Mi Tierra: Istmo de
Encanto
Agustín Lacayo Vanegas
Mi Tierra:
Istmo de Encanto
Titulo: Mi tierra: Istmo de Encanto
Autor: Agustín Lacayo Vanegas
Cuidado de la edición: Armando Vélez Astacio
Ilustración de portada e interiores: Elizabeth
Tijerino Santeliz
Fotografias: Elizabeth Tijerino Santeliz
Fotografia de Alejandra Isabela : Agustín Lacayo
Vanegas
Diagramación: Roberto Rojas
Diseño de portada: Roberto Rojas
Derechos reservados. El contenido de esta obra está
protegido por todos los derechos de conformidad con la legislación nacional e
internacional de la materia. No se permite la reproducción total o parcial de
la presente obra sin la autorización
escrita del autor.
DEDICATORIA
A Thelma que me has acompañado en el camino de mi tercera
edad.
Queridos Padres: Héctor Regino Lacayo Hurtado, Chepita
Vanegas Abarca, que Dios los guarde en su paz, gracias, ustedes fueron el árbol
de mi vida, el hilo de mi sangre. Se fundieron en un solo tronco, robusto, con
raíces y crecieron por cerca de 70 años, juntos, felices.
Sus flores: Soledad, Ana Eugenia, Regina José y María
Asunción que está con ustedes en el reino de Dios. Los frutos: Héctor José,
Adolfo Augusto, Edgard José, Álvaro Antonio y yo, Agustín de Jesús, gracias
hermanos, son ramas grandes, unidas y troncos se hicieron.
A mis hijos
Felipe
Arguello Carazo (Q.E.P.D.) - Rina Auxiliadora Lacayo Dorn, Agustín Lacayo Dorn,
José Bismarck
Tapia - María Soledad Lacayo Dorn, Rodolfo Lacayo Dorn, Juan
Mauricio Lacayo Loyman - Vanesa Zambrana, Jamal Irías - Cecilia Beatriz Lacayo
Loyman, Palti Alvarado Cerna - María Alejandra Lacayo Briones
Mis nietos,
Lucía Argüello Lacayo, Felipe Argüello Lacayo, Gabriel
Argüello Lacayo, Agustín Argüello Lacayo, Danielle Lacayo, Ana Alejandra Tapia
Lacayo, Gabriela Tapia Lacayo, José Bismark Tapia Lacayo, Mauricio Lacayo
Zambrana, Sara Vanesa Lacayo Zambrana, Alejandra Isabella Alvarado Lacayo.
AGRADECIMIENTOS
Ante todo agradezco a
Dios, mi creador.
Al
Grupo Pellas por su apoyo importantísimo.
Agradezco
al poeta Fernando Silva Espinoza por haber elaborado en forma excepcional el
prólogo que acompaña este libro.
Al
poeta Leonel Lacayo Maliaño, Presidente de la
Directiva
del Movimiento Artístico Cultural Álvaro Urtecho (M.A.C.A.U.) y a los
escritores Armando Vélez y Elizabeth Tijerino con ellos tuve el gusto de
compartir sus generosos aportes literarios, y diseño del proyecto.
A
mi hermano Héctor Lacayo Vanegas por ayudarme a cumplir este sueño.
PRÓLOGO
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E |
sta es una prosa confeccionada,
creada y llena de gracia literaria que Don Agustín de Jesús elabora con
reconocida intimidad.
De paso notamos, en
lo general las cualidades de una prosa llana, clara y hermosa; el trabajo
literario desde un comienzo acierta dando una idea general de lo que es el
costumbrismo y el valor notable y principalísimo de nuestra época colonial.
Desde el comienzo en
lo que se refiere a COPLAS Y BOMBAS, UN ARGOT OLVIDADO, subraya la manera como
en la población de Rivas y en todo lo que es la Cruz y el Guanacaste ejerce un
gran valor el recuerdo de las dichosas coplas y bombas usadas popularmente. Esto
tiene de particular que uno nota la inspiración del pueblo, inspiración
natural, por ejemplo algunas coplas verdaderamente poéticas como: ¨El amor y la
muerte son cosas fuertes y para el mal que hoy acaba, no es remedio el de
mañana¨; ¨Oigan mujeres, se los digo por su bien, pongan el pie en el estribo
para que no las deje el tren¨.
Estas coplas todavía
en nuestra época aunque muy esporádicamente se usan, pero en la mente del
pueblo están vivas y siempre con la misma gracia.
Otra cosa que es
interesante señalar está la capacidad de Don Agustín de Jesús de tocar el tema
de ¨El Lago, su istmo, islas y volcanes¨ con una idea curiosa de un
conocimiento aplicado a la naturaleza y sus transformaciones, incluyendo la
maravilla de su conocimiento ecológico y poético sobre la isla de Ometepe y
todo el Istian señalando también con gran inteligencia y conocimiento geológico
las transformaciones de la naturaleza, las erupciones de los volcanes, la forma
de cómo nacen los atributos bellos de la naturaleza de una colisión de vientos
y de fuego .
No queda de fuera el
fenómeno de la sequía, la tristeza de los campos arrasados y apegados al dicho
tan popular de ¨San Isidro labrador pon el agua y quita el sol¨, luego trabaja
con la dulzura de las quebradas y las características de algunos personajes
particulares de la zona como El Garañón Retinto.
En lo que se refiere
a La caza del venado que lo adhiere a un invierno fiel cosechero y lugareño así
como otros animales de la naturaleza como cuajipales y lagartos nombrando las
cualidades de los cazadores y su ojo avisor.
Luego, la obra se
refiere a su propio barrio con sus cualidades, sus recuerdos bellos de niño, de
juventud y hasta la dulzura que puede significar un aullido de coyote.
Es de esperarse que
un rivense que ama su istmo y sus misterios como es el istmo de Rivas que goza
de la dicha de Dios de contar en su paisaje con La Mar Dulce y la grandeza del
océano salado.
No podía quedar por
fuera la obra de teatro del rivense Alberto Ordoñez Argüello (q.e.p.d) la Novia
de Tola, con su inteligente e interesante argumento.
Finalizando como
glosario una lista interesantísima de un vocabulario donde escoge con sabiduría
términos náhuatl, mangue y otros idiomas que prevalecieron en todo el curso
formativo del istmo de Rivas, con expresiones propias del vulgo que es muy
importante tomar en cuenta porque determina las características de las personas
y la misma forma de vivir.
De esta forma podemos hacer a vuelo de pájaros
y grandes rasgos una apreciación de esta admirable prosa de Don Agustín de
Jesús, agregando desde nuestra propia manera de apreciar y de pensar lo que es
la obra literaria en sí que con estos escritos califica en primera línea
contando siempre con la gracia, la maestría y la hermosura con una prosa que
simplemente puede calificarse como muy bien hecha, como es en realidad la obra
¨MI TIERRA: ISTMO DE ENCANTO¨ de Don Agustín de Jesús Lacayo Vanegas.
Fernando Silva Espinoza
Prosa
histórica y costumbrista de la época colonial
I
Costumbrismo y desarrollo en la época colonial
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E |
l istmo se
recuperaba de la conmoción odiosa, que generó la persecución, matanza y
esclavitud
del aborigen. La villa vibraba en la plenitud del siglo XVI,
dos siglos marcados por las encomiendas de inhumana explotación y los tributos
ahogantes castigados dentro de una cosmopolitizacion feudal: ejidos y cofradías
de usufructo monopólico y derechos limitados de los indios.
América se desgarraba por la crueldad y caminaba dejando
atrás el despotismo. Era un continente buscando con clamor su propia identidad,
en las sombras oscuras de una dependencia política cambiante, en donde el istmo
sorteaba su destino en medio de reales ordenanzas e intendencias con uso y
abuso de su realidad.
El mestizaje
crecía al unísono con un nuevo modelaje, aun la introducción del ganado no daba
base a la transformación, su venta no era libre y su silvestrización se
producía en las llanuras rivenses y crecían a lo largo del reventar de las olas
en el entorno al lago, en donde por su influencia se fueron formando nuevos
pueblos, nuevos finqueros cubriendo primero los llanos con aceitillales y
humedales llenos de camalotes y después buscaron las cimas más secas, más
profundas. Ese fue el estar, el nacimiento del campista nicaragüense que emerge
en la época del cuerear y ya el ganado silvestre con el potro chúcaro amansado
por el mestizo es lazado por los sabaneros y sus cueros y tasajos salados
entran en comercialización.
Senderos
diferentes tenía la cristianización, un folklore nuevo influía anteponiéndose
al ritmo embriagante de la danza y el desarrollo se afianzaba, curas y ermitas
nuevas en la villa de la Purísima Concepción de Rivas, un santo en cada pueblo
y las fiestas patronales y la determinancia
del cultivo en los fundos del cacao y del añil, ya las cortes de la rancias
noblezas se tiñen con el índigo añil y
en las tardes por las pasarelas, calles, parques y salones cortesanos, los
nobles se paseaban elegantes con algodones teñidos de añil y en las tardes se
reunían selectos de las clases altas para tomar en tazas con panecillos en
escudillas de porcelana oriental, del chocolate caliente endulzado con mieles
silvestres.
El añil y el
cacao fueron los primeros rubros agrícolas de la villa de la Purísima
Concepción de Rivas eran exportados. Este negocio solamente manejado por
españoles duró casi dos siglos y permitió el desarrollo de otros centros
poblacionales en la Rivas actual. Nace El Obraje, hoy Belén, con gran fuerza
Potosí, Rivas y otros conformaban un eje y se incrementaba una migración de
nuevas familias, una oleada de gente sin cabida en contraposición de los reyes,
eran descendientes de los perseguidos judíos sefarditas, familias que
coadyuvaron en desarrollo integral y que poblaron campiñas y ciudades, muchas
emigraron hacia otros lugares y sus descendientes están en Centroamérica. En
Nicaragua se esparcieron y se hicieron naturales, trajeron consigo costumbres
visionarias, diferentes al de los conquistadores e hicieron propio este
entorno.
La población crecía, el cultivo mejoraba,
el trabajo visionaba y nace el salario por el día de trabajo, el honorario y la
fajina, el mes y la quincena, surgen los capataces, los mandadores, mayordomos
al son de los odiosos comendadores y crean el impuesto, los diezmos, la
limosna, el pago del derecho y se emana el deseo de poseer un derecho
incipiente del uso de la tierra.
Fue
una época en que los letrados y escribanos leían y hacían las cartas a los
hombres de sociedad. Pantalones bombachos, botas de cuero de venado curtidas
con cáscaras de nancite y nacascolos, enaguas al tobillo, corseses tallados y
blusas cubriendo el pescuezo, todas enribetadas.
Fue el tiempo de los
zancos y de los papelotes, que elevaban las familias con el viento en los
veranos que evidenciaban cruzar la lontananza para viajar a la España, una
nostalgia, un recuerdo espiritual
después de un viaje sin retorno.
Un tiempo donde
las esposas tenían que ser vírgenes con jalencias, en las salas vigilados por
abuelos aguzados bajo la luz de candiles y candelas encendidas, compromisos y
pedidos de la mano, esponsales y de viudas vestidas de negro para siempre,
rogando en las iglesias. Los entierros de los distinguidos viajando a los
cementerios se hacían en lujosas berlinas y carrozas maqueadas en negro, altas,
fúnebres, jaladas por cuatro caballos negros de raza mora, con anteojos y
carruaje de cuero negros, cochero con látigo y saco color de entierros, con
sombrero de copa singular.
El chilcagre y los bigotes
grandes a los lados, los hombres abrían y cerraban los portones y zaguanes para
charlar en las esquinas y las familias sentadas en las tardes en las aceras y
otros, vestidos con saco, sombrero y bastón caminaban por las calles
polvorientas y los abuelos, cabeza del patriarcado usaban chilillo y el
rebenque e imponían el castigo y decían “no montas a caballo , no vas en
carreta al lago” y los abuelos se ponían en la nariz el rapé importado para
calmar el olor de los escusados. Los poblados crecían desordenados, enormes
patios baldíos amojonados con piedras y piñuelas, zanjas y albañales drenando a
las calles y sumideros y los barrios se iban determinando por el árbol, la
esquina, etc.
Y va naciendo la Nicaraguanidad
Fue una etapa de
la historia estoica para unos con pobreza, recolectando a veces raíces y frutos
de cacao, plátano silvestre, jícaro sabanero, fruta de árboles caseros y otros
desayunaban con natilla, mantequilla lavada, requesón y la leche hervida con
café endulzado con miel casera y rapadura pedaceada, horneada en la casa, la
miel de abeja del jicote casero guindado en una galera en el patio trasero, el
chilero hecho por la cocinera con elotes y mimbres tiernos, cebolla, maduros y
el vinagre filtrado de guineo de maduro cuadrado. El lomo de costilla asado con
brasa de leña y chocolate por las tardes y los monólogos de los viejos hablando
entorno de la lluvia, el viento, el caballo de paso, la vaquilla preñada, la
vaca parida, el potrillo y el tiempo consumía el día y la bacinica debajo de la
cama, alfombra a la orilla, el lavatorio de mármol con trastes de porcelana,
camas y camastros de cuero crudo, estiradas, tensadas, petates y totolates en
los cuartos y gallineros y los pozos con un mecate y balde.
En las casas solariegas siempre había un
chiquero para engordar el chancho navideño, el cumpleañero, chompipes, gallinas
y el establo para el caballo del viaje mañanero; ceniza palmeada aguada para
moldear el fogonero, la casa encalada y pintada en las salas con carburo usado
de las lámparas guindadas, hisopos de cabuya colgado en los traspatios y los
avisperos en los nísperos colgando. Los viejos comían entre manteles vestidos
de traje entero y los baberos dentro de las camisas almidonadas. Las mujeres
atendiendo para dedicarse haciendo velas, jabón casero, ropa cocida, el tejido
del mantel, la funda y la chalina y la ropa de cama olorosa de alcanfor, y los
nacatamales y el mondongo popeaban en los calderos. Los niños, los viejos, la
nigua, el piojo, la liendre conviviendo, las pulgas y las camisas de cuellos
altos almidonadas de los señorones patriarcas, ahumadas por el puro y raídas
por el golpe de la pieza enjabonada en la piedra laja, dura de lavar, para
luego de ser oreadas y secadas. Se alistaban calentando planchas en las brasas
del cocinero, rociadas con almidón de yuca aguado.
Las
casas construidas de adobe y calicanto, embarradas de lodo en el taquezal,
entejadas, con piedras y losetas de barro enladrilladas, turecas y tragaluces,
techos a dos aguas encontrados, con tirantes y vigas de madera labrada acabadas
a lo colonial y en las iglesias y casonas con patios centrales, con corredores
colgaban enmarcados santos y retablos de litografía europea y óleos con escenas
de pasión, óvalos piadosos llenos de misericordia de Dios y en los nichos, en
los rincones de las paredes gruesas, estaban los santos de maderas pintados a
color y vestidos de algodón.
Nuevos bienes y
servicios reclaman el progresar de una sociedad más justa, más digna, más
propia y particular. Hay influencias, comparaciones, una energía nueva para la
vivencia, para producir, la superación se va multiplicando, jóvenes y mestizos
presionaban dentro del carácter patriarcal heredado. Nace el concepto de tecnicismo,
ronda la vocación de producir y el empirismo feudal al natural va dando paso a un
costumbrismo que enriquece; añil, cacao
y ganado van trasformando las campiñas aunque pocas sirven de ejemplo, de guía
y se nutren con los viajes transcontinentales y nacen otras actividades y el
idioma día a día no solo se
transforma en España sino que se nutre, se alimenta con el argot
de lo que se vive en América.
En todas las etapas se vivió bajo una
influencia clerical, un costumbrismo real religioso que determino en esencia la
vida social. La autoridad moral única la impulsó la influencia de un
cristianismo monárquico clerical supeditado a la discreción del cura de turno.
Luego esto se desaparece cuando se transforma el contexto laico y nace el
Estado republicano.
En gran parte de
la conquista y la colonia coetáneamente coinciden con un feudalismo que muere
desgastado. Paralelo hay efectos colaterales con la generación de guerras
civiles, cae el comercio del añil, surge con auge el cacao y la ganadería se multiplica
surgiendo, avanzando para compartir espacios cimeros.
El tecnicismo, la
vocación de producir más generalizada, el concepto del desarrollo integrándose
al nuevo vivir y se vive una época de mayor oportunidad, se instalan trapiches,
más tarde ingenios, se usa más el transporte en carretas, se mejoran caminos en
las alamedas que adornaban y protegían el añil, al cacao y crece lo urbano, la
gente combina vivencia rural con la ciudad, y crece también la superstición
indígena, apartada, sancionada y se entremezcla en los corazones endurecidos
por la hostilidad polarizada en la colonia, que engrandeció a unos y relegó a
otros, guegues y consejes, mestizos, indios, esclavos.
El poder de pocos
cobijados con el manto de Jesús, curas y españoles apoyados, productores
vendiendo al reinado, cofradías y títulos indígenas bajo el usufructo ajeno,
clase media ausente y se caminaba en la conquista y colonización. Poco a poco
los abuelos fueron dejando de recordar lo pasado. El tiempo ayudó al olvido, el
mestizaje se producía y con la emancipación se encontró la identidad, fue
naciendo como un chote en los corazones, la nacionalidad.
II Coplas y bombas, un argot olvidado
Las coplas y los
dichos como parte de un folklore regionalizado en las campiñas y valles
rivenses, creemos que surgieron como sonidos en los caminos, en el andar
post-colonial. Nacen en lo rural y se cuentan en el tiempo en la vivencia
urbana que crecía. Quizás algunos fueron recogidos del hablar del colonizador y
del modismo náhuatl, que en sus costumbres los usó, pero una inmensa mayoría
nacen en el trajín bajo la influencia de la diversidad de los paisajes rivenses
que junto con la actividad ganadera y lo hípico, les inspiraban.
Todos
los dichos y las coplas que la historia y el vulgo permitieron que nos
llegaran, son expresiones poéticas surgidas de esa vivencia, cantos y decires,
que actuaron como remansos y bohíos, ayudando al descansar. Propician alegría,
con las coplas hubo sonrisas, distracción y permitió que se ocultaran la dureza
y la vicisitud formándose el vínculo cobijado con el sosiego de la familia en
la unión del pueblo.
Esta forma de accionar en el encuentro de la amistad,
inspiró que la imaginación intuitiva del istmeño se convirtiera en el lazo, que
a manera de moda unió a la población de Rivas, con La Cruz y todo El
Guanacaste.
Así comienzan los
dichos y las coplas, fueron forjadas en la paciencia de los viajes, en la
relación del ambiente, en el vínculo familiar. Un hablar propio a veces con el
toque de la burla y el desdén, despecho y arrogancia, honor, mérito, una
reflexión y mesura, un folclore robado a la poesía del campo, adornada de
metáforas, rimas y sentido del humor, que como borbollón brotó del pueblo y
llegó a ser un fin común y popular.
Costumbrismo
La
provincia de Rivas en las postrimerías del siglo XVI gozaba de un inicio desarrollador, y con ello
fue naciendo una vida rural y social, que perduró con altibajos en el siglo XVII
y que se hizo más evidente en el XVIII.
Una región con cacao, añil y el ganado que se mejoraba aun siendo parte
del silvestrizado. Empezaron los trapiches y la caña como un foco iluminando a
la agro-industrialización.
Un lugar de tránsito, el comercio del tasajo salado y el
grupo de ganados en pie hacia Costa Rica. Una región istmeña alargada que
incluía el Guanacaste como parte nacional y que distaba varios días de camino
saliendo de Rivas hasta pasar más allá de Liberia.
El istmo recibió
múltiples migraciones. Familias llegadas de ultramar y de Centroamérica. Aquí
llegó el judío sefardita separado de la antigua España. También, llegó el
esclavo de origen africano y todo eso permitió que la provincia tuviese una
diversidad de costumbres, razas y llegase a habitar más de un tercio de la
población nacional. Se convirtió en una región cosmopolita.
Fueron tiempos
con visos desarrolladores, con una orientación agropecuaria definiéndose y de
viajes largos, tediosos y cansados. Todos se movían a la vuelta de las ruedas
toscas de las carretas, con el andar lento de los bueyes. Los hombres viajaban
al paso de las mulas y los caballos y en los arreos, el arriero viajaba a pie
con sus caites, su tajona “toteando” a las manadas. Llevaban en sus hombros,
colgadas, las alforjas con hamacas, los rejos de cabuyas y de crin, sus
morrales y cutachas fajadas al cinto.
Era
un vivir entre relinchos y balidos de corrales y potreros, un viajar entre la
brisa del lago y los zumbidos del mar y se fue creando una vocación ganadera.
Un costumbrismo bajo el influjo del quehacer cotidiano en una constante
prospección y aprendizaje. Ser ganadero y hacendado en esa época representaba
un prestigio, una meta, una realización con orgullo.
El Sainete
Las coplas y las
bombas se sucedían en toda reunión, en las fiestas del acontecer social y en
los chinamos de las barreras de toros. Por años, fue el toque proclive al reír,
un distintivo de la ocurrencia, un decir, el zangoloteo bailable, pariente de
la zarzuela, en donde se alterna la declamación con el canto y la música de
viento, la de cuerda, el bombón y el rataplán del tambor y a grito partido
entre el ritmo del “punto guanacasteco”
popularizado en la antigua Rivas, se escuchaba: ¡Bomba!
La pitoreta sonaba y
alguien sacando pecho con arrogancia decía: “la mujer que yo tenía, la tiene mi compañero y el placer que me ha
quedado es que yo la tuve primero”. Una dama desde el centro contesta: “Hombre casado ni frito, ni asado”. De
inmediato un mocete pide bomba: “en
amores de mujeres y rencuras de perros no hay que creer”. Empujan a otro de
barba cerrada y sonriendo dice: “la
mujer y la mula son de la misma opinión, se le corren al tigre, para que las
cace el león”.
La
música está al ritmo del punto guanacasteco, hay barullo y las parejas bailaban
en la parsimonia del ritmo y el que cantaba decía “tata Chico tocaba la viola y su novia movía la cola”.
De pronto un
sombrero es lanzado en el suelo, una dama con gracia zapatea alrededor de él y
un prospecto de “semilleya” sin
quitarse las espuelas y con un torzal en las manos grita: “Mujer chiquita y mula baya, abran la puerta para que se vayan”. Oí
vos fulana lo que éste, con esa copla dice y ella contesta: “ay déjalo niña, que él, come sal en mi
mano”. Los gritos siguen, aquello se transforma en una samotana.
El Baile
Llegaban más
familias a la fiesta y los músicos tocaban celaje y los viejos bailaban con
monótono movimiento. El calor de los tragos y la muchachada con permiso,
ingería un bol suave, chicha con guaro ralo y los grupos medio mareados
bailaban con frenesí.
Unas parejas eran aplaudidas y las otras
le hacían rueda y se oían a unos padres, que con espíritu ganadero animaban y
decían: “a ver mi potranca patee ese
suelo, abajo, arriba” y el otro le decía: “a ver mi potrillo rasque y relinche” y los enamorados aún sin
permiso de jalencias se miraban fijos con una sonrisa el uno al otro y ya
bailaban diferente. Un hombre bien sofocado y con alegría decía: “amarren a sus gallinas que mi gallo anda
suelto”. Y la gente reía y el baile sobaqueado seguía en lo fino y se
tarareaba. De pronto un paisano de los finqueros por el río Los Ahogados, con
euforia contagiante cantaba: “ah,
malaya, que me encontrara contigo en el aposento, la llave se perdiera y el
herrero se haya muerto” y se acerca a una bella de ojos zarcos y le dice
inspirado: “Guapa, sos dulce como la
miel de abeja, /déjame chupar un poquito/ y solo que el mar se seque/ no me
bañaré en sus olas”.
Ella con altivez
contesta: “Esa bomba que me echaste, no
te la puedo contestar, porque soy una pajarita tierna que aún comienza a volar”.
Alguien se mete diciendo: “Las ramas del
tamarindo no se parecen a las del coco, mi mama no quiere que me case, ni yo
tampoco”.
En la otra esquina se cuadra otro con una sen-
tencia: “Ay
hermano, el amor es ciego y tonto. Yo soy pájaro, pájaro cuervo, pájaro que
nunca anida, pájaro que pone el huevo y que otro pájaro lo cuida”.
Cuechando
La alegría de la
fiesta era grande. Los viejones se empezaban a entusiasmar piropeando a las
muchachas. Otro set empezaba y éstas corrían buscando parejas y los enamorados
solo se miraban, ellas con sus vestidos hasta las rodillas, el pudor era algo
sagrado.
Más de alguna abuela chaperona ojeaba. Unos
cantaban y hay un grito: “el que canta, su mal espanta”. Y se oye una voz ronca
que dice: “en de que te vi, te vi tingliado como el gallo a la gallina, como el
ratón al tasajo”. Y se oye, buenas noches, a quien pago mi cuota. De inmediato
una de las solteronas dice —muchachas es Don Juan— y la otra comenta —no es
este el nuevo viudo del pueblo, que bárbaro no aguantó ni los nueve días, cómo
están los hombres ahora— Comentando dice la mayor de todas, —Ay hija, no todo
en la vida es color de rosa, si dicen, que le daba sopa de muñeca a la finada y
es bueno al trago. Ay, así me lo decía mi abuela: “es mejor vestir santos antes
que desvestir picados y malcriados”.
