiempo" a diez centavos la "mano" (que son cinco), y guaro, frutas y hamacas de cabuya.
Todo muy barato, y hasta vinos y otros artículos importados, pues los derechos de aduana son bajos. El tránsito de pasajeros es tal que de cada dos casas una es posada; allí, por medio dólar le dan a usted una buena cama.
No cuesta trabajo hacer la cama en San Juan del Norte, ya que se limita a un colchón, dos sábanas y un mosquitero. Engalanan el pueblo unos cuantos cocoteros, lo bordean chaparrales y por donde quiera sonríen entre la grama los botones rosados de las mimosas. ¡Qué delicia es sonreír sobre la grama! (M. T.).
El vapor "Santiago de Cuba", en su último viaje. llevó el cólera a Nicaragua causando treinta y_ cinco muertos.
De eso murió un joven porteño. Esta desgracia sumió a su madre en profundo dolor. La ciudadanía creó entonces una junta de sanidad que prohibió al cólera entrar al puerto. Y en él estábamos cuando arribó el vaporcito de rueda en la popa con los pasajeros de segunda y de tercera, al que inmediatamente se le ordenó quedarse anclado en el río y que ninguno de sus pasajeros saltase a tierra. No fue sino hasta después de veinticuatro horas de estar en cuarentena allí, y al momento de zarpar nosotros, que esos pobres diablos descubrieron la causa del tabú. Se supo entonces que cuando Brown bebía en una cantina del lugar, dijo que ese guaro estaba aguado, pero que, habiendo ya escapado del cólera en el istmo y de las viruelas entre los pasajeros de tercera, creía poder sobrevivir también a esos puercos tragos. En el acto un diligente porteño que lo oyó llevó en carrera la novedad a la junta que seguidamente impuso la cuarentena. Por eso ninguno de esos pasajeros pudo pisar tierra sanjuaneña. Se habló entre ellos de colgar a Brown, pero se quedaron con las ganas.
Una Lección al Latoso
Dormimos en tierra, y me parece que a falta de cosa mejor que hacer, Brown acorraló al latoso aquel y le dio por querer hacerle comprender que los lagartos no podrían trepar a un árbol.
El latoso dijo que eso ya lo sabía. pero el filósofo no paró y entró en minuciosos detalles para probárselo, desentendiéndose de protestas e interrupciones, hasta que redujo al silencio a su víctima y lo puso fuera de combate. Tal vez Brown sólo quiso divertir y divertirse, pero ni su voz ni su manera lo dejaban entrever. Que si hablaba de corazón al pretender probar que un lagarto jamás podría subir a un árbol yo no sabría decir. Pero, sea como fuere, nunca me divertí tanto.
Nicaragua Tiene esta república algunas ciudades populosas. León cuenta con 48,000 habitantes; Masaya con 30,000; Managua 24,000; Granada con 18,000; Chinandega igual; y hay pueblos grandes con 3,000 y 4,000 habitantes. Su población total es de 320,000; casi toda dispersa en pueblos y ciudades. Sólo los propietarios de bienes raíces y que sean ciudadanos pueden votar. San Juan del Norte no tiene representación en los ayuntamientos. Residentes temporales -extranjeros- a quienes no les interesa la política del país son dueños de propiedades.
Hay allá muchas minas de oro y de plata. La Chontaleña Mine, compañía inglesa dueña de una mina de oro, tiene un valor de 250,000 libras esterlinas; actualmente la explotan con maquinaria vieja, pero les viene en camino una moderna. Su primera utilidad · fue de 200,000 libras esterlinas. Eso dicen mis notas de viaje, pero, para no perder mi reputación, yo le pongo 20,000, y aún así me parece mucho.
Una compañía californiana compró dos minas llamadas Albertina y Petaluma, que ya comenzó a explotar. Una de ellas costó 70,000 dólares.
Una compañía inglesa acaba de comenzar a trabajar otra por la que pagó 30,000 libras.
Hay allá también minas de carbón, de plata, de cobre y de ópalo. De una de estas últimas, cerca del camino de San Juan del Sur a La Virgen, han sacado ópalos tan grandes como una almendra.
Nicaragua tiene, asimismo, entre sus numerosos atractivos y fuentes de prosperidad comercial, algunas lagunas y ríos sulfurosos, y también volcanes apagados (una sociedad americana se compró uno de éstos y está invirtiendo dinero en él, segura de poder reactivarlo).
Del país se exportan loras y monos, hule, madera de tinte, cueros de res, añil, café, cueros de venado, caoba, cacao, oro, ópalos, zarzaparrilla, conchas de carey (fuerte rubro este), y frutas tropicales.
El negocio de hule es grande. El año pasado San Juan del Norte exportó 112,000 dólares de eso. La libra de hule cuesta allá 28 centavos y en Europa se vende en 54.
Un solo hombre tiene acaparado el negocio del corte y exportación de caoba en la costa norte del Atlántico.
Tenía este sujeto una troza valorada en 12,000 dólares, tan grande que varios años estuvo tumbada en la playa antes de que la barra del río tuviera agua suficiente para poder llevarla al barco. Dicen que este año le sacará US$500,000. La exportación de caoba es enorme.
Y así la de cacao. Algunas de estas haciendas son muy grandes, la del Valle de Menier, propiedad de franceses, por ejemplo, cuesta la friolera de 500,000 dólares.
Nicaragua podría exportar también, y con buena utilidad, aceite de coco, pero allá nadie se ocupa de eso.
En el Puerto de San Juan del Norte se cobra un impuesto del 1 O por ciento ad valorem sobre las mercaderías importadas, y a ello debe agregarse un incomprensible recargo del 40 por ciento cuando la mercancía llega al interior del país.
El salario de los jornaleros en el interior es de 20 a 40 centavos de dólar al día, con comida. Pero es nada lo que ésta cuesta al patrón, pues no les da más que plátanos verdes, remaduros o podridos; en esto no son melindrosos los jornaleros nicaragüenses que se los comen a como sea.Del puerto sale mensualmente un vapor para Jamaica y algún otro o dos lugares más. De allí zarpan rumbo ·a Southampton, Inglaterra. El contrato de la Compañía del Tránsito con el gobierno de Nicaragua fue prorrogado a cincuenta años, por lo que ahora se espera que mejoren el servicio y alojamiento en sus vapores de rueda. Sin embargo, yo no veo que esto llegue a ser realidad un día, como no sea que logren metamorfosear aquella bendita variedad de sandwiches. Se proyecta unir las aguas del San Juan con las del Colorado, y también construir diques y otras obras destinadas a mejorar el puerto. Hecho eso, los vapores podrían rebasar la barra y no tendrían que quedarse cabeceando mar afuera , como ocurre ahora