![]() |
|
“Siete Pañuelos” |
Hombre Histórico, de ese nicaragüense de acción y de pasión que era Bernabé Somoza. Inició el 23 de marzo de 1846, su principal ofensiva revolucionaria.
Fue juzgado condenado a muerte y fusilado en la plaza
de Rivas, Acaba de cumplir 34 años de edad. Colgaron su cadáver de un poste,
feo espectáculo “Su cadáver con un dogal al cuello fue colgado en la plaza de
Rivas, en la esquina del predio de la casa, que es hoy de la viuda de Don
Joaquín Reina, esquina en la que nadie, aún en nuestros días, construyó
habitación alguna por considerar que el sitio había sido execrado por un acto
de lesa humanidad”.
Pero el mote cabalístico de aquel forajido no sólo
encubrió los crímenes de otros malvados que, aprovechando el mito de “Siete
Pañuelos”, lograron la impunidad a la sombra de éste; sino que el mismo
serviría también de máquina de guerra o de arma arrojadiza en la lucha política
de Timbucos y Calandracas, como se conocía entonces a nuestros partidos de
filiación conservadora y de tinte liberal, respectivamente. El caso es que las
historias partidistas “le echaron el muerto” de las correrías de “Siete
Pañuelos” al jefe revolucionario Bernabé Somoza, liberal centro americanista o
morazánico, y “verdadero enemigo del gobierno existente”, dicho con palabras de
José Dolores Gámez.
Somoza tuvo su mito propio, genuino y original; no el
que se le endosó de “Siete Pañuelos”, el cual le sienta como un disfraz y no
como la sola encarnación de un símbolo. Pero, además, tenía que venirle
pequeño, porque a Somoza, en vida, le llamaban “El Somozón”, debido a su
corpulencia y también, seguramente, a su estatura mítica; ya que toda realidad
mitificada comienza por parecer de tamaño “heroico”plantó su cuartel general en
San Jorge Rivas. Montaba su caballo, que él llamaba Veneno y tenía: otro que
también llamado Relámpago; su fuerte era la lanza; y, montado, fascinaba a la
tropa por su apuesto continente y lo bien que manejaba su arma favorita. Era
bondadoso y sagaz con el soldado; se captó las simpatías de todos y lo seguían
con entusiasmo cuando iba- a batirse saliendo siempre ileso de los combates,
por lo cual lo creían el vulgo un hombre sobrehumano. Iban con él al peligro
porque peleando a su lado se creían los hombres inmortales.
Además, la historia nos revela que Bernabé Somoza fue
hombre de singular sensibilidad no sólo para la música, sino también para las
letras. Uno de sus autores predilectos era Rousseau, y en él fortalecía su
credo liberal. Se sabe igualmente que Bernabé, cuando residía en León en 1844 y
principios del año siguiente, era contertulio —con José María Valle y otros
centroamericanistas— de doña Bernarda Sarmiento Darío, la tía abuela de Rubén,
en su casa de Las Cuatro Esquinas, en la Calle Real. Muchos años después, el
propio poeta describiría esas tradicionales reuniones presididas por doña
Bernarda, y en las que Somoza había lucido su buen trato y su amena
conversación: “Por las noches —escribe Darío— había tertulia en la puerta de la
calle, una calle mal empedrada de redondos y puntiagudos cantos. Llegaban
hombres de política y se hablaba de revoluciones. La señora me acariciaba en su
regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados. Pasaba el vendedor de
arena… Me iba deslizando. Quedaba dormido, sobre el ruedo de la maternal falda,
como un gozquejo” (Autobiografía, c. 2). Ortega Arancibia, por su parte, luego
de mencionar a Bernabé y demás concurrentes, destaca la categoría de aquellas
veladas: “La casa en que había esta tertulia, no sólo servía de recreo, sino
también de centro político. La dueña era señora de talento y estaba en contacto
con el pueblo y con las personas del mundo político”
podría decirse que la leyenda negra, en Squier, George
Ephraim “Nicaragua sus gentes costumbres y Paisajes” es consciente de si misma.
Así, hablando del asalto de Somoza a la ciudad de Rivas, aquel viajero escribe:
“Según los relatos que de su acción oímos, la ciudad entera fue incendiada y
sus habitantes asesinados inmisericordemente, sin respeto a edad ni sexo. Tales
noticias, sin embargo, así como las referentes al número de sus secuaces,
resultaron ser burdas exageraciones…” (p. 84). La leyenda dorada, por el
contrario, parece contar con el auxilio del arrebato y la fantasía del escritor,
inspirado por el demonio de la aventura, en beneficio de su estilo literario.
Porque el mito genuino de Bernabé Somoza tampoco sirve de alegato histórico en
pro de aquel rebelde; pero sí como contraste del espíritu creador de nuestro
pueblo y, desde luego, del valor de aquello que no ha enriquecido dicho mito, y
que se usó para despoetizarlo, atribuyéndole los caracteres de un mito en
absoluto negativo. Esto equivale a traicionar la obra de la conciencia mágica
popular, es decir, a burlar por sistema esa misma conciencia, con el mero
artificio (“deus ex machina”) de aquella propaganda que maneja las imágenes
públicas o los códigos propios del inconsciente colectivo.
Squier sigue, en cambio, otro camino: el de arrimar el
de Somoza —aunque tiznado, a veces, de leyenda negra— a las míticas y
románticas estampas caballerescas del español universal, según las cuales lo
mismo el bandolero que el mendigo tienen porte de señor.
Pero
si ahora se preguntase al típico nicaragüense qué opina acerca de Bernabé
Somoza, empezaría respondiendo con esta inevitable exclamación: ¡Ah, “Siete
Pañuelos”!
Mitos de la Historia
“Siete Pañuelos”, ¿Mito de Bernabé
Somoza?
Eduardo Zepeda-Henríquez
*Mitología
Nicaragüense. Managua, Editorial Manolo Morales, 1989; 2ª edición, Academia de
Geografía
e Historia de Nicaragua, 2003.
Recopilado
por: Dr. Humberto José González Suárez
San
Francisco, California, EE.UU.
1999-2004
Lela8@comcast.net
).


No hay comentarios:
Publicar un comentario