El viejo entendió por las miradas que lo
estaban cuechando y las mujeres cotorras lo veían “con ojos de mosca muerta”.
El les dice: “el amor y la muerte son cosas fuerte y para el mal que hoy acaba,
no es remedio el de mañana”.
Don Juan coge confianza haciéndose el
resentido, se acerca a la mesa donde solo habían solteronas maduras y con voz
suave comenta: “Oigan mujeres, se los digo por su bien, pongan el pie en el
estribo, para que no las deje el tren”. Todas se miraron unas a otras en
suspiro.
Inesperadamente
un borrachín casi se caía y con tono ocurrente vociferaba: “yo bebo por
venganza, el guaro acabó con mi papá y yo hasta que acabe con el guaro”. La gente decía cuando la irá a parar: “otra
vez le cogió las piernas al freno”. Y un sobrio dijo “hasta que se muera”.
Argot ganadero
La música no
paraba, todo mundo sudoroso y un aficionado al ganado grita: “el toro empita a
la vaca y el novillo se retira, pero como el novillo era toro, la vaca también
lo mira” y emocionado no suelta el estribo, y se oía: “échenme ese toro pinto
hijo de la vaca mora para sacarle la suerte delante de esta señora”, mientras
enseñaba una vaqueta de cuero para sortear.
En eso un solterón ya
entrado en edad sin quedarse atrás, pide bomba y con voz tartamuda dice: “mujer
casada, ni frita ni asada”, y una dama le contesta: “los viudos, ni cocidos ni
crudos” entonces él “se quedó helado, bien frío, parecía una nalga de lavandera
en el río”. Otros viejos se alborotan y uno más impulsivo responde: “me gusta
el amor de otros y en mí no lo puedo ver y para mayor placer me gusta la mujer
de otro”, sin parar menciona el nombre de una de las damas sin compañía, la
piropea en público y ella le dice: “no, usted ya es mayor, yo no busco padre y
menos abuelo, ¿Qué, me vio cara de enfermera?”.
El señor asustado le dice: “para el amor no hay edad, el amor no tiene
edad, el corazón no se envejece, el cuero es el que se arruga”.
En ese momento
alguien grita: “al toro bravo a los cuernos” y uno dándoselas de rejego
exclama: “Del toro, la vuelta al cacho, del caballo, la carrera y de la mujer
bonita, las ancas y la pechera”. Intervino una dama y comentó: “Claro por el
ala del sombrero se conoce al ganadero”.
De pronto un joven “a
media asta” con medio litro en la mano, a grito partido dijo: “échenle ropa y
que sude y si es casada que enviude”. Y sin parar dice: “la mujer que relincha
es que ha perdido el derecho y yo soy como el gallo que canta al machucar y
cuando la gallina canta, es que va a poner el huevo y cuando la mujer suspira
es que siente fuego”. Una señora grita queriendo intervenir y él le dice:
“calma, a usted ya se le seco el cuajo”, y ella sin vergüenza le contesta:
“habló el buey pidiendo su yugo”.
La fiesta se había calentado, llegaba al quinto
set de cuatro tocadas, con piezas que el público pedía y algunas se repetían.
El que cantaba con su guitara en la mano decía: “iguana si te corres, no te
trepes al icaco, no vaya a ser que te saquen los huevos por el sobaco...” Piropos
En eso un foráneo,
quizás uno de los rivenses que se afincó en Chontales, se dirige a una hermosa
muchacha que vestía pantalón bombacho con camisa de mangas y vuelos, un
sombrero y sus botas y con voz de admirador le expresa: “desde que te vi venir,
le dije a mi corazón, ay que linda piedrecita para pegarme un trompicón”. Ella
sonríe y le suelta la cuerda. Él se emociona porque era correspondido.
La abuela con un
candil en la mano donde la lámpara de carburo dejaba oscuro, les dice tajante:
“si el candil se apaga, los quiero a los dos aplaudiendo y cantando” y él
seguía con sus piropos: “mi pajarito de escoba, sol de mi vida, al pasar por tu
ventana, me tiraste un limón, el limón me dio en la cara y el zumo en el
corazón”.
De pronto con un
gesto pide la guitarra, la rasca y canta: “pregúntale al manso río si el llanto
mío lo ve correr, / pregúntale al verde prado si no he llorado con el dolor, /
pregúntale a las aves, si es que no saben lo que es amor, / pregúntale a todo
el mundo, si no es profundo mi padecer”.
Otro admirador
oriundo de Granada aparece, era medio ricachón con faja gruesa, botas altas,
pantalón de montar, un fuste en la mano y se pone el sombrero en el pecho
diciendo: “el amor del hombre pobre es como el gallo nano, que quiere alcanzar
y no alcanza en todo un año”. Y el otro responde ya aludido: “mi corazón es un
nido de cantares, en el viven y en el duermen como en su nido las aves”. El
amor lo hacía poeta y el granadino molesto dice: “el que a otra tierra se va a
casar o va engañado o va a engañar”.
En ese instante ella,
besa en la mejilla al chontaleño y la abuela muestra una sonrisa, quizás
queriendo aceptar el gesto cariñoso. Y el otro pretendiente, despechado
expresa: “corazón no seas caballo, aprende a tener vergüenza, / la que te
quiera querela y a la que no, /no le
hagas fuerza”. Copleros
En ese momento la
joven se incorpora y dice bomba, señala al de Granada y le canta: “anoche salí
contigo y lo amaneciste contando, eres como el pajarillo que pica y sale
volando”. Alguien dijo a éste: “Se lo llevaron al miado y al bote”, como en el
juego del trompo.
Mas copleros
intervienen y se oye: “un chivo pegó un berrido y en el aire lo contuvo, hay
chivos que tienen madre, pero éste ni abuela tuvo”. Otro contesta: “hay cielos
enternecidos, chivos a medio pelar, échenme ese chivo viejo que lo quiero
desollar”.
El nuevo set se
demoraba, los músicos bebían y comían. Un viejón ya almareado con vos cortada
casi llorando decía: “subo la loma y bajo la cuesta y tomo la copa que nada me
cuesta, perdónenme si al tomarme este trago yo ofendo pero con la goma pago y
aún me quedan debiendo”.
La música seguía y
uno de cabanga grita, bomba: “cuando la mula recula, es señal de que quiere
patear, recula como la mula la mujer para olvidar”.
Don Juan el viudo que
había llegado tarde, se animó a bailar con otra viuda, los tragos lo habían
montado ligerito en la burra y se le ocurre cantar la siguiente estrofa: “yo
soy un gavilancito, chiquito aprendí a cazar y cuando aprendí a cazar, lo hacía
de varios modos, con la alita distendida cazaba la más lúcida, chiquito aprendí
a cazar”. Y la señora que bailó con él,
comentaba que Juan es una revelación, tócame el pecho, me palpita el corazón.
Un chillón expresa: “las muchachas de ese tiempo son como la flor de caña, Apenas les dicen mi alma, vuelan el churrete
de...”.
Y antes de terminar
el de la pitoreta, anuncian el final del baile. Las damas con un sombrero
inician una colecta para unas horas más y se oye: “la mujer y la mula se
echaron a correr, como el premio era un hombre se lo ganó la mujer”.
De nuevo la música,
un hombre maduro interrumpe y clama: ¨Yo no me caso con viudas y no me caso por
cierto, para no poner las manos donde las puso el muerto”.
El baile en lo fino y
una madre con un niño en sus brazos le decía: “Dormite mi niño cabeza de ayote, si no te dormís te come el coyote”.
Ella estaba afuera de
la fiesta y el marido adentro con otros gritaban y llovían trompadas. Algunas
mujeres lloraban con niños medio dormidos, los caballos resoplaban, las abuelas
decían: “maldito el guaro y él que lo inventó”. Y una voz fuerte femenina se
oye desde adentro: “bien, le dijo la mula al freno, aquí se quebró la taza, el vaso está lleno,
todo mundo a su casa”. Todavía un penco
le dijo: “si será violín, si será violón, /si estará doncella doña Encarnación”.
En ese momento otro
busca pleito a la abuela le dice: “en boca cerrada no entra mosca”, y otro agrega: “esto es cosa de hombres”.
Ella arenga: “este clavo no lo saco yo, que lo saque él que lo zampó”, y uno se
arisca y a grito dice: “machete estate en tu vaina”.
Se fueron montando en
sus caballos con niños chineados, mujeres a la polca y un hasta mañana. Alguien
dijo, “echémonos el del estribo”. La mama de uno de ellos decía: “vos no, estás
hasta el copete”.
Y por allá se oyó:
“La mujer de jeta caída, es floja de la grupera”. No, decía el otro: “mujer
alta y yegua grande, ande o no ande, esta buena”.
Una suegra le dice a
la hija, yo me opuse a tu relación, acordate cuando te dije: “gallina que come
huevo, ni que le quemen el pico”. Si mamá yo le aguanto por mis hijos y el
yerno oyendo desde larguito dice: “usted métase con su marido, ella es mi
mujer” y la jalaba de las trenzas.
A la par una señora
toda empiricuetada, jalaba a su viejo hacia el caballo y él decía resignado:
“maldito el patio donde la gallina canta y el gallo escucha”.
De pronto se ve la
sombra de un señor que en tono indispuesto decía: “Brinca la lima, brinca el
limón toda yegua quiere Garañón”, era la voz de Don Juan. Un rato después los
gritos se oían largo y la señora con el marido gritaba: “ve a tu lado, ve tu
ganado, él que come montado, cuida el ganado”. Voces populares
Había unas carretas
donde algunas familias en grupo habían llegado y uno de los guías chuceaba los bueyes y mientras la
carreta rodaba, con un candil sobre yugo alumbraba el trillo, él cantaba con
voz de desvelo y a ritmo popular decía: “De las ramas del paraíso, se forman
las almorranas, que fellas son las iguanas amarradas del hocico, por allá
chilla un mico cuando le jalan el rabo y ahí respinga un macho, con sus carga
de petates. Un cenzontle canta al amanecer del día, hay que hermosa rabadilla
tiene la Mercedes Luna, la cosecha de acetuna, se comienzan en febrero,
berridos pega un ternero cuando la falta a su mamada, más detrás va la venada
con su par de venaditos...”
Así siguieron el
camino y todos fueron llegando a su destino. Al aclarar el día amanecieron callados, una goma moral y una de
las suegras decía: “claro, el guaro es muy hombre”. Y la mujer agrega: “andas
como un macho en bajada, con la baticola chollada” y él con la cara fruncida
decía por favor cállate, esa tragueada “me cayó como patada de mula”. Te lo
dije, si es cierto amor, pero: “ni las mulas meten las patas dos veces en el
mismo hoyo”.
Estos son los últimos
tragos míos, lo decís: “para taparle el ojo al macho”, no mujer: “cuando yo
digo que la mula es parda, es porque tengo los pelos en los dedos”. Ella dice,
“los hombres tienen más mañas que un macho de carga”. La suegra se burla:
“Chirringa, chirringa la burra chinga”, Otro dice: “ay van a ver los cuentos en
el barrio” y el concluye: “oigo la voz como un zumbido, que me cosquillella el
oído”. Nuevas coplas
Pasaba el tiempo, más
fiestas, más viajes y nuevas fincas ganaderas surgían. El eco en el istmo se
oía el “too too too” del arriero llevando ganados al sur y en los caminos el
polvo seguía el andar de los finqueros en sus caballos de ambladura y las
coplas con las bombas continuaban oyéndose, nacían otras nuevas y el
costumbrismo se proyectó formando parte de la rutina que envolvió a la
tradición ganadera.
Prosa Ecológica
III
Nace el lago con su istmo, islas y
volcanes.
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D |
e nuevo en los siglos de pocas referencias, de las grandes
transformaciones evolutivas y en las épocas de fuegos con las fuerzas de los
volcanes y sus estallidos, que hicieron agitarse a los seres en parte creados.
Fue una resonancia en
lo apacible de los tiempos, que se localizó entre los ya formados dos océanos,
en un rincón profundo donde el fuego y el magma efervecía, que era cautivo por
la corteza terrestre. Debieron ser millones de megatones los que propiciaron
una serie de desplomes gigantescos en sus estallidos. Quizás decenas de
volcanes en una frecuencia de muchos años y se producían los hundimientos
sucesivos, en una extensión alargada en su superficie, vibrante, desmoronada y
fue naciendo la oquedad de enorme magnitud, en los suelos de la hoy, Nicaragua.
Es así que un lago empieza a nacer y los
estruendos se perdían en la fosa profunda de la tierra. El ruido se sumergía en
lo hondo la materia se estremecía trepidante en terremoto y el sonido ocupaba
el abismo que en cada ronquido el fuego brotaba y era expulsado. El agua debió
brotar siglos en lo candente, hasta enfriarse y permitir vida. Pasarían muchos
siglos, tal vez milenios y el lago se fue profundizando con las vertientes y
nuevos estallidos nacieron los ríos con sus cuencas, las entradas chorreaban,
las lluvias y la enorme fosa con sus cavernas cortadas se ampliaba se anegaba y
fluían las aguas, las montañas se regeneraban, los trópicos, las olas y las
costas fueron modelando.
Surge la propia fauna
del lago y se formaba la flora costera. Un proceso de agua, enfriamiento en el
fuego y la vida. Paulatinamente se fue haciendo un lugar de aves y puerto de la
migraciones de las viajeras que unen América, seres anfibios y peces, la vida
brota en un solo lago de agua dulce, extenso, que cubría los llanos con
arcillas hasta donde topa el Amerrisque y sus olas circundaban, quizás en
Laguna de Perlas y en otro extremo sus costas saludaban las brisas del
Momotombo y el Mombacho, abarcando las tierras bajas hacia el norte, en las
cercanías de occidente y en el sur bañaba casi el litoral del mar Pacífico,
cubriendo también los llanos arcillosos que bordean la meseta y la cordillera.
Poco a poco el lago
permeaba las brisas oceánicas del Atlántico y el Pacífico, se constituía en un
sistema amortiguante, un corredor biológico uniendo a la América y conjugando
los intercambios de los trópicos húmedo y seco.
El proceso de las
erupciones en los miles de años continuaba. El mundo cedía en su violencia
hacia lo apacible y más fuegos se liberaban de la corteza. Nuevos volcanes con
otras erupciones en la cadena sucesivas, en fila, en la prolongación de la
cordillera de los Andes y se producen explosiones y sus cenizas, lavas, piedras
y otros detritos, iban levantando un relieve hasta formar el hoy istmo de
Rivas. Afloran las islas de Ometepe, Zapatera, las isletas, el Nancital,
Solentiname y más, que adornan a los lagos Cocibolca y Xolotlán.
La furia ígnea
continuaba. Lo candente y el desenlace de las escaladas sísmicas, activaron
fallas geológicas y se desplazaban las placas. Mas fuego en lo profundo y en el
istmo de Rivas las superficies se comprimen y las sierras con sus picos y sus
lomas, se irguieron separadas del mar. Los cúmulos depositados se acrecientan,
los volcanes de la cadena de fuego desde el Poas en el sur, posiblemente hasta
el Momotombo se activan de seguro otros más en las cercanías cooperan con su
furia aumentando los estallidos.
Para entonces el
lago, uno solo que incluía a los actuales Cocibolca y Xolotlán, empezó a drenar
el océano Atlántico. La lámina del agua, en su perfil disminuye por las fugas y
rupturas. Pierde volumen y baja notablemente su altura. Hay afluentes que
cambian de curso, buscan rumbo hacia las olas y los vientos. Se mueven
golpeantes en las costas nuevas, liberan tierra antes inundada y en las bajuras
costeras, con la eventualidad nacen los humedales, que son soportes y se forma
el desaguadero.
El agua va rompiendo
entre las selvas, la humedad camina penetrando las hendijas porosas, el lecho
amplio, desparramado, el cauce con raudales y pasadas entre montañas, faldas,
estrechos y saltos, se va uniendo el lago con el mar Atlántico.
Debieron ser siglos
para que la multiplicación de las especies, permitiera su adaptación y
selección. Es posible que unos desovaran en lo dulce y otros peces migraban a
las aguas profundas del mar pero, unos mamíferos como el manatí, el
ornitorrinco, con las nutrias hicieron del lago su estar. Saurios, iguanas,
cuajipal y el lagarto negro en las ramerías de las bocanas y en los arenales
ponían. De nuevo el temblor, fuego y la erupción. Los roces cual onda viajaban
debajo de las aguas y en sus estructuras los cienes de abismos y poco a poco el
lago inmenso, uno solo se divide en dos. El más pequeño, Xolotlán drena en el
otro y corre por un ombligo en un curso nuevo llamado Tipitapa, que se forma al
resaltar el suelo con el volumen menor y las vertientes se separan.
El lago más grande se
hace más profundo y
se alarga hacia el Atlántico en la ruta del trópico húmedo,
logrando más lluvia. Fluye en la corriente y los bajos inundando, alimentando
el humedal como complemento de su caudal y las aguas con sus correntadas
hicieron camino. Las selvas se abrían sin cesar
y se formaba el desaguadero y los otros
ríos que por el desnivel bajaban de las montañas. El lago disminuye,
otra vez, su volumen mengua. Las islas con los islotes resaltan en las costas
se constituyen otros accidentes. Nacen bahías, penínsulas, puntas, bocanas y el
caudal del desaguadero corre silencioso, ancho, hondo, yendo por contornos
serpenteante. Se aligera en los raudales y en el desnivel, atraviesa montañas y
cañadas, se emplaya en las planicies bajas de los humedales y sigue raudo por
bocanas al océano Atlántico, por el rio San Juan y entre gargantas con la
música de los pájaros y el silbido de los bambúes, entre las florestas
embejucadas de las orillas pastos flotando, el agua truena en la depresión
raudalosa y se calma tranquila arremansada en su ruta, alimentando al mar.
El océano agradecido
lo presa con sus olas, flujos y reflujos, que son los intercambios en el
proceso de vida y así el agua de la cuenca del pacífico que se derrama desde
occidente y en la región norte que soporta el lago Xolotlán con sus
escorrentillas y el rio Viejo y luego unidas con las del Cocibolca, recorren,
tardan pero llegan uniendo a los océanos. Paisajes, tumbos, aves volando y
bruñendo y en el recorrido se van
evidenciando numerosos cambios rápidos y variados en el clima, que
caracterizan lo tropical en sus fenómenos bióticos y en su riqueza natural de
pesca y presencia de anfibios.
La cadena de volcanes dio en los tiempos, la
vivencia con sus estallidos a los dos lagos. Ambos son y fueron linderos del
fuego y del temblor. El eco de las explosiones se disipó en la lontananza de
los mares, chocó con las sierras la luz de los fuegos, entre el corcoveo del
istmo, todo forma parte de ese entorno de la vivencia en el nacimiento de esos
lagos que hoy susurran con los pájaros y el viento.
Son hechos
estampados en la maravilla de
Ometepetl, en los archipiélagos, en otras islas e islotes,
que guardan debajo de las aguas no solo el proceso de la vida sino los
recovecos y su contorno donde nadan y viven sus seres. Los volcanes sembrados
en el centro saludados en lo eterno por la sonrisa blanca de las espumas
reventando y entre planadas cimas y respaldos con sus umbrales y cicatrices por
el paso de las lavas chorreadas, el puntal vigilante de las brumas, hace
barrera a los vientos y las nubes se
posan, cubriéndolo como cobijas mojadas por el vendaval en los inviernos
y luego el valle, la sierra y el mar se humedecen, vivificantes.
En medio de ambos volcanes, en la silueta por
donde baja el Istian, los trópicos, el seco y el húmedo se saludan y ejercen su
influencia, con sus vestigios conjugan la riqueza en las islas, tierra firme,
en humedales circundantes, donde nadan los aborígenes de los vivientes y las
aguas se besan en ósmosis, en Charco Verde, Ñocarime y tantos otros más. Ahí
viven los lagartos y el cuajipal, milenarios, estáticos en su evolución con sus
corronchas, fauces y colmillos, cazan como dormidos, son desafiantes,
implacables, matan y comen y vuelven a esperar flotantes. Es el cangrejo de
agua dulce, rojo con tenazas y coraza, viviente en las piedras y caminante en
las noches de luna llena y con los truenos corren en la oscuridad. El pez
Gaspar raro, antiguo, acorazado, las tortugas Ñoca y la tapadera dibujada en su
caparazón, una vive comiendo en el humedal y pone en costas arenosas entre los
matorrales y la otra pequeña, que se entierra en lodo simulando hibernar.
Son los saurios y reptiles primitivos
y el tiburón del mar que irrumpe por el río en compañía del pez espada y llegan
al lago subiendo las aguas con el sábalo real, que igual transita. El guapote,
las dos mojarras negra y roja y las guabinas llenas de espinas y los otros, que
se nutren entre las lechuguillas y el
zacatal, que flotan en las orillas y en los fangos del lago y están también en
las bocanas de sus ríos, formando un ambiente de verdes rastreros, flotantes.
Arriba en los cielos
las garzas blancas vuelan para anidar en Astagalpa, el cono del volcán y sus faldas, la llama, la ceniza les marca la
ruta, les indica el camino a sus nidos. Son los patos aguja negros nadadores y
los chanchos con sus ronquidos y es el cuecuello de las ranas en su singular
cortejo cazando zancudos y zallules los que le dan sonido al humedal y alegran
las tardecitas y las noches, cuando los grillos chillan todos en una cadena en
un incesante revoltijo van y vienen en los montes, por las aguas de los ríos y
las aves se acicalan en los vientos y se miran en el espejo cristalino. Duermen
en los inmensos higuerones y javillos, centenarios, churreteados de los guanos,
pelean entre la bulla y la brisa, mientras el lago canea con las olas en
ristras plateadas, envejecido, esperando el fuego del volcán activo.
Y aparece el hombre en la faz de la tierra.
Soportaba el tiempo la última de las eras en las etapas geológicas. Empieza a
caminar sin itinerario por el planeta. Miles de años después multiplicado,
pulula, vaga y recolecta su alimento. Viaja como un mudo, quizás sin serlo,
pero sigue los rumbos entre los sonidos de la flora y la fauna, los del
desastre en el cataclismo de la furia natural, la amenaza de las fieras y el
fuego. Por un rato se olvida que fue creado por Dios y su sombra con el miedo
lo impulsa a razonar y levanta sus ojos al cielo suplicante, en busca de su
Dios.
Por el istmo en el lago y en las
islas, el hombre primitivo de la América, el poblador en lo antiquísimo, vivió
y gozo de su conquista. Fueron tribus variadas, diferentes razas con idiomas o
sin ellos y usaron el arpón con la lanza, cuchillos y anzuelos, en busca de
peces y cazaban en cayucos. En la tierra usaron flechas, lanzaron piedras
certeras, fueron apacibles en su estar hicieron de estos campos su edén y
también fueron bravos guerreros en defensa de lo suyo.
Más tarde en los siglos, cuando hubo mayor
actividad en la antropología del hombre y la vivencia dejó la nomasidad y los
pueblos vocabularizaban sus idiomas, hubo un sentido en la vida de mas
esperanza y posesión y otras tribus se aglutinaron en el istmo, copando el
valle, islas, el lago y las sierras. Floreció pionera una actividad nueva,
dimensionada. Maíz y cacao símbolos agrícolas. Ya el hombre no dependía
enteramente de lo que la floresta le daba y producía: frijol, yuca, camote y
otros, con una visión diferente se explotó y comercializó el oro estableciendo
un mercado regional entre México y Nican-atl-hua y Perú. Había dirigencia y
estado, con normas primarias de conducta y producción, se poseía la tierra con
regulación, la sociedad se amalgamaba en clases sociales y bajo tres diferentes
conceptos. Consejo de ancianos, cacicazgo y la religión bajo un estado teocrático.
El entorno fue camino
uniendo a múltiples tribus. Un sitio de encuentros, de dominio de pueblos
florecientes comparables en su época en la vivencia indigenista.
La raza de los
Nicaragua, azteca de sangre, la última llegada al istmo de Rivas, copó las
islas, costas y el valle. Erigió pueblos con arraigo y confederación. Le llamó
Tierra Prometida y el retumbo del volcán, el fuego y el temblor les conmovieron
y dueños fueron. Forjaron mitos y leyendas. Con su lengua enriquecieron otros
idiomas indígenas y más tarde en la conquista lo hicieron con el Castellano.
Ellos conocieron todo
el lago y el significado de su océano. Comercializaron entre el Pacifico y el
Atlántico, que para ellos fue un canal para su comercio y expansión. Los
surcaban entre Coatlcapolca y el desaguadero. Quizás por Bahía de Salinas
costeados llegaban a Perú y casi se unían navegando, utilizando las aguas del
Río Acetuno hasta llegar al Ostayo en su desembocadura al lago.
Hoy la raza es tumba.
Su idioma desconoci-
do. Sus restos los tapa el lago y sus leyendas, es la ceniza
caída que se fue amontonando. Ellos fueron parte del aborigen llegado, que en
barro, piedra y oro tallaron su grandeza. Nos dejaron escritos sus
jeroglíficos, aseverando que fueron los originales, que constituyeron la nación
Náhuatl, Nicaragua.
