Pintura del encuentro entre Gil Gonzáles y el Cacique Nicaraghuac

Pintura del encuentro entre Gil Gonzáles y el Cacique Nicaraghuac
Pintura de Juan Fuchs, un artista con alma nicaragüense "El encuentro entre Gil Gonzáles y el Cacique Nicaragua"

jueves, 27 de abril de 2023

“VIDA Y MUERTE DE UN HOMBRE DE ACCIÓN” (SIETE PAÑUELOS)

 







“Siete Pañuelos”



Hombre Histórico, de ese nicaragüense de acción y de pasión que era Bernabé Somoza. Inició el 23 de marzo de 1846, su principal ofensiva revolucionaria.

Fue juzgado condenado a muerte y fusilado en la plaza de Rivas, Acaba de cumplir 34 años de edad. Colgaron su cadáver de un poste, feo espectáculo “Su cadáver con un dogal al cuello fue colgado en la plaza de Rivas, en la esquina del predio de la casa, que es hoy de la viuda de Don Joaquín Reina, esquina en la que nadie, aún en nuestros días, construyó habitación alguna por considerar que el sitio había sido execrado por un acto de lesa humanidad”.

Pero el mote cabalístico de aquel forajido no sólo encubrió los crímenes de otros malvados que, aprovechando el mito de “Siete Pañuelos”, lograron la impunidad a la sombra de éste; sino que el mismo serviría también de máquina de guerra o de arma arrojadiza en la lucha política de Timbucos y Calandracas, como se conocía entonces a nuestros partidos de filiación conservadora y de tinte liberal, respectivamente. El caso es que las historias partidistas “le echaron el muerto” de las correrías de “Siete Pañuelos” al jefe revolucionario Bernabé Somoza, liberal centro americanista o morazánico, y “verdadero enemigo del gobierno existente”, dicho con palabras de José Dolores Gámez.

Somoza tuvo su mito propio, genuino y original; no el que se le endosó de “Siete Pañuelos”, el cual le sienta como un disfraz y no como la sola encarnación de un símbolo. Pero, además, tenía que venirle pequeño, porque a Somoza, en vida, le llamaban “El Somozón”, debido a su corpulencia y también, seguramente, a su estatura mítica; ya que toda realidad mitificada comienza por parecer de tamaño “heroico”plantó su cuartel general en San Jorge Rivas. Montaba su caballo, que él llamaba Veneno y tenía: otro que también llamado Relámpago; su fuerte era la lanza; y, montado, fascinaba a la tropa por su apuesto continente y lo bien que manejaba su arma favorita. Era bondadoso y sagaz con el soldado; se captó las simpatías de todos y lo seguían con entusiasmo cuando iba- a batirse saliendo siempre ileso de los combates, por lo cual lo creían el vulgo un hombre sobrehumano. Iban con él al peligro porque peleando a su lado se creían los hombres inmortales.

Además, la historia nos revela que Bernabé Somoza fue hombre de singular sensibilidad no sólo para la música, sino también para las letras. Uno de sus autores predilectos era Rousseau, y en él fortalecía su credo liberal. Se sabe igualmente que Bernabé, cuando residía en León en 1844 y principios del año siguiente, era contertulio —con José María Valle y otros centroamericanistas— de doña Bernarda Sarmiento Darío, la tía abuela de Rubén, en su casa de Las Cuatro Esquinas, en la Calle Real. Muchos años después, el propio poeta describiría esas tradicionales reuniones presididas por doña Bernarda, y en las que Somoza había lucido su buen trato y su amena conversación: “Por las noches —escribe Darío— había tertulia en la puerta de la calle, una calle mal empedrada de redondos y puntiagudos cantos. Llegaban hombres de política y se hablaba de revoluciones. La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados. Pasaba el vendedor de arena… Me iba deslizando. Quedaba dormido, sobre el ruedo de la maternal falda, como un gozquejo” (Autobiografía, c. 2). Ortega Arancibia, por su parte, luego de mencionar a Bernabé y demás concurrentes, destaca la categoría de aquellas veladas: “La casa en que había esta tertulia, no sólo servía de recreo, sino también de centro político. La dueña era señora de talento y estaba en contacto con el pueblo y con las personas del mundo político”

podría decirse que la leyenda negra, en Squier, George Ephraim “Nicaragua sus gentes costumbres y Paisajes” es consciente de si misma. Así, hablando del asalto de Somoza a la ciudad de Rivas, aquel viajero escribe: “Según los relatos que de su acción oímos, la ciudad entera fue incendiada y sus habitantes asesinados inmisericordemente, sin respeto a edad ni sexo. Tales noticias, sin embargo, así como las referentes al número de sus secuaces, resultaron ser burdas exageraciones…” (p. 84). La leyenda dorada, por el contrario, parece contar con el auxilio del arrebato y la fantasía del escritor, inspirado por el demonio de la aventura, en beneficio de su estilo literario. Porque el mito genuino de Bernabé Somoza tampoco sirve de alegato histórico en pro de aquel rebelde; pero sí como contraste del espíritu creador de nuestro pueblo y, desde luego, del valor de aquello que no ha enriquecido dicho mito, y que se usó para despoetizarlo, atribuyéndole los caracteres de un mito en absoluto negativo. Esto equivale a traicionar la obra de la conciencia mágica popular, es decir, a burlar por sistema esa misma conciencia, con el mero artificio (“deus ex machina”) de aquella propaganda que maneja las imágenes públicas o los códigos propios del inconsciente colectivo.

Squier sigue, en cambio, otro camino: el de arrimar el de Somoza —aunque tiznado, a veces, de leyenda negra— a las míticas y románticas estampas caballerescas del español universal, según las cuales lo mismo el bandolero que el mendigo tienen porte de señor.

Pero si ahora se preguntase al típico nicaragüense qué opina acerca de Bernabé Somoza, empezaría respondiendo con esta inevitable exclamación: ¡Ah, “Siete Pañuelos”!

 

Mitos de la Historia

“Siete Pañuelos”, ¿Mito de Bernabé Somoza?

Eduardo Zepeda-Henríquez

*Mitología Nicaragüense. Managua, Editorial Manolo Morales, 1989; 2ª edición, Academia de

Geografía e Historia de Nicaragua, 2003.

Recopilado por: Dr. Humberto José González Suárez

San Francisco, California, EE.UU.

1999-2004

Lela8@comcast.net

 

 

 

).


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