IV El sitio de los vivientes nahuas
Entorno
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L |
a frescura de las tardes, el cielo gris, perfumes de las
flores silvestres y el olor a humus en los campos con malinches, heliotropos y
los penachos verdes sobresalían en las montañas
oscuras, tupidas, una brisa suave movía los ramajes en los bosques y la
llovizna humedecía las hojas con gotas, evaporándose.
Los cacaos
sembrados en el valle, sanos, robustos y entre las matas salían altas las
huabas y los maderos, donde brincaban las ardillas cenizas y vivían los
pájaros. En el suelo la hojarasca densa, por la muda de las hojas doradas,
caducas, desprendidas y los árboles con las mazorcas asidas a los tallos en
contorno hacia los lados, erectas, fijas, suspendidas como clavadas y en las
ramas, bellotas nuevas emergiendo de las yemas, entre las axilas. Bromelias,
parásitas cogidas por el musgo, guareciendo hormigas bravas, picadoras, que se
nutrían del mucílago dulce, cual miel. Clorofila, savia ascendiendo y la enfrutesencia,
pincelando verde y marrón, adornando con cosechas a los cacaotales.
El sol se
ladeaba incierto, opaco por las nubes, escondiendo los barrancos de las cimas
en los cerros, entre huecos claros sembrados de maíz; parecían que trepaban
vigorosos en las laderas. El lago espejeaba cristalino y los oleajes que canean
la superficie, encolochando con listones en siluetas veloces y seguidas de las
espumas reventando, dormían con el viento. La playa dulce estaba callada, un
cristal arremansado salpicado por las gotas de la lluvia, que hacían ver
chichotes dispersos y luego se desvanecían.
Se oía el aleteo y el
graznar de las garzas que al alba levantan desde antaño de Astagalpa donde
anidan, que emprendían su regreso. Seguían la altivez de los volcanes, abrían
sus alas hacía el cono, olían la ceniza, se orientaban por el fuego y los patos
chanchos pobladores ancianos del lago, con su canto en ronquido congregaban las
bandadas al atardecer, para volar rasantes el Cocibolca y posar en los troncos
flotando en las bocanas de los ríos y en sus lechos desparramados en los bajos,
donde ondean verdes el sontol y el garnalote, anidan los cuajipales y lagartos,
nadaban los manatíes, medran los guapotes y llegan sábalos y hay islotes con
javíllos gigantescos, donde al dormir en ellos los patos, el guano cae
chirre. La luz del astro rey se
desvanece ocultándose en los confines y el atardecer silencioso del sol gastado
borrando la sombra de los geníceros, arrancando los paisajes y dando paso a la
tiniebla, que cubre como manto, cuando se desprende rápido del cielo.
Los cangrejos
deambulantes entre las piedras bañadas por el agua, caminaban locos en lo
oscuro, esperaban luna llena, los coyotes lloraban viendo al cielo, aullando
empapados y los dioses en piedra imaginados, estaban viejos por las injurias
del tiempo con sus poros taponeados de cenizas y la tierra humedecida por las
lluvias. Los petroglifos zoomorfos y las ollas funerarias laceradas por los
soles, fracturadas eran mudos testigos enterrados del retumbo, del temblor, el
viento, de la tierra, del transitar de Kiribisis, Chorotegas y Nicaraguas, en
las islas, en Sintiope camino de mazorcas, en el istmo y en el lago.
Dormían los
manatíes, perros de agua cazaban ágiles, búhos se oían, reía a carcajada la
naturaleza con sus ecos, la sinfonía de los ruiseñores se confundía con los
ruidos de los grillos y chicharras, posábanse los colibríes aleteando en el
aire con sus picos largos, chupando las flores y el símbolo de los machos se
imponía, ponían los lagartos negros en los varazones y rameríos acumulados,
donde entran los ríos y se cortan los esteros y los piches, las gallinitas
playeras con sus patas zancudas, palmeadas, bulliciosas nadaban y los rugidos
de los tigres y los leones precedían al grito ronco, largo, hoo hoo de los
congos peligrando, rompían en las costas, la apacibilidad del lago.
Vivencias
Las ranchas
sencillas, rústicas, monótonas de dos agua, escondidas entre el verdor
sombreante de los palos y frutales, llenos de niñas parecidos, chirizos, como
marimbas y en los cocineros colgando encontiladas las guardatinajas en cacaste,
recibiendo el humo del fogón. Pavones sancochados, restos de cusucos ya comidos
tirados a los lados de los molenderos, quijadas de jabalíes regadas y
amontonadas, espinas de pescado en el piso a la orilla de los troncos de
sentarse, guapotes y sábalos salados recibiendo el sereno de la noche y el sol
del día, conservándose revueltos con los tasajos relajados del venado, danto...
colgando de los bejucos de un horcón al palo.
Tortillas y güirilas en los comales, tamal pizque, yoltamal, los elotes y
chilotes... y las mujeres cociendo atol, pozol, preparando la chicha
inseparable de su vida, el tiste guardado en los calabazos bocones y el pinolillo
con la mazorca decorada del licor del cacao, sal, pimienta, achiote... metidos
en las bateas covadas, donde las asoleaban, azafrán, culantro, yerbabuena, la
medicina vegetal, valeriana, zacate de limón… en los patios del vecindario
creciendo bajo las sombras altas y dentro de los ranchos todos de zacate y
palos amarrados, estaban los camastros suspendidos de bambú rajado y las
esterillas del tule, un solo aposento en promiscuidad hombres, mujeres, niños,
suegras y trastes; cada hogar con su piedra de moler de tres patas y su mano de
piedra circular que simbolizaron por siglos su identidad teogónica con el maíz.
Molenderos llenos de comales, jícaras, cumbas
y huacales colgando en los jicareros hechos de ramas del palo del cachito,
molinillos y tinajas, pailas, comaleras de madera, el fogón en cuatro piedras
en una esquina en el suelo, los peroles frijoleros, el anacome para el
sancocho, la hoja chigüe para fregar, niños corriendo, jugando con las pelotas
redondeadas de hule hilvanado, tiernos chineados en una mano enganchados al
cuadril, panzones, desnudos, chirizos, pegados a la teta y la madre con la otra
mano, comaleando, tostando maíz con el cacao y batiendo pozol... y las abuelas
rascando los granos de los niños, poniendo la trementina en los pechos, sacando
las niguas de los pies y matando con las uñas las liendres y con calma,
buscando el rayo de luz, en la sombra iban peinando las cabelleras, se paraban
uno a uno los pelos y retiraban cada uno de los piojos y untaban aceite natural
y entrenzaban a las mujeres sus largas, lisas y lacias cabelleras, sin callar
tejían temprano sus redes, hacían collares, moldeaban el barro y lo cocían en
hornos hechos en la tierra.
Viaje de caza y pesca
El tumulto de la gente echando al lago, los
pipantes, sus rústicas redes y los arpones, mujeres despidiendo a los remeros
en la costa, alistando calabazos, huacales, cumbas y el pinol, bajo la luz de
la luna llena que salía, penetrando el silencio de la madrugada y se divisaba
rogada, entre nubarrones oscuros, proyectándose apenas en la lámina del agua,
plateándola con destellos y allá en el extremo de lo opaco, rayos y truenos. El
caminar de otros en la arena en-busca de tortugas, cusucos y cangrejos.
La costa alborotada con rayones en húmedo por el arrastre de
los botes, los gritos en nahuatl agudos, la toma de la chicha de madrugada y
los viajeros con el tuco de tortilla rellena doblada, fría, llenando las bocas,
masticando.
La caza del venado en el maizal, haciendo
daño, el arranque de raíces comestibles, el achiote para pasta, los espeques
hundiendo semillas, la corta de mazorcas de cacao, la tapizca, la papaya dorada
para rallar y los marañones colorados y amarillos, brillantes, tersos, el nido
de la pava, el castreo de la mariola con miel, el ponedero rascadera de la iguana negra, los chillidos de los
tiernos gateando en la costa y las muchachas entrenzadas con mecate de guineo,
llevando el agua en las tinajas, para cocer el maíz con la nesquiza, para la
piedra de moler.
Las tortillas
echadas para el viaje salían calientes, infladas de los comales unas encima de
otras en manojos y los hombres salían remando fuerte, ligeros y se alejaban
entre lo claroscuro, surcando buenos pescaderos, pernoctaban en chozas de
parientes y amigos, vivientes en las islas de Ometepe, Zapatera, Solentiname.
El día se les iba remando y tirando redes, con huacales achicaban los botes que
hacían agua y con pedernal hacían fuegos, rajaban los pescados, los limpiaban,
tasajeados los salaban y en sancochos los comían, a dos carrillos, tragando y
sacando por un lado de la boca, las espinas a la vez, comían rápido atorados
con guineos cocidos y raíces en sancochos, los frijoles en bala, metiéndose a
dos manos el alimento.
Los arenales en
las costas, valles y montañas en el istmo repletos de vida estaban, miles de
tortugas paslama ponían en natural libertad, restos de caparazones y cacastes
escondidos entre los espinos y papaturrales blancos de chirrión y los morados,
cardumen sobre las olas saltando en el mar, iguanas y garrobos trepados, asidos
con sus garras de los guanacastones y en los madres higuerones asoleándose, con
sus toscas cabezas pescuezonas, encrestadas, levantando, mapachines y zorros
nocheros cazadores, lechuzas volando en lo oscuro, gavilanes y querques,
comiendo los despojos dejados por los hombres y los arrastrados lejos por los
tigres deambulantes en las montañas, chanchos de monte caretos y jabalíes por
manadas, pájaros multicolores llevando música a los ambientes y los alcaravanes
corriendo ligero, cantando por las llanerías.
Los indios
conocían rumbos, ensenadas, islotes, pedregales cangrejeros, picaderos de
guapotes, correderos de los sábalos, bocanas tortugueras y el desaguadero. Se orientaban
arriba-abajo, con el nacimiento y puesta del sol. Las bandadas de patos reales
les mostraba recto el viaje da las costas, los chocoyos y las loras se
enrumbaban a los llanos chontaleños y ponían en las profundidades del
Amerrisque, las garzas daban rumbo isleño y el viento y su chiflido, los
llevaba costeros de regreso y detrás a sus espaldas en la popa, el Río San
Juan, que raudaloso desagua al mar, escurriéndose, inundando las bajuras de los
valles sumergidos y pasa silencioso, sereno, en medio de montañas y sus lechos
permiten que suban tiburones, migrantes escualos, milenarios.
Las canoas
fondeadas en remansos y a la deriva con las olas en las corrientes y en el
vaivén celoso que marea y las flechas pasaban en un zas los lomos y cabezas de
los peces y las lanzas y arpones arrojados, herían certeros los pescuezos y las
panzas de lagartos descuidados, pasando por sus cuerpos alargados y flotando
atravesados. Pescaban con anzuelos hechizos, con barbasco machacando el bejuco
en agua y lo echaban en las bocanas taponeadas de los ríos y refundíanse
prensando con dos dedos la punta de la nariz y del fondo sin respirar de las
pozas hondas desde el plan, levantaban los guapotes, las guabinas, las anguilas
y mojarras. Dejaban en la costa fondeados sus pipantes y sus cachivaches
escondidos tapados con hojarasca, unos cuidaban y oreaban sus pescados, pelaban
los cueros y los otros se internaban en la mañana tupida de la selva y se
remontaban en los centros de la montaña dejando señales, cortaban y arrancaban
bejucos útiles, largos aprehendidos en las copas y tallos de los árboles y en
rollitos los traían, fruteaban en las huacas y cortaban papaturros, quebraban
coyoles y sacaban las bolitas, comían el palmito, cocían la fruta del pijibaye
y huellando, cazaban el perico ligero, el danto con la trampa, el venado cola
blanca y venado cabro cacho lezna montañero, el hormiguero, los pizotes solos y
de manada, los cachorros de la tigra herida por las flechas pasconeada, el
jabalí plantado en la cañada que mordía los troncos de los palos donde estaban
encaramados los flecheros, la boa gruesa, las lapas rojas y las verdes robadas
de los nidos, en los palos altos, secos del comenegro, del cedro prendido de
parásitas y hormigas, picoteado por los pájaros carpinteros sacando gusanos,
los tucanes picones de todos colores que llamaban el pacarma , el perezoso de
la cucala, los monitos quitados a la mona ahorcada, los caracoles recogidos en
las vegas de los ríos montañeros, las semillas de colores para el collar del
hijo... todo se utilizaba.
Regreso
La pesca y la
caza eran buenas, abundantes, variadas, entretenidas y cansadas, era la
monotonía laborante de siglos de subsistencia del hombre americano y
satisfechos alistaban su viaje de regreso en una madrugada. Botes, cargados
calando bajo, casi tocando los bordes con el agua y regresaban remando suave,
montados en los colochos de las olas en cruzada, venían entre las jaulas de
varas secas donde guardaban los pájaros, las crías de las pavas cogidas en los
montes en carrera, amontonados entre los cueros secos enrollados, las iguanas
verdes y las tortugas y el cusuco, amarrados en las patas, los unos con los
nervios blancos de sus dedos y el otro empalado por las patas y su lomo, líos
de pescados secos oliscos, envueltos en las hojas soasada del guineo caribeño.
Traían arcos
nuevos, hechos de la cáscara dura negra del pijibaye arqueados con bejucos de
hombre grande, fisgas rectas, duras, penetrantes de güiscoyol, resinas en
jicaritos con trementina, bálsamo, hule en leche, untos de culebras y cusuco
como medicinal. Hojas, cáscaras, frutos, para los brujos, huecos secos
descarnados, dientes de lagartos, tigres, jabalíes guindaban de sus pechos y...
la sonrisa a carcajadas por el júbilo, salía de sus gargantas sedientas de
chicha, entre las narices argolladas, la boca chintana y las caras de desvelo,
tatuadas.
Los güises en los nísperos y los jocotes
cantaban en el pueblo, las familias en las costas en un solo huere huere en
náhuatl. Los hombres arribaban bajo la caricia de la lluvia persistente y los
pichones animales cogidos pedían alimento. El golpe de las olas empujaba a los
pipantes y los hombres con el agua a la rodilla halaban y halaban, veían y
gritaban a la costa, buscando a sus familias, y se oía el gritar feliz de las
mujeres, que acarreaban y el ruido de las freideras con manteca de los chanchos
de monte, los guineos popeaban cociéndose y las mojarras frescas cocinándose y
los niños cogidos a las piernas de sus padres, sonriendo, aprendiendo, dando
afecto.
El machismo de los cazadores, contando en la
aldea sus proezas, hablaban juntos en alaridos gesticulando emocionados los más
nuevos. Bebían la chicha jícara a jícara y embriagados, dormían al abrigo de
los cielos. Brujos pintorresqueados agradecían a los dioses por la pesca y
cacería, los rituales en los templos empezaban, la sangre regaba, untaba las
caras de las piedras y alguien... moría, se bailaba con caretas, bebían,
comían.
Alistaban de nuevo sus aperos, esperaban la
señal de los astros, una luna llena, el arco iris, los truenos..., igual como
lo hacían sus abuelos en los lustros. Taponeaban rajaduras con el hule,
reponían canaletes quebrados, hacían botes nuevos y con calma, sin prisa,
machacaban torciendo en hilos la majagua y las redes nuevas, las mujeres y
niños las hacían. Todo era al natural, sólo los fuertes vivían. Agua, viento,
bosques, lluvias, animales, sol, luna, las olas del mar, el paisaje, el sitio
de la caza, el lugar de la pesca, la chicha, el retumbar del volcán...
Estoicismo
Hoy el eco de esas
voces, está mudo. El vaivén de los pipantes cargados, navegando no es paisaje.
El lago lo surcan con motores, se perdieron en el tiempo las redes de burillos,
las flechas no silban yendo certeras, las lanzas y los arpones no se clavan
hiriendo a los tigres, a los lagartos... y los pipantes con remos guachapeados
moldeados con el filo del pedernal, no existen. Las bandadas de patos y las
garzas dando rumbos han menguado, son pocas, desaparecen... los lagartos y
manatíes son curiosidades raras del pasado. Nadie sale de Ometepe, el Istián,
Astagalpa, Moyogalpa, la Galpa, Nahualapa... con una luna llena y se enrumba
con tortillas en manojo, remando cayucos, sentados en las lanzas y cobijados
con su cuero y los tatuajes.
Esos vivientes milenarios sembraron, cazaron y
pescaron, fueron autóctonos del istmo de los Nicaraguas, amaron a su lago. A
ellos los mataron, herrados y cristianos los vendieron, desaparecieron como la
flora y la fauna que se extingue, como las olas en el lago que se forman,
corren, revientan, blanquean y desaparecen como la espuma, las mata el viento.
Su raza nos dio el nombre: Nicaragua y su historia enterrada surca aún el lago,
su viejo aguayalo, está en las entrañas de las islas, guardacostas y riberas en
el istmo y la grandeza de ese pueblo se unió a la majestuosidad del lago. Nada
al amparo de las olas, flota con el aire filtrado como un chorro en el Istián,
ríe con la brisa del verano, carcajea en el remolino del huracán, llora su
crimen con la lluvia del invierno. El eco de su espíritu viajó con un viento y
fue a chocar con las cavernas y cañadas de los volcanes. Está en el rayo y el
trueno, en las lunas llenas y tiernas, en el cráter y se asentó en la tierra
prometida, que buscaron por siglos en la América. Vive en charco verde, teñida
con la clorofila de la lama y en la corteza, confundida en las islas, revuelta
con la arena, agua y fuego. La sabiduría milenaria, reencarnó en el cacique, se
hizo manantial y la fuerza de su estoicismo de guerreros, convive con las
brumas y el eco del retumbo, en la cúspide del Concepción y... los muertos...
viven con la luz.
V La muerte del corozal
|
C |
orozal de palmeras silvestres, racimos dorados colgando a
los lados, dieron el nombre al Corozal. Poblado isleño que fue creciendo entre
faldas empinadas y chorreaderos del volcán Maderas. Igual que otros, nació
entre los parajes y paisajes tropicales forjando su entorno desarrollador con
un acontecer sencillo y campestre, bajo las sombras de las nubes y el eco de la
vivencia natural rutilando entre las faldas, brisas y el frescor con el sonido
del canto de los pájaros, el balido de los ganados, el trajinar agrícola y su
lago. Lluvias, vientos, viajes surcando entre el oleaje de las aguas del
Cocibolca, que ondea con reventazones contorneando y en el cerro firme que se
yergue inmóvil de frente con majestuosidad universal.
Octubre tres… un día
triste, aterrador. Cuatro octubres antes de que el siglo XX se fuera, el Mar
Dulce tranquilo, el Istián cubierto con brumas y los dos colosos erguidos,
levantados, juntos, separados con sus cimas cobijadas por la tempestad y el
cielo oscuro, acolchonado, empedrado blanco y negro, cargando energía y agua,
inspirando miedo.
Un volcán activo
agarrado de las entrañas de la tierra, inmerso en lava y fuego. El otro
asentado, poblado, asido en las profundidades, amarrado con lava apagado, que
duerme hace siglos, muestra cráteres que vibran cuando su hermano retumba. Agua
en el fondo de su laguna, que nació después de sus ronquidos en los milenios,
ondeando entre los farallones rodeados de bosques tupidos y bejucos, que crecen
colgantes, guindados, enmarañados.
El Maderas con sus
bosques íntegros trepando desde el lago, coposos árboles y sus animales, fue
testigo del transitar del hombre primitivo por la América, milenios atrás se
liberó de la violencia ígnea. Sus cárcavas se hicieron con su estallido y la
erupción. Su cono puntal, quizás con la arena fundida y los peñascos volaron
lejos, formando con las de otros colosos, la franja que los separa con el mar.
Era el tiempo de que todo temblaba, solo humo espeso cubría la atmósfera,
fuego, lo sobrenatural propiciando vida, la creación originaba formas jugando
con los elementos y fue naciendo el lago con sus cuencas y sus ríos, su isla
con sus volcanes y el Istmo de Rivas costeando con el mar. Los milenios fueron
pasando, la evolución en la mano del creador sin detenerse, sigue modificando y
se fueron levantando superficies nuevas, pliegues, relieves, costas, montañas,
climas y se va uniendo con un brazo estrecho, nuestra América Central.
El silencio de El
Maderas tiene siglos. Sus retumbos hoy son el murmullo del viento viajando
rápido por sus hondonadas y cañadas. Es el sonido del agua cristalina que se
desliza entre las piedras con las corrientes, es el sonido del aleteo de las
aves cruzando fugaces las florestas yendo al nido. Es la sinfonía del siglo XXI
de la naturaleza y el eco del ruidal, silvestre chocando constantemente en sus
acantilados. El cerro es vida, rocío, gota, agua que empapa y aflora
manantiales. Es lodo en los inviernos, arcilla que se hincha con la humedad,
arena que recuerda su explosión y piedras sonoras, que se callaron con la
apacibilidad.
Pero un día… llegó el
hombre y subió con su hacha en los riscos y laderas. Más tarde, sus florestas
vibraron de nuevo con el ruido de las motosierras y sus parajes y sus faunas
sintieron la ida de los árboles, que vencidos, cayeron en el bosque, viajó con sus
flores, sus simientes y sus faunas con la corriente de los aguaceros, sin
detenerse hicieron camino en las cárcavas abiertas deslavadas y el flujo del
torrente de los manantiales vaciados y la lluvia, rompieron los corredores
naturales tapados con madera pudriéndose y el alud buscó con estruendo el rumbo
del lago… Y la noche fue negra para un poblado pintoresco que empezaba a
dormir.
La oscuridad de la
noche se iluminó con los rayos de la tempestad, destellos, tronazones… la llave
del cielo se abrió, llovía y llovía… y el cerro silencioso, cansado se
desprendió de un pedazo de su caparazón por la ausencia de sus bosques y las
raíces podridas agarrando las piedras y los lodos no aguantaron y el alud viajó
veloz saltando en los despeñaderos. Agua, lodo y piedras gigantescas
desprendidas cayeron desde la cima, chocando entre los estruendos y anegaron
con violencia las planicies para yacer dormidas entre los cadáveres.
El coloso aun dormido mató seres, creó re-
lieves y fisuras, sin retumbar, sin fuego, se despertó un
instante reclamando su derecho a la vida y el poblado de nuevo empezará. Será
el nuevo o viejo Corozal, más arriba o más abajo crecerá y las lágrimas por los
muertos y el recuerdo angustioso del alud viajará con nuevas lluvias hacia el
lago y quizás nuevos árboles podrán crecer con nuevas gentes en el lugar de los
muertos y otras raíces penetrarán entre las piedras, otros vientos azotarán las
copas de los árboles y esparcirán cimientes y ojalá que no haya muerte.
VI Ometepe y el istian
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E |
l istmo es
pródigo, con clima cálido estable, tierras fértiles, llanos y montañas. Una
franja pin-
celada de naturaleza, que recrea, vivifica y que se recuerda
al estar lejos. Sueño que el creador adornará con playas azules, que espumean
cantando sonoras en su salado litoral y el chas chas de su mar dulce
cristalino. Dos esplendores que comprimen valles y montañas acariciando su
largo cuerpo, bañando con sus brisas de aire puro y de yodo del mar.
Dos láminas que
espejean abrazando con sus reflejos los campos y florestas, vitalizando con la
energía del sol y que entibia los días, tumbos, olas que chocan incesantes,
reventando blancas, penetrando golpeantes, acariciando las playas, ríos, cual
arterias drenando en las bocanas mansamente y la isla en el Cocibolca con sus
dos volcanes colocados entre planadas que se yerguen como dos prendedores
esmeraldados en relieve, rodeados de plata blanqueando, desde donde la raza
cuida nuestro destino.
Charco Verde es un
sitio isleño, enclavado en las tranquilas playas de Venecia. Una cárcava de
lava profunda. Cráter hondo, que se alarga como un brazo, bañando al lago, y
tocándolo suave, besándose. Se infiltran el uno en el otro, se chupan en
ósmosis en lo interno, entre las arenas y las lavas tapadas. Charco verde es un
embudo lleno de agua, que se acumula sin salida en el verano y rompe
arremansado en el invierno. Es verde su agua por la clorofila de las lamas
ocultas, que la colorea y que crece por el influjo de manantiales tibios por
las emanaciones sulfatadas, que en torrentes como venas emergen de las profundidades y que se escurren
silenciosas por donde El Concepción suspira.
El sol calienta la lámina verdosa,
purificándola, dando vida y la brisa oxigena el reservorio, donde viven
abundantes los guapotes, las mojarras y los lagartos viejos, llenos de lodo
flotan lamosos adormitados y se asolean en las piedras negras, lisas como
campanas volteadas sonoras, con eco en las entrañas. Pastos en la superficie
cubriendo flotantes y las aguas mojan orillando las lechugas lilas que
repollean en el espejo. La costa de Venecia es calma, seca emplayada entre el
lodo revuelto con arenas negras y gruesas y el oleaje muerto golpea suave,
ondeante.
En el otro frente
sobresale una punta de lava costera inserta, alta, cortada, acantilada, que
mira al sur, saludando en días claros los macizos, de las sierras cardeneñas,
que se ven azules a lo lejos, dibujadas. Impresiona el Concepción, se ve alzado
al fondo. Su majestuosidad se adueña del paisaje y taponea el horizonte. Un triángulo
gigantesco apuñaleando con sus cimas, su cono con sus filos la frescura de las
nubes viajeras, cosquillea la blancura de las brumas y aguijonea y la lluvia
cae. Una masa que se yergue en el sol y en la noche con la luna, proyectando
sombras se levanta y cuan do truena humeante es faro, que se avista en la firme
tierra.
Laderas heridas por
cavernas y cañadas, que se precipitan arrecostadas, grises entre el cielo y el
agua, que se lavan por chorreaderos, donde ha bajado el fuego y el Istián
naciendo en el descenso de las planicies, riscos y laderas. Un sitio bello,
ancho, largo en su profundidad panorámica, que desde un bote navegando,
aparenta una isla dividida en tres. Dos cerros cimentados, a los lados, una
inmensidad en la cañada atravesando uniendo el lago al otro lado, que separa a
las dos moles y en el fondo, en lo profundo del agua, hay piedras lanzadas en
los milenios, que suenan vibrantes y sus ondas viajan a la superficie.
El viento cruza por
el galillo del Istián y el lago corcovea, choca bravo en los farallones y en
las lavas de las entrañas y las olas seguidas repuntan, para que el espejo
líquido ondee arremolinando en carcajadas y baile con la fuerza de huracán, al
ritmo de marejadas, movidas por las reventazones silveteantes, que blanquean en
ristras plateadas en las tardes y dan miedo, El lago frente al Istián, es
energía que se pierde en el vaivén y en las oquedades de los tumbos. Nacen
haciendo filas de espumas que corren violentas y desaparecen vanas, cambian y
luego vuelven alimentando el oleaje.
Dos cerros levantados
como barreras gigantescas, un lago empujado por los vientos achiflonados, que
braman en la partidura y luego surcan sin detenerse sobre el agua y llegan a la
tierra firme, hasta chocar con las montañas, salpicando el lago y su silbido
suave arrulla las costas, que se refrescan con las brisas.
Arriba en los cielos los pájaros pasando
decoran y peces abundantes nadan y las casas de los vivientes en las playas de
Venecia, que se posan en los remansos y en las ensenadas, testifican el
paisaje. Por ahí en el Charco Verde y en el Istián, camina Chico Largo. Nace en
las sombras de un pasado, juega entre las espumas, las brumas y el viento.
Penetra con su legendaria vestimenta de lama por el cráter del volcán y sale un
viernes por el Charco Verde cuidando sus paisajes, huyendo con las riquezas que
robó al cacique y descansa con la luna llena.
Imagen en la parte exterior de las paredes de la
Iglesia San Francisco, la leyenda cuenta
que la mirada del indio está dirigida a los altares de la isla de
Ometepe
VII Simientes forestales viajando
La playa agitada,
golpeaba la quilla de la barca que se deslizaba rápido en el lago, hendíase
como un hacha partiendo la tumbazón. Navegaba costeada, la isla a la izquierda
en estribor y un rumbo franco enderezado a San Ramón. Crujía llorosa la madera
y sereno se oía el ruido del motor. Una llovizna mojaba adentro los tablones
blancos, tumbos, vaivén, popeaba el agua y la brisa bañaba las hojas de las
Tecas, los Pochotes y las del Cedro Real, millares de bolsas negras, plásticas,
con plantas apiladas cubrían la bodega y encubierta. Un verdor nuevo viajando,
simientes forestales que recuerdan el viaje largo del “Mango”, traído a Rivas
con la vela y el viento de ultramar. Nubarrones oscuros copaban la cima del
cerro estallado, atrás el de fuego con cielo aclarado imponente cruzado.
Garzas rezagadas volando de Astagalpa hacia el
sur y la lancha “Señora del Lago” seguía bogando rauda, apartando agua y
espuma, con la proa recta divisando al Cocal y en popa se iban borrando los
rastros del surcar que se perdían en la lontananza plateada ondulante del lago.
Paisajes, contornos, costas, manchones de bosques... pasan, monotonía natural
ausente, parajes que recrean, escondites de vida, donde el sentimiento vibra.
Un cerro primero, con cono tapado con fuego dormido esperando cualquier día poder
retumbar. El Arco Iris nace en las planicies, recostado entre las faldas de los
cerros y sus colores proyectados encima del Cocal, un descenso en las planicies
y las dos moles, el chiflido del viento silbante, piedras, tierra, arena, agua
y fuego escondido entre el magma y trepando sobre los riscos y laderas, la
montaña verde, que lentamente muere tratando de envolver al volcán.
El muelle, se avistan
botes, Chico Jarquín y su gente en la playa, miran llegar, marinos abordando y
los mecates se amarran laderos a la lancha. De pronto, la majestuosidad del
Maderas que se yergue entre los farallones, un valle, tacotales ocultan las
pendientes y el volcán bien arriba con cono achatado, peñas acantiladas
descubiertas, chorreaderos que filtran un blanco manantial, que fluye de las
entrañas, saltan entre las brisas y la espuma, resbalándose entre las piedras.
Gotas de lágrimas forman un torrente por donde El Maderas llora su
deforestación. Cañadas y hondonadas sedimentan las planuras, suelo que se pela
con las lluvias y correntadas bajan por donde antes crecieron gigantescos los
árboles muertos y que sus desperdicios, con sus nacencias viajan con las
corrientes para tapar, ocultar el recuerdo de la aboraginilidad.
Ahí se puso la
simiente, árboles nuevos se plantaron y con ello se sembró un porvenir, que
engendrará un nuevo entorno natural a los seres que emigraron muriendo, aves
que volverán volando a sus nuevos nidos, monos y ardillas que tendrán dónde
brincar en ramas nuevas de los árboles que crecerán con nuevas lluvias, y que
otros vientos azotarán sus hojas y esparcirán semillas para que los hijos de
los hijos del cacique descendientes, sonrían entra las nuevas florestas, vivan
y convivan bajo la bondad de la naturaleza, y que remen lanzando sus redes, y
los pájaros en sus nidos y los venados, iguanas y cusucos, revueltos con el
hombre, y las guardatinajas y los zahínos en manadas se crucen en carrera a sus
guaridas.
Un nuevo eco tendrá el retumbo del vecino
activo, los vientos no chocarán tan fuertes levantando la hojarasca muerta, y
la lluvia con sus corrientes no robará el humus de la tierra. El bosque nuevo
irá creciendo al igual que los hijos de los vivientes y el esplendor de las
cañadas se adornarán con el verdor y el rocío de la mañana, y las gotas de la
lluvia en las hojas y en el suelo evaporándose, formarán más nubes, caerán más
lluvias, dormirá tranquilo El Maderas. ¡Oh! Qué mañana.
VIII San isidro labrador
Sequía
|
L |
a sequía sucedió... hace siglos. Fue un evento que
conocieron unos abuelos y que oyeron de otros un suceso que se contaba entre
generaciones. Debió haber sido en los albores de la conquista y el fenómeno
marcó el tiempo. Las fincas, cañales y chagüites quedaban a la orilla de los
pueblos. Rivas emergía como centro, como ciudad.
La villa habitándose
y las calles se ensanchaban. La cosmopolitización evidenciaba un desarrollo con
dos cultivos: cacao y añil. Familias migrantes, indios y mestizos, español y
náhuatl, ídolos tapándose enterrados y la cristianización como mística divina,
influyendo en las remembranzas teogónicas del maíz, idolatría y el manto de
Jesús. Curas llegando y las ermitas se levantaban y los atrios en las iglesias
y en la casa cural se reconocía el desarrollo integral.Pobres y ricos bajo la
autoridad clerical.
Las tranqueras hechas con varas y bambúes
rollizos y las piñuelas en las cercas rústicas estaban al final de los patios y
solares de las casas de talquezal españolizadas y los ranchos de paja en la
vivencia rural del mestizo, del indio; adobe y calicanto en boga y los caseríos
crecían entre los obrajes de añil, cacao, caña, arroz, frijoles, maíz y ganado.
Un incipiente desarrollo en tierras indígenas que cubrían el cacao y el añil;
cofradías afianzándose y hubo títulos otorgados por la corona.
Los caminos
polvorientos a las huertas, suelos sueltos de tierras iguaneras. El caballo
moro traído, criado en los llanos silvestrizados que los nuevos montados
domaban y sus cascos se hundían hasta las ranillas en el polvo y en su andar,
levantaban nubes de tierra en las calles y callejones sombreados por tiernas
alamedas sembrándose y el mango floreando; y la polvareda seguía la andadura de
las bestias y el rechinar de las carretas que salían de Rivas a Los Cerros,
Tola, Popoyuapa, San Jorge, de Belén a Potosí, Buenos Aires, Apataco, La
Puebla, Monte San Juan, Pedregones...
Los mangos en filas
pegaban unos con otros, hileras largas, imponentes, verdor con frutos cuajados
arriba y abajo, ramas gachas, tocaban los suelos con racimos pintos, tiernos,
maduros, que caían y adornaban los lados del túnel verde y los caminos veíanse
tapizados con mangos dispersos entre las hojas secas caídas, el olor a fruta
madura y podrida, la gente mangueando recogían, las familias caminaban de palo
a palo, de ronda a ronda y comían sin cesar el regalado manjar y las guacas de
mangos sazones envueltos en hojas secas de los chagüites y platanillos
silvestres en las cocinas y los chavalos chorreados, caras y ropas
amarillentas, el semillero volado en los patios, mangales nacían con el agua de
los molenderos y el costumbrismo del manguear entre pobres y ricos, pueblo y
sociedad y por doquier las copas verdes como campanarios sobresalían entre los
cacaos y maderos floreando.
La gente en el pueblo
iba y venía en las madrugadas, arreaban las yuntas de bueyes, cargando en sus
yugos arados con punta de fierro y madera. Hombres sudados con cotonas de
mangas tres cuartas, pantalones remangados, sombreros de palmas, gachos,
guiñados al lado, cutachas en la mano y envainadas prendidos del hombro, calzados
con zapatones burros cocidos a mano y clavados arremachados y otros menos
pudientes con sus pies con caites puestos encoyundados. Todos trabajaban cada
quien su media, su cuarto, una tarea de espeque, arado, boleado.
La tierra en las
huertas y todos los campos estaban secos, resecos. Dos inviernos malos
seguidos, matones marchitos, pochotes y ceibos pelados y los de las quebradas
estaban tristes, apachurrados botaban sus hojas. El viento calmado, bochorno y
por las noches las ráfagas venidas del lago penetraban, herían los bosques en
las lomas y cañadas. Nubes en los confines viajaban..., coyotes aullaban cerca
de los caseríos, rondaban los patios y plazuelas; zorros, mapachines y lechuzas
asustaban a las aves dormidas en los palos caseros. El tigre era visto por los
potreros, el león rugía y los sabaneros con perros cuidaban las vacas y crías.
Hormigas y zompopos acarreaban en filas, llevaban hojas a sus madrigueras y los
viejos agricultores y oráculos decían que el invierno entraría con un vendaval.
La luna llena traía agua, había consuelo y los tapachiches con las langostas
saltaban con los chapulines voraces buscando retoños. Taltuzas y comadrejas
parían hambrientas y las iguanas flacas corrían a los huecos, boas con hambre
ratoneaban y palomas llegaban en revuelo, chocoyos en alharaca buscaban comida. Solo hambre
había... y el curita decía: “castigo de Dios”.
En el valle y los
llanos los suelos estaban arados. Dos fierros, los bueyeros le daban hondo y
volteado y los desmontes de siembras nuevas en tacotales y viejos cacaos
estaban quemados. Humo espeso y contil cubrían pegados a los troncos con
cáscara ardían, raíces quemadas, vientos, chispas y los incendios. Las huertas
sembradas con vivos maderos, mangos y tigüilotes contenían el viento y en los
cercos, las ramas bajeras soasadas y los mozos pepenaban con ganchos y bordones
los basurales y los quemaban por montones en las fajinas tarderas. La sequía
seguía... los hatos hasta el lago aguaban, vacas flacas caídas morían, las
chanchas paridas enseñaban costillas con crías chillando, buscaban comida en
los ríos secos y escarbaban con todo y trompillas y la gente por las tardes
buscaban pescado mareño y del lago, cusuco, venado, guardatinaja, tortuga ñoca
y de otros.
Las semillas de las
siembras primeras esperaban guardadas. Trojas, tabancos, zurrones, canoas,
cajones, huacales con maíz indio blanco, la pujagua, el arroz de grano corto
tempranero, el raizora, el frijol chile y el cuarenteño, el bayo, la estaca de
yuca, la cepa de guineo, plátano, el pedazo de quequisque y el siembro frutero.
Almácigos en los patios, zacate de corta, el poste prendedizo... todo esperaba;
ya entraba el invierno y la gente sólo de eso hablaba donde el prestamista, el
cura, el pulpero, en la barbería, el sastre, el zapatero y el estanco... lluvia
y lluvia se quería.
En los pueblos las
mujeres con cántaros en la cabeza llenos de agua de pozos y manantiales, muy al
alba los picadores cavaban más hondo los pozos buenos y las carretas con el
crepúsculo salían con trastes por agua al lago. Todos pedían la lluvia; ganados
y caballos sedientos, ese día todos en la iglesia con el cura rezaban, los
confesionarios llenos, se expiaban pecados de carne, de guaro, y capitales
graves y las beatas con chalinas puestas gritaban llenas de ardor “San Isidro
labrador pon el agua y quita el sol” y en la nave central de la iglesia un
grupo de damas de blanco vestidas, cubrían sus brazos y hasta las rodillas en
coro rezaban las letanías y las campanas tocaban la oración. El murmullo
reverente; con eco se oía en el recinto de Dios de cúpulas altas el sonido
contestante de las voces, el repique del campanario con tañido largo, sonoro
que anunciaba el final.
Todo el pueblo estaba
congregado, feligreses de los barrios, el Alcalde mayor, el ricachón, el pobre,
el profesor letrado, el prestamista... crédulos e incrédulos..., todos
llegaron. Los pasillos llenos hasta el altar mayor, el atrio nutrido, se oía el
cuchicheo entre el ganadero y el agricultor; la vendedora en el mercado y el
destazador apartados en una esquina platicaban, con amenidad el adivino, el
curandero, el que leía las cartas y los jugadores de dados. La costurera
hablaba de la tela, el calero con el acarreador de la arena y el albañil, los
monta toros y amansadores con la vieja dueña de los chinamos y el sabanero con
cueras puestas veía a ratos su caballo alazán amarrado en la esquina. Adentro
había novios sentados juntos cuidados por abuelas chaperonas, familias que
oraban, viudas y solteronas hincadas frente a San Antonio y el cura leía la
epístola y las hijas de María con los escapularios puestos rogaban perdón.
La procesión salía de la iglesia por la tarde.
Era un domingo caliente, el Señor en la cruz era llevado con devoción; fieles,
incienso, monaguillos vestidos con trajes; rosarios y escapularios pendían de
los pescuezos, tintineos de campanitas agudos, llantos, cantos, velas
encendidas en los candelabros guapes tallados en bronce, ruegos, el cura
hablaba en latín y el ladino tímido en español, palabreaba a veces náhuatl,
promesantes con los ojos vendados, gente caminaba de rodillas y la música de
viento con platillos y saxofón, el boom boom sórdido y el rataplán del tambor.
El sacerdote con su sotana puesta, nuevo el dosel púrpura sobre su cabeza. El
palio de plata y los estandartes llevados adelante y en sus manos custodiaba al
Santísimo que iba de calle en calle, la gente y los fieles al pasar con
reverencia se hincaban y recibían la bendición ritual bajo el estallido de las
bombas y los cohetes disparados en las esquinas de las bocacalles con piso de
tierra zanjeadas a los lados, cubiertas de grama, zacate y monte y los
estallidos de la pólvora y el zumbido de los carrizos subían luminosos,
anunciaban la ruta de la procesión. Era el tres de mayo, día de la Cruz y el
acto llegó hasta el Calvario, dio vuelta por la entrada, giró a Monte San Juan
y regresó atardeciendo y las candelas de sebo preparadas en la casa cural
llegaban encendidas, se veían llegar y las plegarias se oían a coro.
Invierno
Ese día, después de
la procesión tronaron los cielos oscuros, relámpagos alumbraron con destellos
los suelos, la rayería dio miedo, el viento cambió peleando los nortes y la
lluvia cayó en la madrugada, las quebradas y los zanjones bramaron, corría el
agua anegando, en remansos arrastraban hojarascas, troncos, palos, ceniza y las
correntadas en las fincas, en las cercas rompieron compuertas, se zafaron los
alambrados y se revolvieron los ganados, se mamaron los terneros y los cauces
se limpiaron, desaguaron hacia el mar, hacia el lago. Se sentía olor a tierra
mojada, caminos y patios lavados quedaron; carretas, caballos y caites marcaban
sus huellas en las calles empapadas, viajaron las semillas a las huertas y los
labriegos alegres se saludaban por los caminos y los mangales agrestes tupidos
movían, limpiaban sus ramas y la lluvia en los caseríos acarició los tejados,
mojó, empapó la paja, alegré jardines y se recogió agua. Se bañó la gente y se
olvidaron los pozos secos y los manantiales cortados.
El viento y sus
remolinos, cocos y palmeras flexibles bailaban y el ilán ilán cubrían el suelo de pétalos blancos y el olor
a los azahares, jazmines olorosos choteaban y las pelusas de los ceibos y de
las balsas inundaban los campos baldíos y las quebradas llorosas, el agua
chorreaba espumosa y la brisa suave movía las flores y el polen viajero posaba
de flor macho a flor hembra; cosechas, frutos y vida continuaban; poco a poco
los jalacates adornaban, los corteses matizaban de amarillo los bosques en
laderas, el maizal verde crecía, la milpa tapiscada, el frijol en vaina y los
heliotropos con sus penachos azotados por el viento dijeron adiós al verano.
Regresó la sonrisa en la naturaleza, el eco
del ruido de los ríos y sus carcajadas; las gotas de lluvia, el canto de las
aves, el ramaje tierno de los árboles con sus retoños. Trepados en lo coposo
oíanse cantar al natural cientos de zorzales dentro del enredado ramaje y sus
polluelos emplumaban en sus nidos con sus picos abiertos comían entre cabeceos
de padre e hijo y abrían sus alas vibrantes aprendían a volar y secaban el
plumaje tierno fuera del nido, sacudiéndose, espulgándose las gotas residuos de
la lluvia celestial y en las montañas el sol alumbra vigoroso, se oían los
machos inquietantes.
Los guanacastones
llenos de urracas vigilantes vocalizaban el paso de Judas: ahí va, ahí va y el
canto sonoro macho del palomo de castilla. El levantar ruidoso de las palomas
alas blancas y las san nicolás, perdices y codornices corrían en los canforros,
el cusuco, el pavón y los ojos de agua afloraban. En el lago las mojarras
pasaban nadando delante del pescador con su atarraya; guapotes picaban en las
pozas los anzuelos que tenían carnadas de mazamorras, chulucas y olominas, el
pescador sacaba el pescado en los esteros de bocanas cerradas que rompían y en
la ciénaga los cuajipales pacientes como dormidos estaban silenciosos en los
tronqueríos que flotaban y los patos agujas ariscos con la gallinita playera se
zambullían en el agua y alzaban el vuelo.
Las nambiras y los
calabazos de los labriegos llenos de agua recogida, tapadas en su boca con
tucos de elotes viejos que colgaban del hombro con los burillos y la alforja
con los morrales y tortillas hermosas echadas de madrugada con maíz nisquezado,
la cuajada, el frijol cocido para la merienda, el pedazo de guineo cuadrado,
pan para dar su puntal, el pinol blanco, el alfeñique, el dulce en tucos sacado
de las tapas de un atado de dulce de rapadura para endulzar el paladar.
En la montaña la
floresta reverdecía. En los zaguanes de las casas, los aperos guindaban y los
hombres enlodados. La zafra, en el trapiche, la miel de purga y los buñuelos y
turrones después de la postrera. El cuatro de octubre en el cordonazo de San
Francisco llovía y llovía y los ríos de nuevo se salieron de madre, hubo arroz
inundado, la espiga buchoneó y las trojas de nuevo se llenaron. Mazorcas
destuzadas y las mujeres, los viejos y niños desgranaron a mano, en cuartillos
y en medios se contaban los granos.
De nuevo cesaron las
lluvias, un nuevo verano de soles calientes, todo yermo, las lenguas de fuego
corrían con el humo por las cañadas, el retumbo del cerro en la isla, los
gallos cantaban al alba arriba del árbol y la nostalgia del invierno otra vez
se tenía.
La gente alistaba los cohetes y bombas, había
procesión, se perdonaban los pecados con la confesión y las golondrinas volaban
encima de la cúpula, colgaban los nidos de las oropéndolas en los grandes
árboles de guayabo silvestre y de nuevo las chanchas chillaban, deambulaban los
perros, buscaban dueños; el olor a las trementinas, bálsamos y canfín en los
pechos de los abuelos esperaban otro invierno. En la barbería, donde el
prestamista, el pulpero, en el estanco se recordaba aquel invierno bueno y el
cura en la misa del domingo hablaba de castigo y las hijas de María oraban “San
Isidro labrador pon el agua y quita el sol”
IX
La Mohosa ya no truena
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S |
iglos estuvo cubierto por densa montaña el cerro
La Mohosa, llena
de árboles coposos y arbustos en oscura maraña. Completa en sus faunas,
fuentes, aves..., que cuidaron con celo las fieras y los primitivos viajeros de
la América, vástagos gigantes, raíces penetrando suelos y cascajos, ramas y
gambas conviviendo entre mariolas, moho, bromelias y orquídeas florecidas
agarradas a las cáscaras rugosas humedecidas, goteando dentro del vivero de
especies, razas y familias guardadas intactas, ocultas por la niebla selva.
La Mohosa fue sitio
consagrado. Leyenda de leyendas costumbristas apegadas en los principios del
primitivo andar humano y de almas que en penas vagaron ignoradas solitarias,
perdidas en el encanto exuberante por donde los kiribisis quizás buscaron a sus
dioses en la brisa, bruma, rayo, trueno, en el azul del mar avistado y en el
tronar de las entrañas y respiraderos de la efervescente fogata del magma de la
tierra. Manantiales azufrados que hierven fluyentes en lo lejos, por donde los
espíritus nahuales con supervisión, ignorancia y miedo, buscaron en vano el
camino a sus volcanes.
Rocío y gotas que
afloran manantiales, niebla suspendida ocultando el verdor en las cañadas, en
ondulantes superficies, el sol en su solsticio con sus rayos calentando la vida
en la floresta, El Salto de la Boa en su quebrada, chorreando ruidosa y la
montaña, sacudíase tronando en la víspera invernal y la lluvia cobijaba con sus
gotas en oscuro celestial, adornando con destellos, mojando sierras, valles y
llanos, hasta ensanchar los caudales de los ríos con la majestuosidad del
aguacero.
La Mohosa, era un
vasto corredor biológico por donde miles de cazadores, desde remotos tiempos
vagaron alimentándose, perdidos persiguiendo con sus flechas, hondas y rifles
guatuceros, las hojas secas en la carrera, tronando. El rastro del huellear,
señalando la ruta del huido y la sed ahogada en los manantiales, niebla vagando
entre lo tupido y los pechos llenándose con la brisa oxigenada y los hombres se
bañaban al natural en las espumas, tocando el plan de la poza en la cascada.
El rocío mañanero, la
monotonía rota con el canto de las aves, el silbido del gavilán, guises
cantando y el chiflido burlón de la urraca confundidos con el murmullo del agua
y se sintieron libres en la vastedad de las florestas en donde el cerro
enseñaba el huellear silvestre de sus faunas y los sitios de sus pochotes y
guapinolares creciendo y las huellas de leones y tigres... Aves cantoras,
nidos, ojos de agua, colorido de flores silvestres y avisperos. El vuelo del
aguilucho ya ido y el ruido de las varazones y el rastro en las suitas caídas,
por donde pasaron hoceando asustadas las manadas de zahinos y los rudos dantos
marcando sus cascos en tropel buscando caracoles en el río.
Algún día se posó en
un acetuno cerca de los guarumos una pava y picoteó las semillas y volaron las
valdivias con los querques y los gavilanes buscando el nido de las loras y las
palomas que rompieron con su pico los huevos y volaron creciendo los pichones.
Cascabeles plantados sonando sus chischiles, ardillas en los nancitales y los
monos negros con los carablancas traviesos y los roncos congos encaramados en
manada congregados comiendo y abajo las cagadas y migas caídas para otros
seres.
La Mohosa, en su
cerro descansaba, el viento silbante con su ritmo la mecía, bailaba la naturaleza,
se oía el aullido del coyote, el quejido de la presa, un comunicar silvestre en
cada especie y la semilla madura y las vainas, viajaban con el viento para
formar nuevas nacencias y el ruido a lo lejos... el mar con olas reventando y
sus confines esperaba el agua de su cerro en los esteros. El aroma del humus de
la tierra, las abejas libando la miel de los corteses amarilleando las laderas,
hembras pariendo libres en carrera y la bruma escondiendo enormes sangregragos,
floreciendo dorados sus chirriones, jiñocuajos, robles y caraos floreando
rosados y el verde mate oscuro interminable de la boscosidad... y por las
tardes el sol viajaba sobre el paisaje gastándose el día con el verdor y las
sombras perdíanse en los genízaros, guanacastes, almendros, carbones, caobas,
higuerones y javillos... hasta perderse la silueta del rumbo de las quebradas y
sus ríos que bajaban y entonces los garrobos negros y los lapos buscaban sus
hoyos en los ganchos de los palos, las parvadas volaban a sus nidos, ranas y
sapos croaban y los felinos silenciosos iban y la montaña hablaba con sonidos
nocturnos de los que se movían silenciosos en la oscuridad de la selva
oscurecida por la niebla.
Humedad, brisa, lluvia y viento y La Mohosa
seguía con su cadena de la vida guarecida... todo continuaba equilibrando las
especies y el sol se levantaba en el Oriente, lluvia, viento, oxigeno, humus de
las hojas cayendo, silencio, tempestad, muerte y nacimiento, vida y energía en
lo profundo, paisajes, monotonía, exuberancia y vida en movimiento y La Mohosa
seguía aún con sus idos, lo kiribisis y nahuales, oscura, fresca en sus alturas
llenas de orquídeas humedecidas y hormigueando con su exuberancia que detenía
el yodo y la sal de la brisa marina y robando agua a las nubes cubiertas de plantas
trepadoras, bosques, fauna y su fuego interno que la hacía tronar.
Hoy su trueno está
ronco, hay silencio en su paisaje seco perdido sin lluvia, hojas secas de
árboles muertos y la montaña se ahogó en la savia de los bosques perdidos. No
hay flores ni semillas que vuelen con los vientos. Las quebradas están secas,
la tierra sedienta, el salto de la boa y los manantiales son siluetas, rastros
de vida perdida, sombras del paso de hombre que vagó en los siglos buscando el rumbo
de las correntadas. La sombra se fugó con la brisa y la niebla y viajaron con
las cenizas de las derribas y las quemas.
El cerro es yermo, hoy crecen cardos
y espinos, no hay caza, ni frutos silvestres, ni guarida y el humus en el manto
de los suelos y los cadáveres de los muertos volaron con el viento en
tolvaneras. Ya el sol viaja al poniente sin su paisaje montañero, sin copas
verdes, sin oxígeno, sólo troncos en los desfiladeros, cauces con piedras
viajando estériles, lenguas de fuego y el mar avergonzado espumea reventando
sin su montaña y sin agua que alimente sus esteros.
¿Volverá La Mohosa o será para siempre devastada?.
X Guacalito de la isla
|
E |
n el entorno del litoral del mar en la geografía de
Rivas se levanta
un ícono de playas y sierras, en donde el turismo mundial accesa en las más
conspicuas edificaciones. Un encanto de naturaleza que se agiganta. En
Guacalito de la Isla con su Náhuatl expresión que simboliza los contornos de
las olas y el ir de los paisajes que ilusionan esa forma de un huacal en
concordancia de su símil en la cárcava del cielo. Pareciera que el creador
formase una poesía envuelta con natura, viento, bahías y el dibujo en siluetas
del reventar espumeante de las aguas, marcando blancas las formas del final de las
mareas, que se ronronean frente a las sierras y sabanas empujadas por los
tumbos en la lontananza ondeante del mar. Así el mar se arrecuesta entre el
ritmo de la brisa, y de la lluvia en la cordillera, haciendo un remanso de las
aguas azuladas donde el tumbo se levanta en la llena y por las tardes, el sol
se va acomodando en el ir del paisaje, calentando las florestas, dando vida y
se hunde luminoso entre los colores de los arreboles del atardecer.
Guacalito de
la Isla y las otras playas adyacentes que se suceden en una armonía entre
puntas cortadas, bahías y penínsulas de arenas blancas y rosadas llenas de
huellas sutiles, por el caminar de los cangrejos y las jaibas, y el sonido del
mar con su bujido hacen una pausa de expresión tranquila y conforman en leguas
y leguas el bullicio de las aves pescadoras que decoran con su aleteo y su
graznar el ambiente cálido de las costas del mar.
Ahí en esos entornos entre salinas,
costas y acantilados la sierra corre en el andar de las aguas y la Mohosa con
sus picos altos es el recuerdo de una montaña que otrora estuvo consolidada por
la nebliselva y en sus suelos corrían libres los que formaban su fauna. Reflexión
Una máxima
antigua indica en sentido de que el abuso que se hace de una cosa, no impide
usarla debidamente.
Y como soñar
es parte de la espiritualidad del hombre, podrá Guacalito de la Isla en un
futuro perfumar con su fantasía en su concepción y pringar con el ímpetu de su
desarrollo a su vecina La Mohosa. Es una esperanza que permitiría crear de
nuevo la montaña para revivir su río con sus pozas y cascadas. Llena de
florestas soportando espacios propios de esos climas al igual como se sucedió
en los milenios y así regresar el fulgor con el sonido sonoro del mar chocando
en la agresticidad de los árboles creciendo y volver a tener el paisaje de los
bosques verdes en donde la nebliselva que desapareció vuelva con la bosquesidad
y se tiendan frente al mar.
Descubrir
las nuevas providencias, hacerlas suyas y apropiarse de esas ideas inmersas en
lo ideal, de prácticas reconocidas y procedimientos forestales y los propios de
los cotos de caza, que hoy están en boga, ante el cambio del clima, eso sería
una ilusión realizada. Si se plantaran montañas para cosechar aguas y los ríos
con sus bosques de galería dispersos en la orilla de sus cauces, correrían
cristalinos abundantes y vendría la frescura para apagar la intensidad del
calor. Entonces los paisajes cubiertos de florestas vibrarán teñidos de verde
esperanza y la flora y fauna creciendo generando una nueva sinfonía en todo ese
corredor y se escuchará el sonido íntimo de la montaña y las aves pescadoras y
las otras tendrán sus casas donde se multipliquen, poniendo sus nidos en las
gambas altas de los genízaros, guanacastes y javillos, propiciando una
interminable consecución de las especies, en una cohesión en la cadena de la
vida, posiblemente la misma que en la Mohosa y sus alrededores se perdió.
Un axioma del vivir, nos dice que
cuando el hombre se atreve a producir cambios en la naturaleza solo puede
hacerlo respetando sus leyes, no se puede vencer sino obedeciéndole. Espero así
podamos caminar entre los senderos de la biodiversidad y podamos detenernos
viendo sorbear venados en El Salto de la Boa y admirar en cruzada la carrera de
un danto o cuando los jabalíes hocen en la vega del rio y podamos sentir el
trémulo por el levantar ruidoso de las palomas, codornices y perdices y
asustarnos con el aleteo pausado de un martín pescador, de un buchón llegando a
su nido y ver entre picos el alimentar de sus crías.
-Que Dios
soporte esto dicho-
XI El salto de la boa en la quebrada
El entorno de la quebrada
La quebrada de la
Mohosa corría cristalina entre farallones, se escurría sobre piedras y cascajos
y en su rivera el follaje denso en galería ayudaba a formar su silueta. Desde
lo alto vertía la corriente, viajaba rápido de la cima, apenas doblaba el musgo
que crecía pasando el raudal. Era un sonido de aguas deslizantes, con la
animación de la bulla de los pájaros y los congos con los monos que aullaban,
el silbido del viento en su viaje en la cañada y en el cauce, un sutil murmullo
en sintonía con la quietud.
La flora verdeante, sus ramas rozándose, un
ruido entre las arboledas que se movían chiflando y las brácteas de las
semillas se abrían explotando, acompañando la armonía y el céfiro que abatía en
la confluencia del mar.
La Mohosa
y su montaña con bejucos y florestas, centenarios y de árboles nuevos
creciendo, flores silvestres en racimos y penachos, laderas, hondonadas y de
pronto el mar en la mirada. Las Salinas, el Pie de Gigante, Popoyo, Arenas
Rosadas, Guacalito…, todos sitios aledaños en la referencia de las leguas, que
hacían una rima sonora en el encanto cautivante de la bruma y la vastedad que
en ella se escondía. Desde la cima la sombra bajaba, sonidos montañeros,
alharaca, un ambiente de piantes, todo se perdía en el aguaje chorreante. Los
saltos y caídas respingando con las espumas en cúmulos un brisar en esa
corriente y el contraste del ruidal, se une al del mar con su bugido sonoro al
detener la ola y el tumbo al reventar, un sonido vibrante sin reposo y la
inmensidad en la lontananza azul, dorando cuando el sol se moría.
Los pedregales
aflorando en el cauce humedecido por la corriente, hojas caídas, enredaderas
con lianas embejucadas y el rumbo de la quebrada al mar iba. Muy arriba entre
los desniveles cortados brotaba el ojo de agua. Un borbollón manado de la
tierra, entre un lodazal donde las ranas croaban y el hilo del líquido, hacía
camino modelando la quebrada.
El manantial rodeado
de cedros, caobas y pochotes, un ceibo gigantesco, grueso, anciano, la sombra
de un rodal de ojoches robustos, con copas levantadas, sobresalían como
cayéndose en la falda de la loma, la más alta con picos en los filos y
cicatrices por derrumbes antiguos, que hacían en la vista, inmensos
chorreaderos, donde las piedras estaban peladas, parecían que se arrecostaban
los ramajes en el vacío, en aquel precipicio con pliegues donde el viento y la
tempestad movían los troncos, que tronaban agarrados de los suelos, con raíces
viejas, fuertes, que penetraron entre las hendijas de los cascajos en la
tierra.
Fueron tiempos en que
los bosques eran íntegros aun no llegaban los hacheros, ni el grito perdido del
labrador haciendo el desmonte se oía, una densa nebliselva asomaba en el
paisaje, los rayos del sol difusos, a veces inciertos penetraban y su luz tenue
parecía un ambiente confundido con la intimidad azul y el resplandor ondeante
del mar. Al medio día el bochorno, sol y humedad y la oleada seguida de la
tumbazón.
Un sitio único
ocasional en el trópico seco, libre, acogedor, diríase un camanance inmerso en
el hábitat de sábanas secas sonriendo diferente y la brisa marina penetrando
con su salitre en un intercambio entre valles, montañas y el mar y la quebrada
con sus aguas dulces, sus limos arrastrados, sirviendo de vida y alimento a los
seres. Una vivienda
Ahí, en esos paisajes
de sitios apartados hará unos 120 años, quizás más, hubo un primer ranchito
agitado por el viento en el frío de las noches de Diciembre. Una vivencia entre
brumas, lloviznas, neblinas y árboles coposos, cargando en sus gambas,
bromelias, y las barbas de viejo, unas con hormigas y flores vistosas que
visitaban los colibríes y las mariposas y los otros líquenes sueltos, largos,
blancos en hilachas, jugarreteando, ambos viviendo como plantas parásitas en
los ramajes adheridas a las cáscaras húmedas, el bosque un lugar de soles
opacados por las nubes viajeras, rasantes en los cielos oscurecidos por la
lloviznas y en ocasiones claros, relucientes, fulgurantes, en verano y en las
noches de luna llena y en menguante, donde los búhos cantan, cazan y el coyote
en su jauría aúlla al cielo.
En esa rancha vivían
Don Francisco López y su esposa Doña Filomena. Varios partos y solo dos hijos
pegados, Francisco el mayor y Rafael el menor, fornidos, solterones y criados
en ese bosque, el mar y entre las fieras. Más que un hogar parecía un
escondite, el rancho asentado, levantado sobre una colina en un claro, que le
servía de mirador, de frente a la arboleda, con un caminito hacia la quebrada,
a su orilla del rancho colindaba con un precipicio.
Un gran peñasco hacia
infranqueable a las fieras, una puerta solo puesta conectaba con el patio donde
dormían un par de venados, la perra cusuquera, un mono negro manso amarrado,
con burillo tejido. Un verraco montero que roncaba echado, todos revueltos y no
faltaba el arisco jabalí y una pava con las alas recortadas. El grupo animal
era manso no peleaban y cuando el tigre o la boa rondaban cerca, la bulla
afuera despertaba. Ese era el entorno de la vivienda campesina, la única de la
montaña, que alumbraban por las noches las luciérnagas, con los grillos
chillando, pidiendo agua y el destello de los rayos cayendo iluminaban los
cielos y su luz por fracciones penetraban en las de la floresta.
El rancho tenía
horcones viejos, el techo hundido, forrado de palmas de manacas recogidas en la
hondonada, era antiguo y varias veces reconstruido. Los horcones trozados,
medio apuntalaban con el vaivén cimbraban con la ventisca en el tronar profundo
de esa montaña, que se sacude porque esconde en sus magmas azufre, fuego, y
gime retumbando con el paso de lo seco hacia el invierno.
La pareja se afincó
largo tiempo atrás. No retenían desde cuándo y cavilaban en la posibilidad, a
los mediados o finales de 1800. En ese entonces eran dos jovencitos cuando
decidieron vivir juntos. El se la robó cuando ella cumpliría los catorce y él
ajustaba dieciséis. Tuvieron que huir una noche de luna clara después de un
rezo en el funeral de la madre de él. Ocho hermanos de ella los buscaban, nunca
regresaron a Santa Teresa en Carazo. Tomaron un rumbo de abajo que los llevó
hasta el mar y el río tapó sus rastros y luego doblaron sin parar hacia el sur,
sin perder el rumbo de la costa.
En su viaje llevaban
dos mudadas, cada quien llevaba sus machetes afilados, calabazos de nambira,
esos fueron sus primeras posesiones, días frutearon, caminando sacaban
camarones, los asaban y seguían. Iban bien rápido, asustados y frágiles pero
unidos por la pasión del amor. No titubearon, el miedo al castigo los empujó.
El tenía horror al machete blandido por sus cuñados famosos por sus acciones.
Aún bien viejos sentían recelos a sus familiares, que un día los buscaron como
agujas. La familia López subsistió vendiendo pieles silvestres, iguaneando,
recolectando miel de las mariolas y los jicotes en la montaña.
Ellos después de su
huida no estuvieron solos, convivieron con sus hijos y los cienes de animales.
Por las tardes se sentaban en los troncos caídos, quemados en su patio y oían
el graznar de los buchones, los patos aguja, garzas y otros, que dormían en el
bosque, junto a los garzones y gaviotas, el martín pescador, los que
aterrizaban en las copas altas con nidos en sus ganchos y ramajes
Un cielo gris
cubierto de aves, cantos, alboroto, en el llamar a las crías, pleitos por
espacios, aleteos suspendidos de otros, que llegaban para posarse en la cima de
los genízaros, carbones y javillos y luego boca a boca madre e hijo comían
entre el ruido de los pichones en su voracidad natural. Todo ello daba un tono
en los atardeceres y al fondo, la sintonía del sonido del mar que se perdía en
su infinito olear. Don Francisco tenía un rifle guatucero que adquirió a cambio
de cuero de tigrillos, boas y venados.
La familia tardeaba
en el patio, por el umbral de la rancha, crecía un jícaro de guacal y cada vez
que la lluvia permitía, un humero se encendía. Así se espantaban las culebras,
otras fieras y se ahuyentaba el zancudero, el jején tardero, pulgas y bocones,
que chupaban el borde de las orejas, hacían cascarones por los rascados y
molestaban cual moscón seguido inevitable en el paisaje.
Lo más temible para
los López, era el ataque de una boa, un cascabel, una toboba, ellos conocían
que los reptiles no andan solos y que buscan silenciosos a sus presas, las
siguen por instinto, la encuentran por su olor, el sentir del movimiento y se
arrastran en las sombras, en lo oscuro y en el día no importa el sol ardiente,
ni las tinieblas.
Francisco y Filomena
con sus hijos, vivían como ermitaños, eran solos sin amigos y sin vecinos.
Pocas veces viajaban a Tola, nunca los hijos inscribieron, no hubo bautismos,
mostrencos y rudos crecieron, eran gente de poco hablar, sin costumbrismos, sin
rutina seguían bajo el terror de ser encontrados.
Cuatro piedras, un
fogón encenizado, prendido todo el tiempo. Ollas y comales de barro
encontiladas, con las agarraderas quebradas, huacales y jicarones guardando el
agua, que recogían en el pocito de la quebrada.
Ella con su peineta y
su pelo cano reía chintana, cuando los hijos regresaban del monte, batía pinol
blanco grueso, del maíz tostado, el que pisoneaba y el tibio por las tardes
siempre era con sal se lo tomaba. Abundaba la carne montera, frijoles y arroz
sembrados, los comían sancochados y en una tortilla grande en la mano tendida
enrolaban la comida y la ingerían agarrada a los dos lados.
Los López en su
rancho sintieronse ser libres, dueños de sus paisajes y más seguros. Por un
instinto primitivo se ocultaron en la soledad y en el olvido, pero hicieron su
rutina en su entorno, criando sus hijos juntos. El contaba después, “aquí somos
felices, miro el mar y lo oigo tronar, veo la costa, todo lo domino desde esta
loma, la quebrada va sombreada y el verdor de los árboles sigue la silueta de
los chorros que surcan, que bajan”.
“Las fieras nos cuidan, nos han visto, somos sus conocidos y
en la huertecita hay maíz, frijol y yuca. Mis hijos y yo monteamos, con
trampas, palomas y chachalacas traemos, en el mar pesco donde las olas
revientan en los peñascos, hay cangrejos, peces en los cardúmen que el mar echa
y recogemos el huevo de tortuga”.
La visita casual de Don Lupe
Todas las huellas
silvestres morían y empezaban en la quebrada. Eran senderos libres para la
huida y la fuga en la mente, un temor de siempre, una espera. En la quebrada
hay un salto de piedras cortadas y una poza honda, azul en su caída, un día Don
Francisco al rayar el alba vio que en el níspero hoyudo, doblado por los años,
que ahí creció encima del salto y por el entraba y salía una enorme boa, larga,
gruesa, el supuso que era la misma que comía venados y se los tragaba enteros,
a veces cazaba pájaros, guatusas y las guillas.
Todos conocían el
peligro, el animal se arrastraba, dejando su huella, varios sitios diferentes
visitaba, comía, dormía y volvía al hoyo en el níspero que hedía. Don Lupe
Martínez padre de la Toña Cunda y de Juan Chojos, fue un tirador de tigres
afamado, y Juan era bueno en la caza del venado y la pava. Por años vivieron a
la orilla del rio Nahualapa en la vuelta llamada el cantil camino a Las Salinas
en los alrededores de San Ignacio, en la antigua hacienda San Luis.
Cierta vez Don Lupe Y
Juan Chojos, apodado así por su buen ojo, huelleaban y perreaban. Ellos tenían
un contrato con los ganaderos para matar un tigre dañino que se estaba comiendo
hasta dos reses semanales. Ambos con dos perros medio oreja, levantaron el
rastro fresco. Varios días duró la
persecución por las montañas y se internaron perdidos, desorientados que
después supieron estaban en el cerro La Mohosa, donde varios se habían perdido.
Una madrugada ya
cansados del trotear de los perros y sus ladridos, en una senda de una arboleda
habían colgado sus hamacas y por casualidad, vieron un candil alumbrando y se
encaminaron hacia la luz. Llegaron al rancho, - buenos días - dijeron con voz
amanecida y entre cortadas por el frio y el recelo. Un anciano con un rifle en
la mano desde la puerta de la choza contesta - quien vive, que quiere, a quien
busca, quien es -. Don Lupe un hombre sabio, bragado, muy calmado dijo; - soy
Lupe y anda conmigo Juan, mi hijo, somos tiradores de tigres y las huellas del
que seguimos están recién puestas, llegan hasta el bebedero donde cae el río.
Es una cebolla grande, bien pintada bajando ese cerro, le andamos cerca le dijo
-.
Los hombres
platicaron largo, coincidían con la frescura y la dureza de la montaña. Era el
primer contacto que los López tenían con otros vecinos y en señal de amistad le
dice Don Lupe a Juan, un cazador innato, - traiga un venado -. El se posó en un
acetuno caído a unos pasos de la rancha, se “erguió” empinado en sus caites
moviendo la cabeza, él venteaba con su nariz al lado del viento y con su rifle
guatucero caminó hacia el bajo, ahí había un melero botando frutas y en
momentos mientras los viejos saboreaban un guacal de tibio, se oyó el tiro y
después subiendo por un raicero, el Juan traía en sus lomos colgado un venado
pichón. La conversación seguía y comían carne y poco a poco la confianza de Don
Francisco crecía, una sonrisa se asomó entre las huellas dejadas por los años,
se disipaba paulatino el miedo a ser descubierto y nació la amistad.
La visita de Don Lupe
no tardó más de tres días y encontró al tigre, tomó su cuero pelado y le cortó
los dos colmillos, estaqueó el pellejo y medio fresco lo dobló en un saco de
bramante, buena pieza de cacería, un macho de más de siete cuartas, cebolludo,
largo de cola, bien criado. Los cinco
hombres intercambiaron experiencias y rudezas. Antes de irse Don Lupe
decidieron darle muerte a la boa, la encontraron metida en el hoyo del níspero
seco, primero la jocharon y la puyaron con una punta de rama dura abochada,
como lezna y la quemaron con todo el árbol, que cayó en el salto y fue a dar en
la poza. Oyeron quejidos, un sonido y después nada. Ellos bautizaron El Salto
de la Boa donde esta murió y donde el tigre cayó, dejando la sangre regada, le
llamaron La Pasada del tigre, los dos nombres son evidentes, veraces y ciertos.
Don Lupito y Juan
fueron mis amigos los conocí en San Luis, la finca de mi abuelo en unas
vacaciones, yo era un cipote y siempre que llegaba a la hacienda Don Lupe, una
historia verdadera me contaba, de tigres y venados, que yo aprendía. Esta
historia es real. Don Lupe murió con más de cien años de edad, Juan se fue
antes. Dios los guarde, de los López no se sabe, quizás con los viejos muertos,
otros rumbos buscaron sus hijos. La Toña Cunda también murió de vejez y de ella
solo queda su hijo, el famoso “Cabeza de León”, monta toros, sabanero y
sorteador.
XII El garañón retinto
El Garañón Retinto
era un caballo padrote de más de ocho años, bien enrazado, probado, de color
retinto quemado. Un lucero blanco en el centro de su frente dibujado, calceto
en sus patas traseras y troteaba marcando el paso fuerte, lento, golpeando la
tierra y rascaba con sus dos patas delanteras y en dos traseras se paraba. Su
copete espeso, negro a un lado, con su cola levantada y sus crines movianse con
el viento. Enseñaba desde lejos con su pecho resaltado, músculos formados,
delineados, ser un padrote singular, de cruza criolla, peruano, árabe y
español. Arisco, fuerte, rápido, cerrero, indomable y desconfiado.
El sitio de La Chona,
nombre otorgado por Don Adolfo Lacayo Guerra en honor a su esposa Doña María
Asunción Hurtado, conocida cariñosamente como Mamá Chonita, era un lugar
abierto, sin cercos, con linderos naturales, amojonados. Una sola entrada y
retazos de montañas a los lados, en donde se guarecían los venados cola blanca,
ramazones y que corrían en lotes entre los inclinados precipicios. Monos
carablanca y los negros con los congos viajaban por las copas y ramajes,
agarrados de bejucos y sus colas aprehensando y se espantaban en un solo
chillido, huían encima del verdor. El ruido de parvadas, de palomas alas
blancas y las chachalacas confundíanse en la espesura y las codornices y
perdices en un corre y vuela metidas en las zarzas.
Un colorido volando y
saltando que matizaba y expresaba vida. Felinos grandes y sus mugidos oyéndose
por las cañadas y las lomas que penetraban las montañas profundas y rompían el
silencio en las oscuras noches, que daban miedo y la yeguada con su padrote
retinto corrían, pastaban y parían vigilantes del ruido, del acecho, del
viento, del olor a tigre.
Lomas cubiertas de
zacate jaragua, espeso, denso. Superficies empinadas, carrizos, nancites
ácidos, dispersos que se arrecostaban en las pendientes, revueltos con la hoja
chigüé, espesa y rala en sus hojas. Farallones separando las lomas,
cuicuichotes de cañas altas, con puyas, que rompen enredadas, espesas tapando y
las burras de coyolito morado, redondas, impenetrables, espinosas como leznas.
Bejucos de Pica Pica trepando en los matorrales y sus bellotas abiertas con
pelillos oscuros cual ortigas, que levantaba el viento.
Troncos quemados,
peine de mico, cubriendo la copa de los árboles, las abejas y las mariolas
bujando, llevando néctares para su miel y en la quebrada, los ojos de agua
afloraban fuertes para aguar a los caballos, ganados, venados y a la fauna de
la selva. Coyotes aullando en manada, buscando presas y olfateando las recién
paridas, para comerse las pares o las crías y por las tardecitas agresivos
caminaban en los desfiladeros, ocultos, traicioneros. Se veían desperdigados al
caer el sol, los pericos ligeros, el oso hormiguero, los pizotes solos y en
manada, la ardilla ceniza subiendo rápido en un jobo y la iguana negra poniendo
en Semana Santa en los arenales. Gavilanes, querques, valdivias y el zopilotal
volaban planeando, esperando bajar para comerse un muerto, un cacaste fresco
que hiede.
La Chona, en el siglo pasado y en el
antepasado formaba parte de San Luis. En su entorno estaba San Adolfo, San
Pedro y Las Cabras. Son parte de un lomerío enclavado en la cordillera rivense,
en los confines de San Ignacio, Barrio Nuevo, La Tigra, La Jabalina, El
Chasmol, El Terrero, El Pisón y San Marcos. La fama de estos sitios por lo
abundante de los tigres y leones, era grande y el rio Nahualapa lleno de
camarones y guabinas corría serpenteante cruzando la zona en su rumbo al mar.
En los inviernos se emplayaba entre los cerros con filos y redondeadas
superficies, que adornan con sus conos y sus cimas la cordillera.
El hato del Garañón Retinto, convivía con el arrastre de las
boas, el chischil sonando de un cascabel plantado, rugidos de felinos y el
bullicio de los monos avisando al natural, los peligros. Se oía el llamado de
una cría pinta Ilamando a la venada, que al salir el sol en la madrugada pedía
su teta escondida, echada en los matorrales y los balidos de toros bravos, que
asustados estaban por los tigres y los leones y el hato pastaba entre los
pleitos de los garañones por la yeguada en celo. Potrillos perdidos
relinchando, el canto del pavón y sus pavas en lo alto de un palo de carbón
seco quemado.
Aguiluchos ariscos en
los nísperos silvestres vigilando sus presas y el chocoyal y las loras copete
amarillo que en alharaca pasaban rumbo a sus nidos. Lechuzas y pocoyos cantando
por las noches, cazando ratones y robando nidos y los murciélagos vampiros
dentro de hoyos en los espabeles, que olían a sangre, sucios donde vivían. De
ahí salían de noche en busca de sangre, mordiendo orejas y pescuezos de
caballos, ganado y venados.
Esos eran los sonidos
y algunos de los riesgos en la subsistencia de la yeguada y el ruido, el
tropel, la carrera y el resoplido como defensa natural. Un hábitat para los
fuertes, donde los sentidos estaban listos ante el riesgo de la muerte en el
día y en la noche, que los hacía estar congregados en grupos y manadas, y así
esperaban el relincho, el ritmo guía del Garañón Retinto.
Era un paisaje
natural de rudezas en la vivencia, adornado con flores navideñas del madroño
florecido, corteses amarillando con lunares la montaña, robles y capulines y el
manto de la flor amarilla cubriendo en el invierno, o lo seco, pardo, color de
sarro por lo yermo en el verano. Pastos envarillados, verdes por la lluvia,
quemados y tiernos retoñando y el jaragual espeso semillando en diciembre, que
ondeaba en las colinas con el viento.
Ojochales, genízaros
y guanacastes centenarios de chorejas llenos en lo verde de sus copas y
javíllos con espinas de corroncha y se veía el verdor de la floresta, haciendo
silueta en el rumbo de la quebrada que bajaba hacia la vega del rio y el viento
se colaba dentro de las copas y su chiflido se oía entre los valles pequeños
que nacen en las lomas en la depresión y la brisa cubría el chan, que se mecía,
alto, oloroso, tupido y arriba, en lo ondulado, el cascajal por donde se
chorreaban entre brincos bajando, huyendo los venados venciendo las pendientes,
asustados, ariscos.
Habían zorros en
los criques, guardatinajas y guatusas viviendo en lo húmedo del río.
Precipicios en las cimas, subidas y bajadas en los tríos de los caminitos
angostos, que bajaban a la quebrada. Aquí es donde los tigres y los leones
cazaban en carrera, derrumbando las chincacas y los tajarrazos mordiendo los
corvejones o en las caídas desde los árboles que se tiraban rompiendo los lomos
y columnas y se pegaban con sus fauces de las ternillas y el cazado muriendo
desangrado, quebrado, golpeado.
En el sitio, había
todo el año garrapatas y lo tábanos pegados a los lados, en cara, en pescuezo,
en nalgas, en las patas y en el pecho, picando, chupaban las gotas de sangre y
las moscas ponían sus huevos en las heridas haciendo queresas y las gusaneras
salían a los días. Las madres cuidando a sus crías; las monas en su espalda
cargando, aves en sus nidos con huevos y crías, la floresta, la montaña, la
quebrada y sus ojos de agua dando vida y la música del campo, de los pájaros
comunicándose y los pijules, clarineros, guises cantando suave, urracas con sus
ruidos comiendo capulines y metidos en los rodeos las garzas, garrapateando en
los copetes y lomos, retirando de los cuerpos una a una y se las comían. El
Garañón Retinto, su yeguada y sus crías paradas golpeaban con sus cascos, medio
adormitados, bajo la sombra de un árbol de espabel al mediodía. En la hacienda
San Luis, los campistas bajo el empirismo de la época cuidaban los hatos de
caballos y ganados. Ellos viajaban a La Chona y un montado tapaba con su grito
y su caballo la salida en una loma baja y los otros con un cacho de carbolina y
estiércol seco curaban las gusaneras, en los rodeos que al aire libre se
acostumbraban.
Adolfo Acuña,
mejor mentado como “Coyolera”, apodado así por su carácter arriesgado, sin
miedo, monta toros, sorteador y lazador a pie y a caballo era el mandador de
campo. Un salineño criado desde pequeño en la finca, muy apreciado, poco
pendenciero, bebedor, mujeriego. Le acompañaba Choncito Espinoza que había
nacido en la hacienda, en el ojo de agua en el Guapinol. Era menudo, ronco con
buen grito de campista, montado afamado como bueno para enfrenar y abozalear,
hombre ameno, fiel y como él decía “rejego al guaro y sabía leer”. Habían otros
montados, Raulón y “Cabeza de León”, famosos en las barreras como montadores y
a la sombra.
En la cúspide de la
loma, plan bonito, desde donde se ve el mar reventando en Popoyo y se avista el
Mombacho, Ahí estaba el Garañón Retinto, después del grito de “Coyolera” y el
ronco de “Choncito”. Un relincho seguido contestando y el semental se terciaba
erguido, caminaba vacilante, sus cascos fuertes golpeaban sus pasos, retaba con
su cola levantada y su pescuezo erguido, arqueado, el copete ondeando y sus
orejas como tijeras moviéndose, los ojos fijos, arrecho, amenazante, cuidando
sus yeguas y sus crías y en relincho se paraba en dos patas, queriendo golpear
dando miedo, listo al pleito y volaba las patas traseras para atrás en un solo
resoplido, babeado y en pedorrera congregaba en su sitio toda la yeguada.
Estaba inquieto y las yeguas impávidas se quedaban instruidas listas para la
estampida y las alfas punteras, las más fuertes, ariscas, decididas le seguían
al desfiladero del ojo de agua en la quebrada, y al grito de los sabaneros al
too too, se oía el relincho interminable y los cascos volaban en los
pedregales, el chorro salpicado del agua corriendo y el tropel cuajaba la ruta
yendo al corral, nada las detenía.
Las
puertas se abrían al oír el tropel en donde el Garañón Retinto con su cola
parada, bien sudado después de media hora de correr, entraba como un huracán
sin detenerse y sus potrillos con las yeguas rezagadas, las rencas, las viejas,
chapinas y lunancas, troteaban en la cola de la carrera y los corrales se
llenaban, los otros garañones amenazaban al pleito. Nadie montó al Garañón, no
hubo soga en su pescuezo que aguantara. Murió indomable, famoso, fue el líder
de La Chona y los viejos que le conocieron decían que ese sitio era un lugar
encantado, que por las noches se oyen relinchos y un caballo corre, hombres
sabaneros le gritan, pero ya no hay tigres, ni leones que asusten. La quebrada
perdió sus ojos de agua y los árboles están muertos, los mató la llama, el
incendio. Sólo queda el lomerío enzacatado y se perdieron los rastros del
huellear. Se fue con el viento el sonido de la fauna, uno que otro güis, un
pijul, una chachalaca y el pedregal.
XIII La caza del venado
El Sitio
El invierno entró
fiel y cosechero, así hablaban los lugareños en todo el camino real. Llovió a
cantaros en mayo tres, día de la cruz y los vendavales seguían tiñendo de verde
las planicies, lomas y senderos. Quebradas bajando ruidosas arrastrando lodos y
basuras y el río tronaba lleno, espumeante en las orillas y las correntadas en
las vueltas se remansaban para coger fuerzas en las rectas con paredones a los
lados.
Un verano caliente de
quemas y desmontes en laderas quedo atrás, sepultado por el verdor y las
clorofilas producidas por las florestas, ganados, caballos, y venados se
enflaquecieron, las aguas del rio Gil González turbias, estancadas se
empozaron, creció la lama en su cauce cortado y los ojos de agua cesaron manantiales.
Las grietas en los
suelos por la resequedad en los llanos de sonsocuite estaban cerrándose. La arcilla hinchada por
el agua de las lluvias y el torrencial
aguacero de Junio, daban punto para el fango de hondos y negros lodazales.
Mulas, caballos y ganados en su caminar marcaban de tramojos esos contornos y
el paso corto, lento, los cascos hundíanse en los hoyos, pegando hasta el pecho
y barrigas, las bestias en el suelo que lo hacían entre resoplidos, caídas y
caminaban, el sitio con muchos rastros, que contorneando unían como en siluetas
las fincas, caminos, potreros, corrales y caseríos. Los esteros y quebradas, que se adentran
hasta el charco Ñocarime y hacia el lago veíanse con charqueríos y aguas, que se
ensanchaban haciendo caminos en las talpujas blancas de sus lechos, para
derramar su flujo en las bocanas taponeadas con arena y lodo, que rompían
desaguando con las lluvias fuertes del invierno.
El bosque lleno de
tríos, caminitos angostos para una sola bestia y senderos unidos a lo casual y
la vivencia del transitar de hombres, mujeres y familias viajando a pescar,
tomando tibio, café y comiendo su morral de la tortilla fría y el frijol cocido
y los garroberos con sus perros, ñoqueros que con la luz de lámpara, focos y
candiles iban y venían tortugueando, en
la orilla de la laguna, buscando ponederos. Gentíos, un gentillal de gente
decía la Carmelina Díaz, una lugareña con ancestros nahuales, pescadora,
ñoquera, iguanera, cusuquera, a quien la gente de otros lados la buscaban como
guía.
Hombres con
atarrayas, lanzadas por brazos curtidos en los esteros, fondeaderos y picaderos
de pescado y los guapotes, mojarras, guabinas, y laguneros en manojos brincaban
moviendo sus agallas pasadas por bejucos y en la boca que colgaban las ristras,
docenas y pesadas, que los hombres pescadores desvelados, ojerosos, llevaban
por los tríos de regreso con rumbo a los mercados.
Sorteaban en su
camino los enormes javillos e higuerones con corronchas y espinas, leche
brotando de las cortaduras, que servían de guarida, a cientos de miles de
iguanas y garrobos negros y lapos verdes que cabeceaban en lo alto de las ramas
gruesas, gambosas, muchas veces churreteadas por el guano de los patos
viajeros, que hacían escala en su viaje por la América. Desde ahí de esos hermosos
y altos árboles, desde la cumbre de las copas los garrobos saltaban tras el
acose del ladrido de los perros dando vueltas en los troncos y corrían encima
de la hojarasca buscando un hoyo o se tiraban al agua en el estero y nadaban
huyendo.
Cuajipales y lagartos
abundaban. Por las noches flotaban orillados en las aguas y se alumbraban a los
ojos y gemían, comunicándose para luego introducirse en silencio a lo hondo.
Así vivían esperando para cazar las presas, que descuidadas se acercaban y los
peces entre los ramajes y lodos de las pozas que ellos rascaban. Habían
raizones descubiertos en los zanjones con aroma húmedo y materia orgánica
descomponiéndose donde vivían millones de bichos capulines negro, zancones, que
cubrían la corteza caminando, aruñando, moviéndose, lentos, encaramados,
apilados unos encima de otro y el agua golpeando el calpul húmedo, orillado en
la quebrada.
Se oía el ruido del
tacotal y las florestas movidos por el viento alisio venidos por el lago,
enchiflonado entre la isla Ometepe y el Mombacho que penetraba hasta chocar con
las lomas de la sierra. Chicharras chillando por las tardes bajo el sofoque del
calor y el parpadeo en lo oscuro de las luciérnagas vagando, ayudaban a
mantener despiertos, acompañando a los viajeros. Habían reverdecidos los aromes
chapeados en Enero, y las malvas, bronceadas dispersas matoneadas, crecían en
los barros ácidos. Ceibos pichones con
sus troncos verdes, panzones, y sus penachos ralos eran parte de la floresta,
dispersos, mezclados entre los maderos, nacascolos ásperos, duros como el riel,
se cubrían de chorejas marronas, melosas impregnadas de tanino, con sus hojas
desprendiéndose y caían los frutos para que las familias las espulgaran entre
el aceitillal y los mozotes para luego venderlos por sacos y cuartillos a las
curtiembres.
El viaje del cazador
era entretenido en las tardecitas frescas, oscuras y calurosas, noches con luna
en mengua o bien cuando el astro lleno iluminaba los senderos. Viajaban entre
aullidos de coyotes y el croar de ranas, llamando a los sapos al sexo. Atrás a
sus espaldas las cordillera Rivense, el llano y de frente la isla con el azul
de sus montañas, en la distancia divisada, que parecía bailar entre el oleaje
del lago.
Un brisar, zancudos
picando de día y por la noche, pechos y patas de caballos. Ladridos de perros
perdidos que en manadas corrían huelleando, el grito del campesino
comunicándose y el eco constante, rompían la monotonía de lo natural, junto con
el murmullo del chocar de las ramas por las ráfagas del viento, zumbidos,
cantos de pájaros y arriba en los cedros y madroños, búhos se oían. El cazador
viajaba por los caminitos estrechos, a pie y a caballo, machete afilado en su
mano y cortaba las espinas del carrizo bebé chicha y se escabullían entre
zarzas del párate hay, que rompían las camisas y enrayas herían los brazos y el
chas chas del caballo, que chapoteaba con sus cascos el agua, en los suelos
acumulada y nadaba con todo y montado cruzando los esteros. Monos viajaban
sobres las copas de los árboles, huían chillando con miedo al tirador y se
aculaban saltando de rama en rama en las vegas montañosas, donde dormían y
comían los frutos y cogollos tiernos, sustanciosos.
En las planadas
crecían jícaros sabaneros, con sus cosechas impregnando olores, coloreaban de
negro sarro, los frutos maduros caídos, regados entre el tupido pasto natural,
que rebotaba repoyante, espeso y arriba de los árboles entre las hojas ralas
cubriendo los chirriones y los tallos que estaban nutridos de las parasitarias
flor del toro y de la vaca, orquideanas,
que se adherían a las ramas, revueltas con los botones verdes redondeados, aún
con pétalos en los ombligos tiernos de la nueva cosecha del jícaro sabanero.
Las
hembras de los alcaravanes graznaban corriendo con sus pescuezos arqueados,
levantados. Ariscas cantaban al caer la tarde y al poner el huevo en las
matonerías escondidas. Culecas con los machos, se turnaban empollando para que
los picos tiernos golpearan las cáscaras. Así salían las nasciencias, para que
siguieran sustentándose la continuidad del sonido de la vida, cual cantos
mañaneros de esta ave, que despierta la vivencia del llano y que es reloj, que
da la hora al campesino en aquella soledad, monótona de los jicarales en el
llano.
Las coyotas aullando
parían hambrientas y las manadas corrían olfateando amenazantes y buscaban con
el ir del viento a sus presas. Conejos saltaban en las tardes con sus gazapos
metidos en las madrigueras y de los fangos salían las tortugas tapaderas, que
despertaban enlodadas, sucias del letargo en el verano y caminaban confundidas,
inciertas entre el pelotero de jícaros quebrados y sus pulpas negras, que se
podrían en el suelo.
Florecían los árboles
melíferos y en los matones los panales. Zarzas y guarumos con los nidos de
búhos y pocoyos que chispeaban con la luz parpadeando por instantes. Urracas,
zanates, clarineros volando, guises y palomas con el chocoyal
y de los maderos colgaban los avisperos. Picaban las espanta muchachos,
menudas, abundantes, pegajosas, las catalas grandes, coloradas, solas, pica y
vuela. La roja ahogadora que duerme la lengua y la negra grande, culona, que
aguijonea duro con panales grandes, colgantes, llenos de miel
Hombres, bosques y
flores conviviendo y el grito del sabanero arreando y toteando los ganados.
Frutos, semillas y la diversidad, los corteses amarillando, laureles, botando
flores rosadas, y el colorido de la floresta, el llano y la laguna en donde
abundan los papaturros con sus chirriones de frutilla blanca y dulce y en los
humedales crecían el santol, hogar y alimento, con los nijales para los
pájaros. Flores y mariolas, abejas y colibríes y el sonido bujante en los
troncos, en las ramas, en los paisajes de la alboreda.
Los llanos se iban
cerrando. Zarzas, pastos, monte y navajuelas. La floresta yerma de verano,
estaba verde, viva con clorofila. Los charcos por el drenar lento del suelo con
poca infiltración, empezaban a nutrirse de gamalotales y los ganados se
arreaban a las costas, a las vegas, a los cerros y la garza blanca isabelina
garrapatera volaba sobre el hato y se paraba encima del cuerpo del ganado, que
la toleraba en los sesteos descansando, se comían una a una las garrapatas que
arrancaban del pellejo.
Tras el rastro de los
ganados con la luna saliendo viajaban en silencio los lotes de venados cola
blanca. Los machos en el viaje guiaban los rebaños y en forma natural cada uno
marcaban los sitios con su almizcle, que fortalecía el celo de sus hembras y
demostraba su dominio de rejego.
El
cazador y la presa.
Carlos Arguello
transitó por eso sitios, por largos años su grito fue vivencia en todos los
rincones. Conocía las pasadas en los esteros, la montaña, la quebrada. El tuvo
experiencia de tirador nochero o lampareando, esperando velando de noche y en
el día con los perros levantando la huella del venado y salía en las pasadas
donde corrían asustados engañados, los venados seguidos de los ladridos
punteros de la perra sabuesa. Era una huida, una carrera, atrás el ladrido de
un grupo de perros entrenados.
El conoció la chispa
del pocoyo, roja, estrecha y que se mueve parpadeante. La del potrillo y el
muleto que parpadeaba rojo y que la luz de la linterna lo ciega. La del tigre y
el cáuselo más firme, consistente, amarillenta como la del león y la de la vaca
roja con reflejo a los lados. Sabía que el venado es cerrero, arisco,
desconfiado, astuto. Fiel a su hembra, querenciero con el sitio y no huye
lejos. Donde nace, crece, pasta y se cruza.
No anda solo, el
macho está al frente observando el peligro y huye por instantes con sus hembras
y crías. Conoce su entorno y le gustan las pasadas difíciles para huir en donde
quizás otros no pueden cruzar. Donde
emigra el padre va la cría destetada, huele el peligro desde largo, se esconde
echado, olfatea el humo y el meado desde lejos.
Levanta la cabeza e
inclina las orejas y está atento a cualquier ruido. Por eso Don Carlos encendía
un cigarro, con un puño de la mano cerrado y conocía el rumbo del viento y
entraba al tacotal contrario. Él sabía que el venado pasta en el invierno a la
hora en la que lo hace el ganado, rumia echado, apartado solo en lo oscuro
cuidando su hato y en la sombra lo hace oculto. Él alumbraba abajo desde largo,
nuqueando a los lados y arriba buscando la chispa con su lámpara Winchester
colocada en su frente. Alumbraba en los chinchales y en los claros y quemados
retoñados y debajo de los jobos y meleros donde frutean. Los espiaba en los
aguaderos contra el viento, calmados, le gustaba verlos llegar. El encaramado
en un palo, guindado en una hamaca encima de un ojo de agua, una quebrada, un
bajadero, donde aguaban con el suelo lleno de huellas. Esa noche las hamacas
colgaban amarradas. El viento apenas se sentía. Truenos se oían y de pronto en
el silencio de la noche se oye un sonido, un resbale, brusco en el chorriadero,
hay calma, en instantes una laja se desprende.
Una cría encima del
paredón llama a su madre y Don Carlos medio adormitado por la espera se crispa,
cabecea, pela bien el ojo. Un venado grande camina tímido, cauteloso, observa
arriba y abajo, ve a los lados en el barranco, se chorrea suave, olfatea, da un
paso despacio, percibiendo olores, busca movimientos, y mira de frente, se
pachonea erizo como con miedo, tuerce las orejas, no hace ruido, evita por
instintos el tronar de las hojas secas y las piedras sueltas, salta parándose
en tres patas con la cola erguida.
El tirador atento, no
se mueve se toca el ojo derecho que le pica un
poco, agita los dedos, no estornuda, no pea, pierde el sueño, sonríe,
acomoda en su hombro derecho la culata del rifle, espera calmado y el venado se
agacha para buscar la fuente del agua.
Hace contacto con la trompa evitando que no le
entre líquido por la nariz de ollares grandes, echa las orejas para adelante y
la pone normal y el pulso de Don Carlos se agita, contrae la respiración,
siente que se orina, suspira. El venado se mueve y el dedo de Don Carlos en el
gatillo de su rifle, Sabach 2-22 inclinado, haciendo mira al bulto hacia el
animal y la lámpara se enciende al disparo, un silencio y la exhalación del
cazador, emocionado. El cazado cae agachado dando un brinco, suspira, un
quejido y el silencio, fella por el ruido de la muerte y los estertores van
minando los sentidos. Lágrimas chorrean de los ojos que pierden el ruido se
apagan poco a poco y el pataleo final, tiembla y se muerde la lengua atorada de
zacate, bilis fluyendo por la nariz y en eso Daniel Bonilla, alias el hembrero,
ya al lado derecho de la presa, llama a Don Carlos que se baje de la hamaca y
en instantes con destreza, desenvaina su cuchillo de dos filos, de doce
pulgadas, cacha blanca y lo desuella certero por un lado y fluye de la yugular
cortada la sangre, mientras él se cuida de los cascos que hieren.
El huelgo se fue
perdiendo, el moribundo en temblores lucha en vano y los coágulos drenan
cayendo en la poza de la quebrada. Daniel grita, es un macho ramazón de diez
puntas, gordo y es más grande que el tirado el año pasado. Este tiro fue en el
mero codillo y aquel otro venado ya tirado se fue al brinco bien pegado y
corrió herido por los jiñocuagos, se voló el estero al nado. Al día siguiente
la perra overa, media oreja levantó la huella y lo encontramos echado, tendido
con los ojos cerrados, desangrado y ya desollado lo pelamos, donde la Carmelina
Díaz, frente al javillo donde ella lo aliñó.
Daniel siempre fue
ayudante en la caza, bus-
caba la piedra de ara, en los librillos de los venados, que
el vulgo comenta, pero nunca encontró ese hechizo. Entre los dos cargaron el
venado, lo pusieron en la albarda, cruzado, amarrado y se lo llevaron para
destazarlo. Dicen que todavía sus cuernos están clavados en una tabla en la
pared de la casa y que ellos guindan tajonas, sombreros, cutachas…
Prosa de Mis Vivencias
XIV Mi barrio rural rancho chico
|
E |
I campo,
llanos arcillosos recostados en los cerros de la cordillera rivense, el aire
libre que em-
puja el lago de brisas refrescantes, el caballo, el ganado y
la natura, cobijaron la infancia de mis hermanos y la mía. Aprendimos,
convivimos y amamos la libertad. La finca del abuelo Vanegas, Santa Alicia,
había sido partida por la carretera en los años cincuenta. Emerge con energía
Rancho Chico. El esfuerzo crece y se nutre con la nacida de cada uno de los
hijos. Se realiza alimentándose con el parto de cada vaca, con el nacimiento de
un potrillo. Ese fue el hogar de muchos años, rodeado de familia y trabajadores
buenos.
Mi barrio era
interesante, tranquilo, humano, natural, más solitario que bullanguero. No hubo
rokonolas que desvelan, ni tocadiscos que engendran camorras y con guitarras
campesinas en tono guapanguero, oíamos mensajes costumbristas como El Pitero
Pitero, coplas con sabor a vida y maracas de jícaros sabaneros. Era un estar de
familias pocas, distanciadas por las fincas, por las cercas y mojones. Toda la
gente de mi barrio era noble, invitadora, sencilla, sincera. Jóvenes y viejos
bajo ramadas con guate y en hamacas, hablamos de ganado, caballos, gallinas, de
perros cazadores y cuidanderos, chanchos, guatusos y coquimbos gordos y los
come crías, pastos...
Vivíamos tranquilos,
sin noticias malas y entreteja, barro, sogas, tablas y carros en la carretera
circulando, los buses Santa Fe viajando de Rivas a Managua y viceversa. Agustín
Reyes, Nazario Miranda y Luis Medal, Don
Carlos Abarca recogiendo leche, Chepe Cuadra comprando vacas, Ramoncito
Velázquez contando cuentos de hazañas ganaderas supuestas y amigo visitando,
crecíamos y crecimos enyugando bueyes entre carretas y chingas, silos,
excusados, ensillando y desensillando, lanzando y montando terneros, maneando y
herrando, enrejando y ordeñando, haciendo queso y soldando para el agua el
molino de viento.
Vivimos felices entre
zancudos, durmiendo con mosquiteros y en los potreros picapicales, madrugando
al colegio bebiendo, leche al pie de la vaca, entre albardas, riendas, frenos,
espuelas, la tajona y haciendo gazas y nudos. Borona, frijoles, crema, queso y
tortilla siempre había.
No fue un barrio
corriente, era de Benjamín Bolaños y Cleotilde en Santa Justa, de Santos
Castillo, mandador de El Javillo, Albertón el labrador de madera, Rosa y Chico
Luis Flores, Carmelina Díaz, Alejandro y Lidia... Fue el barrio de Perfecto
Iglesia, Ramón Velázquez, Andrés Chévez y la Irma Iglesia, todos trabajadores
viejos, muy queridos. Ese fue mi barrio rural, espacioso, con suelo árido de
sonsucuite rajado y negro, alumbrado por candelas de sebo, lámparas de carburo
y de tubulares, focos en mano, machete y hacha para leña y fogón de cocinar.
Los zancudos se ahuyentaban con el humo de la quema de los montones de cagajón
de caballo, en los patios limpios, barridos con escobas hechas con varillas de
escobilla morada.
Los toros balaban agudo en las noches
lluviosas y en las madrugadas dentro de los potreros o en los corrales,
cuidaban sus hembras y bravos estaban. ¡Esa fue mi vivencia!. Un sonido
mañanero de mi barrio ganadero. Conejos en los matones y boas cazando, perros
ladrando, gallos cantando al alba, alcaravanes en los llanos corrían dando la hora,
gallinas caían del palo en un aleteo suave y la cocinera retorcía el pescuezo a
los pollos, a las aves, las perras paridas espulgábanse debajo del tambo, vacas
echadas entre las cagadas de los sesteos llamaban balando a sus crías y las
garzas, pijules, golondrinas y valdivias alzaban el vuelo y los pájaros
carpinteros lejos oíanse con su picar buscando gusanos en los madroños
agrestes.
El sol con su
nacimiento a los zancudos calmaba y los coyotes cesaban en su aullar nocturno y
las ranas y sapos que croan en las noches oscuras y de la luna llena pidiendo
el rito copulatorio, cesaban en su musical naturaleza y los niños tiernos
lloraban pidiendo su teta, la Irma molía el maíz y echaba tortillas. También se
oía un too, too, too, de desvelo, era el aventador hijo de la cocinera, montado
en pelo en el arbolito, arriando vacas y llamando al perro Retumbo, buen
cusuquero. Arriaba las vacas entre lo claro oscuro metidas en un solo potrero y
todas balando seguían la huella de la tarde alegre que había parido la noche
anterior y el buey y al toro choto reyneño...
Los corrales ya
llenos, los terneros balando, las pasadas hondas con lodo y miado, comenzaba el
ordeño. Ya Daniel el hembrero, chintano y con el sombrero mal acomodado,
bostezando abría la puerta, el balde guindado y el rollo de rejos amarrados y
llamaba a las vacas, pasaba la cota, la sarda, la cachimba alegre, la Irma, la
Carmelina, la Soledad, la Lidia... y se enrejaban y terminaba el ordeño y venía
el desleche. Hacíamos queso y se arriaba el mamanto... Qué días aquellos, con
olor a leche, con olor a vaca, con olor a suero y también a hosmeca, potrillos
y potros cerreros, yeguas de paso y mulas de freno y espuelas, terneros con
jiba hijos de vacas criollas y pardas...
Ese fue el estar
familiar, con chaguites de guineos cuadrados, sorgo y potreros, llanos con
jicarales, lomas y jaraguales y una soga en la mano, un fierro en el fuego, Don
Héctor herrando, nosotros lazando y maneando, capando, la Irma cocinando huevos
sancochados, Alejandro Martínez viendo y bromeando y la Chepita mi madre,
observando, atendiendo.
XV CARMELINA
Carmelina Díaz fue
vecina de mi barrio Rancho Chico. Un cerco de tres hilos en el potrero nos
separaba, un portillo al final de un caminito trillado, su sencillez, dulzura y
su vivencia campesina nos unía.
Nació al despertar el
siglo pasado y vivió la rutina de su vida con la sonrisa entre el tiangue,
horno de barro, caminos, tríos del huellear, caza en los montes y pesca en
Ñocarime. Abrió sus ojos a la senda del Camino Real Viejo, propiamente frente
al gancho de camino entrando al Charco, rumbo a la Bocana, en la playita de
Ñocarime. Creció oyendo los gritos de los carreteros chuceando y cejando
bueyes, empujando en los inviernos las ruedas de genícero atascadas en los
sonsocuites y el bujido rechinante de los ejes y el sonido de los caracoles y
los cuernos que soplaban por los caminos, los carreteros promesantes yendo a
Popoyuapa y los viajeros al Chontales, carretas a dos yuntas y su cola de
cuarta, bueyes, carretas y yugos, cintas pegadores y bueyeros luchando en los
pegaderos.
Ella fue natural,
silvestrizada, amansó animales, pájaros con sus nidos, venados, alcaravanes,
guatusas, guardatinajas, que caminaban entre candiles viejos, trastes de barro,
bancas, tinajas, viandas y viajeros que se paraban en el estanco para tomar su
cuarta y saborear el guapote y el cangrejo playero. Viajó por las florestas y
en los esteros. Corrió por los campos cusuqueando y saco cientos de sus
madrigueras. Pescó en las aguas mansas atarrayando y con anzuelos.
Tortugueó en los
ponederos ñoqueando y con perros que siempre criaba espantaba arriba de los
higuerones y agarra en tierra, en carrera las iguanas y garrobos por docena,
monteando siempre anduvo contra el viento. Iba en silencio melenqueando, un
machete; candil su lumbre y el morral frío de frijoles cocidos envueltos en
tortilla.
Dormía cobijada en
una hamaca con blanca manta almidonada rodeada de Malinches florecidos,
jazmines choteando, un madroño gacho envejecido donde al alba los gallos
cantaban y encima del Guanacaste viejo, subían revueltos la pitahaya silvestre
y la granadilla casera.
Carmelina, morena,
menuda, náhuatl, lacios, lisos sus cabellos, entrenzados, medio canos.
Peinábalos untados con aceite natural con peineta de cacho de ganado muy de
madrugada y en su oreja escondía coqueta
una flor de avispa rosada, que cortaba diario de una mata casera. Un puro
chilcagre que ella misma fabricaba prendido cenizando en sus labios con fisuras
a los lados dibujada, que marcaban los años vividos y la sonrisa campesina, el
viento playero, la lluvia, el masticar de su tortilla mañanera con su tuco de
cuajada ahumada con el humo del fogonero y el troncho de carne montera
sancochada con recado achotado, culantro patiero encaldillada, de un comal
viejo quemado frio amanecido.
Carmelina Díaz, fue
feliz, porque las madres abandonadas con todo y sus crías son protegidas por
Dios. Nunca usó zapatos. Los burros de vaqueta y suela clavada con remaches
cabezones la golpeaban al andar en sus pies anchos, cortos, ásperos,
atamalados, con caite caminaba. Eran hechos de cuero de venado, con coyundas
suaves, rebanadas que se amarraba cruzadas en su pantorrilla. Con un huacal de
tibio batido sorbeando y tartamudeando decía, que la costumbre de su raza era
el caite. Así lo usaron sus antepasados, padres y abuelos, atenzados,
amarrados, cruzados.
Yo de niño en las
tardes a caballo la visitaba. Mándese apear me decía y sentada en un taburete
con una toma de café humeando, el huacal endulzado con rapadura de un atado.
Muy amena contaba sus proezas, de la pesca del guapote, la caza de la iguana,
las crías quitadas a la venada, de los soldados que en la guerra la obligaron a
cocinar, de sus gallinas chollinas y chiricanas pone huevos, de la cegua, del
tabaco que de niña aprendió a trabajar moldeando los puros chilcagres para su
mamá y de sus viandas y horneados, chorejas en miel, melcochas, el castreo del
jicote y la mariola.
De pronto atizando el
fuego, apagaban su puro con el dedo gordo del pie, para guardarlo aromado y
prenderlo de madrugada, después escupía chirre el resto del chilcagre una y
otra vez. En el patio sonaba con el maíz, un calabazo bocón y con un ru, ru,
ru, cancaneando, chintaneado llamaba sus gallinas, las observaba una a una, las
repasaba mental y sabía cuantas faltaban sin saber contar, observaba las
crestas y murmuraba “esta lempa la pendeja se almarió, ya busca hacer nido,
pone en el monte, esta eriza, suena culeca y esa chollina colorada la dejó
tunca un zorro, era buena ponedora, esta traspuesta, no machuca con el gallo” y
ya en su mano dijo “que pesa, esta gorda, esta buena para un caldo dominguero”.
Carmelina desde niña fue tianguera. Madrugaba con chorejas,
cajetas y rosca bañada, iba su canasto montado en un rollo de trapo usado
encima de la cabeza y en cuadril se acomodaba una batea covada con melcochas
colocadas una a una en hojas de naranjo agrio. Era un rollete amarillento,
trenzado con canela rallada y con sus caites guindados, enagua tallada
chillante, olorosa al natural, iba descalza vendiendo hasta Potosí y Belén.
Voceando decía la rosca bañada, la cosa de horno, choreja con miel, melcochas
frescas, la Carmelina anunciando y volvía alegre con su venta en un pañuelo
colorado en el atardecer acompañada de la música del llano, con el cantar de
los alcaravanes, el aullido del coyotal, búhos, ranas croando en los inviernos,
el viento y los vendavales. Por el barrio pasaba sonriente, descalza, sudada,
cantando y caminaba por las grietas del sonsocuite, desviando los jicarales y
aromales, ahuyentando zancudos y sus penas.
Con nostalgia contaba
que un día en un invierno lluvioso sintió un latir en su pecho, pronto la
hicieron mujer y se arrejuntó con Pancho y la partera viajó con prisa desde
Belén. - Dos queresas me pusieron – lo decía sonriente con picardía mestiza y
la familia empezó a crecer. Dimas, bueno y el mayor rebelde, pasaron los años y
en un verano su hombre vendió la carreta con todo y clavija, pegador cadena,
yugos y bueyes, la chancha negra parindera y la vaquilla baya y viajó a
Parritas a las bananeras ticas. Nunca volvió. Se lo tragó la tierra y con
lágrimas en sus ojos negros, pequeños, la Carmelina decía que no era por celos
su llanto, pero el Pancho estaba con otra.
Ella siguió en su
andar con sus cipotes matacanes, curtiéndose en los soles con sus canastos,
lanzando el atarraya en los esteros, corriendo a la par de sus perros por los
rascaderos de las iguanas y hoyando en las madrigueras cusuqueando, ya viajaba
por las tardes con congoja con dos octavos de cañita adentro. Vivía con su
nostalgia estoica, alegre.
Mi familia viajó por
las veredas del entorno de mi barrio. Ella nos acompañó a caballo y en carreta
al charco y al lago.
Carmelina fue una
campesina sincera, natural como las flores, no dejó su playa, ni su llano árido
por congojas. Fue amiga, luchadora… pero un día… vencida… la muerte llegó a su
rancho. Entró… no habían puertas y los gallos dejaron de cantar esa madrugada
encima del madroño envejecido con ella. Las avispas rosadas se marchitaron de
tristeza, cayeron los pétalos de los malinches. Muchos amigos. Nunca estuvo
sola. Tronaron con el viento los horcones y las tejas. El cielo lloró brisando,
se apagaron para siempre el horno y los fogones, ella yacía dormida para no
despertar en su hamaca, cobijada con la blanca manta almidonada y los lugareños
del camino real la envolvieron con todo y su hamaca vieja de burillos a la
orilla de su madre y su Dimas, en un hoyo en el patio cerca del limón, la
taparon en silencio. Ella en su último viaje no caminó. Voló como las aves por
los cielos dejando sus caites, su espíritu Náhuatl.
Dicen que la han
visto por sus rincones, que sus perros de pena se hicieron monteros y lloran y
olfatean buscando las iguanas, tortugas y sus huevos. Los alcaravanes por
manadas siguieron el rumbo del ave en un éxodo para buscar la raza Náhuatl.
Ella fue la última tianguera de mi barrio. Vendedora de melcochas, cazadora con
sus manos por instinto, caminante, madre abandonada. Fue un ejemplo, una amiga.
Yo aún la recuerdo limpiando pescados. En su horno, luchando dignamente en su
pobreza.
La gente vieja dice
que la Carmelina se hizo sombra, que vuela con las hojas secas, chifla con el
viento playero llamando a sus perros y arrea en las ramas las iguanas para que
caigan al suelo. Canta al pitero y se hunde en Ñocarime nadando en sus aguas
buscando pescados. Se ve en los caminos sin caites cuidando su barrio, llevando
canasto y batea, entra a su casa sin puertas, sin techo, ni horcones, ni gente,
árboles muertos, sin flores, vaga por el llano botando jícaros maduros y a la
orilla del tronco viejo del limón se entierra, cual tortuga tapadera con la
luna llena y el aullido en manada de los coyotes al acecho.
XVI Alameda de mangos
Las alamedas son un
recuerdo, símbolo de un paisaje de árboles coposos sonriendo con el viento,
regalando frescura y verdor a las sombras que oscurecieron los túneles en los
caminos. Hileras arrullando, leyendas de naturaleza viva, ecología colonial que
adorna mi viejo Rivas.
Paraste vientos con
tu follaje denso y tus ramajes cayendo tocando los suelos, llenos de flores en
tus botones ramilleteando y tus racimos colgados en cienes de pecíolos largos,
aguantando tus gajos, que bailaban en la brisa cuajando las cosechas de tus
preciados frutos, creciendo al ritmo del canto de los pájaros, y en el entorno
de tu misma sombra.
Mangos que cortaron
pintando sazones los abuelos para las huacas y los caídos maduros que
desprendiste para seguir viviendo y continuar cosechando y que recogimos años y
años como una tradición, mangueando en las entradas, en los caminos. Saboreando
tu amarilla carnosidad pulposa, agarrada y tejida por los hilos como mechas,
que insertaste entre los dientes en las bocas de pobres y ricos y tu
maravillosa fructuosa que empapaste los labios y ensuciaste caras de niños
dando lo dulce de tus entrañas, el sabor de exquisitez y el pellejo de tu piel manchada
con camanances de sonrisa, lunareado en negro y sonrosado suave con el brillo
dorado robado al sol.
Alamedas y mangos en
las alamedas creciendo, floreando, cubriendo el valle, viniste hace siglos. Te
hiciste natural como en tu clima y navegaste con la vela viajando al vaivén de
las olas salpicadas por la sal. Fuiste semilla cortada en la India y maduraste
en tu viaje desde lejos y los que te llevaron a Europa te condujeron en nuevo
viaje hacia América. Eres diferente a otras de tu especie y por ello te
quedaste como el indio caminante, el Quiribí, el Chorotega, el Nicaragua, que
llegaron por las selvas y te reprodujiste rápido como ellos cuando caes y tu
pulpa con el sol se enchicha y la humedad hincha tu germen rompiendo tu
endocarpio y te abres en embrión y la esencia de tu simiente echa raíces entre
la hojarasca que botaste y la fuiste creando y penetraste muy abajo con tus
raíces para buscar agua y nutrientes y formar el torrente de tu savia.
Mango indio mechudo,
llegaste al istmo y lo poblaste, guareciste con tu sombra los caminos soleados
de este trópico uniendo con hileras estos pueblos, amainando el polvoriento
caminar y para contener con exuberancia el arrebato de los vientos que herían
las hojas de los cacaos y también las del añil y los protegiste siglos
calladamente indispensable, salvándolos de las tormentas, de las tempestades,
del viento playero que sopla injurioso y por ello te sembraron seguido pegando
tu tronco con tu hermano. Creciste vigoroso, alto buscando el sol que necesitas
y tu cáscara cubriendo tu grueso tallo aguantó el hacha, el machetazo
despiadado, el alambre con la grapa clavándote, que como paradoja, recuerda las
espinas que ciñeron la corona al Cristo Nazareno.
Mango indio mechudo, llegaste al istmo y lo
poblaste, guareciste con tu sombra los caminos soleados de este trópico uniendo
con hileras estos pueblos, amainando el polvoriento caminar y para contener con
exuberancia el arrebato de los vientos que herían las hojas de los cacaos y
también las del añil y los protegiste siglos calladamente indispensable,
salvándolos de las tormentas, de las tempestades, del viento playero que sopla
injurioso y por ello te sembraron seguido pegando tu tronco con tu hermano.
Creciste vigoroso, alto buscando el sol que necesitas y tu cáscara cubriendo tu
grueso tallo aguantó el hacha, el machetazo despiadado, el alambre con la grapa
clavándote, que como paradoja, recuerda las espinas que ciñeron la corona al
Cristo Nazareno.
Eres el
manjar nuevo llegado al istmo, con Teobroma Cacao te comparan, el, la bebida de
los dioses y tu índigo mango el manjar, el olor que atrae promesantes que
buscan a Jesús en Popoyuapa.
Protegiste
silencioso, fuiste nido del huevo de las aves y alimentaste hasta semovientes y
hormigas, meciéndote en las ráfagas del viento te hiciste con el cacao
inseparable llegando a ser fiel en la cadena de su vida. Igual lo hiciste con
el indígora añil, el azul tu coterráneo, el fue riqueza industrial por varios
siglos y tu cubriste calles, la sombra del pueblo, la del plantío, y el polvo
te ensuciaba pardo en el verano, los vientos no te doblegaron, te alzaste
vertical rameando coposo y tus raíces como pivotes penetrando hondo en
geotropismo entre las cenizas que muchas veces te blanquearon y aguantaste sin
sucumbir ante el humo de los volcanes y el de las quemas y en las sequías
viviste verde, cosechando.
Fue el hacha que te
hirió. Ella robó tu paisaje, arrancó la sombra y tu manjar viajó con las nubes
de las lluvias, que no caen. Las alamedas fueron cayendo vencidas,
entristeciendo los jilgueros. Hoy los zorzales sienten tu partida, los pichones
están sin nido, no picotean tus dorados frutos las aves y mis hijos no recogen
tus mieles, fuiste generoso, serviste envejeciendote. Tú y la alameda se
hicieron promesantes, te llenabas abundante de cosechas esparciendo por miles
de frutos en tus rondas, pagando tu promesa a Jesús del Rescate.
Las sendas
interminables con la majestuosidad de tus techos verdes y tus guirnaldas de
pequeñas flores fueron testigo del transitar de un pueblo que emergía en su
progreso y sentiste por igual el ruido del crujir de las llantas de las
carretas, los cascos y pezuñas y pies de los que se detenían en tu sombra en
los arreos, en los sesteos y cuántos soldados en las guerras amontonaron sus
rifles en tu tronco haciendo un alto y manguearon en tus rondas y llegaron con
hambre por las mañanas y las tardes en las revueltas y huacalonas del acontecer
independentista, en la guerra nacional, en la defensa filibustera y en el vivir
como República.
Miles de árboles de tu paisaje iban cayendo,
morían las alamedas y los troncos se pudrían, desaparecieron las filas vivas y
los muertos formaban un recuerdo. Yo vi el hacha prendida en tu cuerpo,
sacándote astillas, haciendo la guía como cama en el tronco para que cayeras
ayudado por el viento que contenías, brincaban los pedazos de tus linfas y el
filo se hundía zanjeando tu madera blanca amarillenta y el hacha cimbraba asida
en tus entrañas dando su filo contra lo fino de tu duramen que escondían los
vasos por donde ascendía la savia de tu alimento.
Fui testigo del afán
del hachero y oí el grito del dueño cuando te derrumbaban porque sembrado
fuiste en tierra ajena, como sudaban hachándote y la herida a bisel en tu
contorno, iban abarcando consumiendo tu resistencia y tú estoico adolorido con
el golpe vibrabas pringando los hombros y la cara con astillas y crujiste
inclinándote, para caer de cuajo acostado y por el golpe mortal de tu caída, se
desfloronaron tus gajos con los ganchos y tus follajes con los nidos, tu largo
tronco se reventó saltando y para colmo no te respetaron yaciendo tendido,
moribundo te separaron descornándote de tus ramas llenas de hojas con las que
respiraste y te hendieron freso en rajas y te estibaron en marcos largos para
venderte seco como leña.
Paisaje convertido en
humo, manjar olvidado, fuego en reemplazo de tu sombra, ceniza que el viento
esparció porque no huiste, te quedaste con los remolinos y las tolvaneras como
el indio caminante en la conquista, él luchó, tú no pudiste y fuiste un muerto
a mansalva diciendo adiós cayendo con el viento. Cuando volverás para que seas
alameda y en las alamedas los mangos cargados en el túnel de la verde oscura
sombra protectora, vuelve para que la lluvia caiga, para tenerte como ecología
por tu paisaje, la cadena de la vida reclama tu sombra, tu alimento y el manjar
de tu dulzura fruteando para mis hijos, vuelve para que otra vez pagues tu
promesa en Popoyuapa.
XVII
Por el rescate de la
comedia
“La novia de tola” Crónica de la
comedia.
Pre-ámbulo
La comedia de “la
Novia de Tola” y su dicho popularizado “te quedaste como la Novia de Tola”, son
contenidos de intrínseca correspondencia.
Se unen entre sí por el argot. Inseparables se envuelven con el sentido
metafórico del acontecer popular, resguardando la memoria del tiempo, en su
originalidad.
Un drama humano, vivencial, trazado en el
rutinar de una espontánea expresión popular, en ciernes en la formación
modelando un destino. Fondo y forma
El diálogo contado
por el poeta Alberto Ordoñez (Q.E.P.D), escrito hará unos tres cuartos de
siglos fue un hecho real ocurrido, un sainete suscitado entre frondas, en una
época de expansión vernácula que el recogiera en el anecdotario del tiempo, en
el entorno de parajes de la geografía de poblados y comarcas rivenses,
cercanas, similares, Tola, Nancimí y Belén.
Las parentelas
familiares con orígenes de similares antepasados. Una mezcla de descendientes,
Ruices, Gazos, Pérez, Rodríguez… numerosos campesinos hacendados y finqueros
con el arraigo de pobladores y del cultivar de la tierra. Todos primos, tíos,
sobrinos, compadres y comadres y otros tantos amigos lugareños conocidos por
sus nombres y apodos.
En el ir del tiempo
las montañas se iban acotando, caían con el hacha. El poblador se había
identificado con los vallecitos, lomas y picos en la sierra, ríos, caminos y
cruzadas en todos los senderos, en el arriba y abajo signos vitales de la
orientación en el viajar antiguo. Mar y tierra adentro, nacimiento y puesta del
sol, caza y pesca y en la rutina el gorjeo de las avecillas, el guis y el salta
piñuelas, pululando en un bullicio. Las voces de la naturaleza el sonido
vibrante de la selva, un aleteo pausado de las aves pescadoras que en cruzadas
vuelan campos, arados y montañas, bahías y mares bravos.
Los aullidos de
coyotes y perros cuidanderos. El murmullo de las aguas en las corrientes, un
contraste con el silbido del viento entre ramas y varillas. Ese era el entorno
del ambiente musicalizado, con los mugidos del ganado en su apacentar en vegas
y potreros y su estar en los sesteos sombreados en las orillas secas donde
rumeaban echados.
Ahí nace cobijada por
esos páramos como escondida entre el silencio de la noche y brota como
manantial, la epopeya de “la Novia de Tola”. Los candiles alumbraban las
ranchas. Un descanso nocturno a las anchas y de puertas solo de empujar. El
conjuro de un embrujo como el humo penetró en una humilde choza se agazapa a
hurtadillas en una mente adolorida por el amor. Canta el búho, se oye un rugido
claro, amenazante un felino con hambre cruza, la hoja seca en la vega truena, se
oye un cras, una carrera y la venada busca en vano a su cría que avisa en su
último berreo. Hay silencio de nuevo cuando en las lejanías en dirección de
Brito, el mar suena con sus tumbos en la llena grande de luna nueva.
La cita del amor
Ellos eran dos jóvenes
(hembra y macho). Un argot campesino modelado por la unión de hecho, una
primacía sutil del maridaje social, que imperaba en ese entonces, Tola y
Nancimí integrándose.
Un amor platónico en
el noviazgo puro y la decisión de pareja de transformar la tiniebla de la noche
en su nicho de amor, ese fue el refugio y la vega del río con su poza fue el
incómodo tapexco, quisieron así ocultarse y se alojaron en su pasión.
En el rubor del alma
de ella, dormía la astucia innata de la mujer, la búsqueda de ser amada, amar y
poseída, un influjo de seducción asoma, clama en silencio la influencia de la
bruja del pueblo. Una amiga la incita, ambas hacen un plan que sería objeto de
un hechizo inevitable, que incluía la invitación de una despedida, es el inicio de la disputa del hombre amado,
quien también era el novio, el prometido de la hija del Alcalde.
El río de Nancimí
corría desaguando en su afluencia al de Tola. Una brisa atardeciendo humedece,
refrescante en el preludio del invierno, el sol iba cayendo, empezando a
ocultarse.
Amor y pasión juntos
y se enciende con fulgor la llama en el romance. En la cita no hubo espera,
ella cumplió como él quería, hora y lugar, en una vuelta del río, donde no
habían casas, más allá del trío en el camino donde el sacuanjoche florece,
cerca de un nance para pepenar, y las raíces del espavel se hundían en el
calpul y rozaban el agua de una hermosa poza.
Ella era una casi
quinceañera, con sus púbicos aún imberbes, sus pechos apenas afloraban,
sonriente de alegría ella le pregunta: “me querés, estás seguro, verdad que no
me abandonarás después”. El, Don Juan, el hijo del dueño de la única tienda del
pueblo sonríe y sorprendido le dice “¿y vos Trigueña que crees?”. Los ojos se le humedecen y con voz vacilante
increpa “y tu novia”, y él responde “cual?”, y ella le dice “acaso no comentan
en la comarca de tu boda”, él calla, ignora la pregunta, hay un forcejeo, el
llanto, un no me toques y de pronto los besos y las caricias van despejando las
dudas. Ya no importa preguntar por la otra. Todo fluye con el amor, los inspira
la corriente, los empuja la libertad. Un deseo mutuo determina, nada puede
detener el calor en ambos cuerpos. Ella lucía con la gracia de la sencillez, un
cuerpo tierno, puro desnudo al aire libre, tan solo dos trenzas hechas. El
idilio es al natural, los dos vibran fundidos en abrazos, se besan incesantes y
nadan en la poza de la pasión con desenfreno.
Una gota como hilo
enrojece tenue el ir de la corriente. Hay pudor y reflexión en su sentimiento
de hembra, en lo oscuro casi a tientas se pregunta y ahora que, al que dirán,
se acuerda de su madre y se pregunta cómo le digo… por instantes palpita, tiembla,
y las dudas inquietantes, el miedo, estremecida dice, “lo hice”…dolor e
inocencia desvarío, de pronto son envueltos por la emoción y desvaneciendo
angustias clama “soy ya mujer”. Todo como una hoja cae en la cascada, va
desapareciendo el hilo de sangre mezclado con el humus de la tierra y entre
chirridos de las chicharras, en una noche de verano, un mono curioso despierta
y más rápido que vuela cruza por el ramerío, cual techo improvisado y detrás
del cerro de frente en la montaña, en su cima se ve un arrebol que asoma, las
sombras se habían ocultado rápido. El sol enrojecido se esconde, el caballo
apersogado con resoplidos, el manto de la oscurana esperaba la salida de la
luna.
Una vez más y se
duermen abrazados para que las quiebra platas los alumbren tendidos en la
arena, al lado de la poza cual testigo. Exhaustos, satisfechos, se cubren con
la tiniebla, envueltos en las brumas y sus caricias, un hasta mañana y al
despertar caminan sedientos todavía en la búsqueda cada cual de su hogar. En la
despedida frente a frente ambos juntan sus suspiros viven el momento, palpitan
al unísono, sudan igual y entre caricias, besos, y sobijos se calman, entonces,
se oye un te amo de él, una voz suave y dulce que se acomoda en el sentimiento,
ella le expresa yo también Juan y en instantes la citas nuevas, más amor, y así
fue una y otra vez.
Los dos caminan ya
vestidos, un desvelo acaricia sus rostros, ella va a su choza cerca del
piñuelar al otro lado del río, a su casa paternal, ella temblando con pudor
susurra y entra con sigilo a su rancha y él como si nada, sonríe, en silencio
dice “lo hice y que”, desensilla su caballo de paso trote, bostezando chifla
ahuyentando el sueño, quita la jáquima y arrea su rocío hacia el potrero. El
machismo fue más fuerte ante las flaquezas de la chavala campesina, la
infidelidad con el noviazgo surge, cuál de las dos será la despreciada.
Los cuentos van y
vienen recorriendo los caseríos, la influencia ajena opinando, la inquina, el
mal ejemplo decían unos y los otros expresaban el estigma de la virginidad
perdida. El costumbrismo que reza a todas les llega, para eso fue criada la
mujer. Todas y todos formando una cadena popularizante de una epopeya, que no
era ni la primera ni sería la última.
Ella era virgen, una
niña en el camino a la adolescencia, frágil. El, un macho creyendo usar la
picardía, todo amalgamando una sociedad rural empezando a contar su
trascendencia, diríase un viento popularis llegando, un suceso que marcó el
espíritu de la idiosincrasia, amocepada, compartiendo doble moral. Una
ocurrencia que el pueblo acogió con estoicismo, un desdén colectivizado y el
grito se hizo simpático, el pregonero gritaba “te quedaste como la Novia de
Tola” y se fue acomodando a la realidad efusiva del vivir, del bromear, y
corrió con su hilaridad como un fuego en el verano. Vox populis
Los comentarios de la
huida de los muchachos habían llegado a todas las comarcas, la gente hablaba
del casorio del señorito Don Juan, con la hija del Alcalde. Ambas familias
representaban riquezas y se decía que era un matrimonio arreglado para sostener
el capital de los dos más ricos del pueblo.
En cambio la trigueña
era pobre, humilde, una cipota criada solamente por su madre que se había
entregado sólo por amor y de pronto el prejuicio de ser burlada, unos opinaban,
no es justo que la abandone, y los otros decían que ella sabía quién era él.
La boda había dejado
de ser una duda, se habían pagado las dispensas y las amonestaciones en la
curia, el pedido de la mano estaba hecho y la lista de los invitados ya había
circulado, se daba por un hecho el casorio. La bruja de Nancimí ofrecía sus
servicios en la búsqueda del desquite. Astucia y picardía y la creencia en los
poderes supuestos de Ña Serapia de parte
de la madre de la campesina, que tales asegurarían la protección que era
necesaria para que la novia quedara plantada en la entrada de la iglesia de
Belén.
La novia de
Tola, llora desconsolada en la Iglesia del pueblo
Ya los alfileres
viejos estaban guardados en una vieja caja sucia, la cera del muñeco era de
jicote nuevo, la bruja cantaba la oración maléfica y acariciaba con sus dedos,
con uñas largas llenas de tierra, los pelos ajuntados sacados de un sombrero de
Don Juan. En unos potes estaban los brebajes y los menjunjes, untos,
revoltijos, aguas coloreadas con achiotes y más. Todo esperaba que alguien
confirmara el embrujo y la vieja vestía una raída enagua, un pañuelo en el pelo
enredado y su cara toda pintorresquiada tratando de dar ínfulas de su poder de
ultratumba.
El pueblo de nuevo
despertaba era un alba que anunciaban las carretas, los bueyes pujaban entre
gritos en las trepadas y los que chuceaban guiando las yuntas que salían rumbo
a Rivas, Las Salinas, Belén,… la paciencia
era una manera de actuar en esa época quizás la influencia del trajín de la
carreta en su lento viajar, con la pausa de su monotonía en el rutinar, había
influido en los comarcanos, los cercos alambrados y de piñuelas, seguían las
rondas y lindes iban contorneando los recodos en los recovecos del río. El ir
de las alamedas cubriendo las vegas, las ramas bajeras por donde asomaba un
huerterío y la vivencia, no faltaba un chiquero, el traspatio de apersogue del
caballo y los bueyes y las ramadas con guate para la bueyada.
Un estar sencillo,
refrescado por almendros y espabeles, un ambiente forjando un bucolía de vigor
y vida, trabajo y alegría y las guitarras guindaban de los horcones con las
cuerdas desafinadas, alguien cantaba y rascaba la suya buscando el tono, la
afinada y se oía el canto del pitero, la canción del niño que su madre dormía y
la del hombre abandonado con el corazón partido y luego bostezando dormían en
su hamaca amarrada.
Lo pintoresco de la
tradición del costumbrismo, corre con la brisa que empuja la hojarasca, va por
hoyadas, surca cañadas arreando codornices, asusta perdices, vuelan alto las
pavas y el guardabarranco con el chocoyo vuelan, chilla la urraca, peleando y
en las ramas de un coco alto y viejo se mueven colgando los nidos de las
oropéndolas y ahí en ese desparpajo va cabalgando con la bulla y el viento,
resuena “te quedaste como la Novia de Tola”.
El lugareño al
madrugar lleva su morral frío, machete, calabazo y bordón. Amontona la basura y
quema los montones en su fajina mañanera y se echa en su boca su tuco de dulce
de rapadura, saborea su toma del tinto café ralo y toma una bocanada de tibio
con sal, ese fue un aliño, su puntal. En su limpia hundía el espeque golpe a
golpe tiraba la semilla en el hoyo, que tapaba en seco esperando el aguacero y
tardeando la fajina para completar el día, trabajo que hacía en la huerta
preparando su postrera.
Mientras las mujeres
lavaban en la poza, el comentario era igual, la boda y la otra abandonada dos
bandos discutiendo y los gallos cantaban de madrugada encima del caimito donde
crecía la chaya revuelta con la pitahaya criolla, gallinas chirizas y
chiricanas con las culecas rascaban y los polluelos con las búlicas picaban la
payana. El gallo machucaba, los pollos matacanes empezaban a cantar ronco y
tras el cacaraqueo de la gallina el huevo y el cuillo del chancho coquimbo, iba
en el trío al río. Desenlace
Los arreglos de la
boda eran toda una noticia importante. La burla a la trigueña ya se daba por un
hecho, la bruja estaba callada, había congoja y la gente preguntaba a donde
está el poder de la bruja, ese ya está casado, no hay vuelta de hoja. Estaba
triste la madre consolando a su hija, quien soñaba un vestido nuevo de organza
o tafetán. Al menos a ella su primer hombre le construyó su posada, un rancho,
después se fue con otra y las abandonó.
En cambio la novia se
sentía ganadora, hacía gala y menospreciaba a su rival, con orgullo comentaba
del arreglo de la iglesia, los adornos y recuerdos, un fotógrafo llegaría al
acto desde Rivas, y el Alcalde había invitado a los funcionarios de todo el
departamento.
El cortejo sería
integrado con doce muchachas. Todas vestidas de rojo chillante y borlas claras,
el diseño era igual para todo el grupo y la costurera de Rivas ya había tomado
las medidas y llevado a cabo los ajustes, tela, hilo, encajes, tela de fustán y
todo ya estaba comprado.
Muchos de los
invitados tenían sus mudadas y zapatos nuevos. Las listas de carretas y de los
grupos que viajarían a caballo se conocían. Era público el detalle del vestido
que había sido traído de Granada y las mujeres hablaban del peinado, de la
peineta de carey, del ramo de flores con un toque alegre de buganvilias, del
jardín del cura y las frescas y olorosas cortadas en su casa del jazmín del
cabo.
Todo lo de las
viandas, las doce gallinas rellenas, los henchidos, carnes tapadas y asadas, de
chancho, res y ave toda estaba contratado. El día estaba arreglado un sábado
antes de los bautizos y las confirmas, que se hacían con la llegada del Obispo,
la iglesia parroquial de Belén era la escogida para el acto, porque aún Tola de
ella dependía en lo eclesial, la especulación crecía, igual los comentarios,
nadie se atrevía a decir que Don Juan se iba a sentar para atrás. Los bandos
aumentaban, claro un acontecimiento que ya le llamaban la boda del año y una
chavala compitiendo en medio de su pobreza ante una novia adinerada, aquello
debió ser extravagante, en una sociedad tan conservadora, ya que la hija del
Alcalde estaba bien apoyada, en cambio la joven amancebada sufría, pero se
comportaba con altivez y luchaba para quedarse con él.
Aquello era un “aura
popularis”, dirían los antiguos griegos y latinos. Un grupo exaltaba los dotes
del muchacho, hablaban de su hombría y suerte de tunante, bueno a las mujeres,
pícaro, piropero y parrandero. Los músicos de la filarmónica llegarían a la
fiesta desde Rivas, porque el Alcalde el gran suegro, así lo había preparado y
los cuetes comprados en granada, habían sido traídos en el Vapor Victoria. La
pólvora fue calculada a tres cargas por cada carreta incluyendo los montados,
más los tirados con la música típica promocionada al momento de entrar la novia
a la iglesia y además se reventarían bombas detonadas en el atrio y se le daba
guaro a todos los chambelanes y comida al visitante. Realce al poeta y su obra
El poeta Ordóñez
(Q.E.P.D.), dejó para la posteridad la obra “lá Novia de Tola”. En su trabajo
literario, demuestra que fue dueño de metáforas con marcada espontaneidad. En
su escrito realiza una trama con un lenguaje costumbrista, reseñando el vivir
con un contenido penetrado de malicia y picardía, que en una prosa fluida, sorprende al lector. Es un relato humanizador
que sigue siendo actual en el desarrollo de las sociedades y no escapa a la
hilaridad, cuando crea para su presentación artística, un elenco donde
participan diversos personajes que también se visten a la usanza de la época.
El centra el fondo en el drama y
trama, no en la novia que al final queda en espera del novio en el altar, sino
en la joven amancebaba, pobre y en la astucia que la hace motivar un plan para
retener el viaje de su galán a la iglesia, lo embriaga y logra quedarse con él.
La fluidez del idioma en su trabajo está caracterizado por el influjo de un
Nahualt inserto, y se permitió la propalación de su obra teatral, un clásico nacional,
que hoy llega hasta el ámbito internacional.
El tema de la obra es
un reflejo de lo vivido en una época de aglutinación social, de mera realidad
rural. El dicho nace y une al nicaragüense y se oye en cualquier parte del
mundo donde habite. Esto nos recuerda la expresión magistral de Virgilio en la
Encida III, 121, en donde el filósofo y poeta latino expresara “la rapidez con
que se extiende una noticia”. Así logra retrotraer del tiempo antiguo esa
axiomática y pudo desarrollar su obra en forma oportuna In situ con sentir
autóctono extrajo un argot real y lo dimensionó para una forma volat de la
comedia criolla. Así la obra se baña con el populismo primero en Rivas y
prontamente se va extendiendo como una nube de nicaragüensidad, fue
coincidente, con el mismo Virgilio, cuando este relata en las Geórgicas, 119,
en donde este gran pensador, celebra la felicidad al igual de aquellos con
espíritu vigoroso y penetra los secretos
de la naturaleza y se sirve así, sobre las opiniones de los demás.
Ordóñez, con su
originalidad mestiza, nacido en las arboledas de las alamedas de mangos, que
cuidan con su frondosidad del viento primero al cacao siglos atrás y hoy al
plátano. Afina su pluma de escritor y poeta y se apropia del entorno, lugar del
pueblo y canta un español nahualtlizado perenniza la expresión del habla, que
aún transita hacia el Castellano.
La entrada de la novia
La iglesia de Belén
estaba llena, en naves y atrios, olía a pólvora reventada, los cohetes
silbantes y los invitados y curiosos hablaban, las campanas llamaban repicando
una y otra vez. La novia en el altar esperaba sofocada por los ajustes de la
ropa interior y el marinaquis, abultaba la enagua del vestido color blanco con
encajes, mucha gente salía y entraba, los invitados impacientes sudaban, el
murmullo, el novio no llegaba. Todo listo, la espera, la angustia de la novia,
su papá el Alcalde ido veía hacia la entrada esperando la presencia, la familia
del novio también extrañados se encogían de hombros. El sacerdote listo,
vestido con sus atuendos, la campanita, el incienso, la mirra, esperaba…
De pronto una voz
afuera grita “ñor Alcalde, ñor Alcalde”, era un chavalo enviado que con voz
asustada decía: “Don Juan, Don Juan se fue”, Don Juan atrapado con la moza con
el embrujo y el engaño por amor, lo retuvo. Ellos van corriendo en su caballo,
ella en la polca, la joven del piñuelar había ganado y ya se bañaban en su
poza. Dicen que se amaron, tuvieron una prole. La novia quiso que el destino le
marcara y también tuvo su hogar. Fue un final entrecortado en la felicidad,
diseñado por sucesos que así pasan, nadie fue culpable, nadie infeliz, sólo
sobresaltos y los cuentos siguen viajando con el viento, y la obra se incorporó
a la cultura nacional.
Virgilio dijo: Félix
qui potuit rerum comnoscere causas y el ya también ido el Panida de Buenos
Aires sigue diciendo con la voz del pueblo: “te quedaste como la Novia de Tola”
EPÍLOGO
|
E |
l istmo de Rivas fue la tierra predestinada de los
Nahualt,
cuando llegaron al volver la vista hacia
aquel inmenso lago con dos volcanes se encontraron con las señales inequívocas
descritas en la profecía del Alfaki.
El istmo de Rivas era un verdadero puente para
las antiguas migraciones precolombinas, los primeros pobladores fueron los
Kiribisis quienes fueron llamados huidores y fueron expulsados a las islas del
lago y mas allá y en el Caribe se mezclaron con tribus antillanas y así los
Misquitos emergen conservando su lengua Chontal, luego los Chibchas y
Chorotegas, que fueron vencidos por los
Nahuatl quienes se asentaron y bautizaron este lugar con el nombre de NICAN
NAHUALT que significa hasta aquí los
Nahualt.
Cuando vinieron los europeos quedaron
maravillados ante el asombro de la naturaleza pasando del trópico seco al
trópico húmedo, poblado de indígenas, con quienes dialogaron y luego pusieron
sus fueros. Fue nombrado como valle de
Nicaragua durante la colonia y años más tarde un 19 de septiembre de 1783
elevada a villa de la purísima Concepción de Rivas de Nicaragua.
Por estar situado en un lugar privilegiado en
nuestra geografía Nacional, el Istmo de Rivas fue importante corredor de
tránsito en la colonia, el amplio istmo que separa las aguas del Océano
Pacífico con las del lago de Nicaragua, por su parte más estrecha mide 18
Km, lo que ha despertado durante muchos
años, el sueño de un Canal interoceánico que daría acceso fácil de uno a otro
mar, para el comercio de los hemisferios.
William Wells un
ilustre periodista norteamericano, viajando de San Juan del sur a Rivas en
tiempos de la ruta del tránsito, anotó
en su diario nombrando a este istmo de Rivas “Jardín del mundo”. El Presidente de Nicaragua General Tomás
Martínez en uno de sus mensajes la llamó “Jardín
de la república, joya preciosa, esmeralda de imponderable valor, tierra de
promisión. Cabe destacar al historiador rivense Don Sofonías Salvatierra en
su Post Scriptum Antología de Poetas rivenses, la llamó “Rivas la chica bien
del medio día nicaragüense y en el décimo nono independiente”.
En su periplo desde
la prístina historia del istmo rivense, cuna del Cacique de Nicaragua, Agustin De Jesus Lacayo Vanegas titula su
primer libro “mi tierra: Istmo de encanto”, una obra literaria criolla del
folklore Nicaragüense con un caudal léxico y un lenguaje de la cultura mestiza,
un himno a la naturaleza y a la vida rural donde se mezcla la leyenda y poesía,
con tonalidades musicales como si fueran narradas en voz alta.
Una prosa ecológica
con una sabia reflexión del medio ambiente, la abundancia de palabras de la
flora y fauna, fotografías escritas con bellos adjetivos; toda una lectura
excitante, ubicándonos en un tiempo determinado de la historia de las haciendas
coloniales. La ciudad de Rivas empezó a nacer en 1607 cuando los hacendados de
la comarca recibieron la autorización del obispo para fundar una parroquia junto a la abundancia de vida acumulada
comenzó a formalizarse como una ciudad y
la más importante de Nicaragua.
“Mi
tierra: Istmo de encanto”, es una obra literaria enraizada en la libertad
de los mestizajes lingüísticos y de lo real maravilloso, las tradiciones en
viejas haciendas por caminos carreteros,
veredas y trochas, todo ello, Influido por la vida rural hípica y ganadera, y
contiene también con mucho humor y picardía un refranero de bombas, coplas,
sainetes y bailes; es decir una obra de teatro
para recrear el enamoramiento fiestero costumbrista de la época
colonial.
El autor da un gran valor descriptivo a la
vida bucólica; una narrativa con un lenguaje muy humano para comunicar sus sentimientos y contar el
pasado de su infancia, en su prosa de
mis vivencias, están escrita de una forma tan natural, en un ambiente campesino
que son testimonios anecdóticos del autor, un personaje como Carmelina es un
paradigma de una prosa recién alumbrada toda una hazaña literaria como bien
decía el poeta rivense Alvaro Urtecho: “Agustín Lacayo Vanegas tiene una prosa
bellísima de la América aborigen y panamericana”.
Bien podemos concluir
que esta obra es un aporte del lenguaje antropológico de la literatura a
nuestro acervo cultural Nicaragüense.
Leonel Lacayo Maliaño
Indice
Prosa Histórica y Costumbrista de la época colonial
I. Costumbrismo y
desarrollo de la época colonial........ 13
II. Coplas y
bombas: Un argot olvidado .......................... 22
Prosa ecológica................................................................. 35
III. Nace el lago
con su istmo, islas y volca nes........... 36
IV. El sitio de
los vivientes Nahuas................................... 44
V. La muerte del
corozal................................................... 55
VI. Ometepe y el
Istian...................................................... 58
VII. Simientes
forestales viajando..................................... 62
VIII. San Isidro
Labrador.................................................. 65
IX. La Mohosa ya
no truena.............................................. 73
X. Guacalito de
la Isla....................................................... 79
XI. El salto de
la boa en la quebrada................................. 82
XII. El Garañón
retinto...................................................... 93
XIII. La caza del venado................................................ 100
Prosa de mis vivencias................................................... 109
XIV. Mi barrio
rural Rancho Chico................................ 110
XV. Carmelina................................................................. 114
XVI. Alameda de
mangos............................................... 120
XVII. Por el
rescate de la................................................ 126
comedia de la
Novia de Tola.
Epílogo
Glosario náhuatl
Glosario
Náhuatl
Recopilación
Agustín de Jesús Lacayo Vanegas
A
•
Aborigen:
persona, animal o planta originaria de un lugar. Primitivo poblador.
•
Aderezo:
condimento que se agrega a una comida para dar sabor y color.
•
Adobe:
caldo o salsa para sazonar con vinagre, sal, orégano, ajo, achote, etc.
•
Agazapado:
agacharse o situarse escondido detrás de algo.
•
Agorrero:
que adivina por agueros o cree en ellos. Que predice males y desdichas.
•
Alcaraván:
ave palmípeda que grazna y corre en los llanos.
•
Al
cuadril: expresión de forma de chinear un niño con las manos indígenas que
lo soportaban en uno de los de la cintura.
•
Alfakin: adivinos,
especie de adivino, agoreros y conductores espirituales de los náhuatl.
•
Anzuelos:
garfio de metal para pescar con un cable. Se usa una carnada.
•
Añil:
arbusto que produce una pasta azul oscura se saca de tallos y hojas. Utilizada
para teñir algodones por el aborigen y fue el primer producto de exportación al
viejo continente.
•
Apataco:
náhuatl, tendal de ladrillo de baro.
Nombre de un poblado en San Jorge,
Rivas, Nicaragua.
•
Apompua:
náhuatl, donde el agua se hace lodo, donde se reparte el agua. • Arcano: tiempos muy antiguos.
•
Arco y
Flecha: instrumentos rudimentarios para soldados y casa. Muy antiguos.
•
Arrear: arreo,
robo de ganado. Estimular a las bestias con la voz, espuelas y el golpe. • Astagalpa: Astagalpa, del náhuatl que
significa sitio de las garzas.
•
Astral:
relativo a los astros.
•
Atarraya:
equipo tejido que se usa con plomo para pesar lanzándolo en forma abierta
circular al agua.
•
Atol,
Atoles: bebida hecha de harina de maíz y agua hervida. Origen náhuatl.
Actualmente se usa agregando leche.
•
Aullido:
grito agudo y prolongado que emiten algunos animales. Lobos, perros, coyotes.
•
Ayagualo:
nombre náhuatl dado al lago Cocibolca por los nicaraos.
B
•
Bisteot: náhuatl,
significa Dios.
•
Boca
chintana: expresión del vulgo. Boca sin dientes.
C
•
Cachuquine:
náhuatl, sinónimo de cacique.
•
Cacique:
nombre dado al jefe de tribu por los indígenas en América.
•
Calabaza:
recipiente para guardar liquido. Hecho con fruto de jícaro y ayote gigante.
Usado por los campesinos para llevar el agua a los campos de trabajo.
•
Calar:
alcanzar un buque determinada profundidad en el agua.
•
Cali:
náhuatl, significa casa.
•
Canalete:
remo de pala muy ancha, ovalada de mango corto.
•
Canoa:
embarcación estrecha y sin quilla, similar a la piragua.
•
Casqueo:
término usado en caballería. Movimiento del freno que el caballo hace con la
boca y rosa el bocado con los dientes y la lengua.
•
Castreo:
de la Mariola operación de sacar miel de un árbol silvestre.
•
Cenit:
punto en el cielo, que corresponde vertical a un observador. Punto culminante.
Momento de apogeo de una casa o una persona.
•
Centli:
náhuatl, significa mazorca de maíz.
•
Chapina: cojear
de un animal por daño parcial del casco y uña. Rencura animal.
•
Charco
verde: laguna en la isla de Ometepe, Rivas, Nicaragua; contiguo al lago
Cocibolca y al volcán Maderas.
•
Chicha:
bebida hecha de maíz utilizada por los nicaraos. Se alcoholiza por fermentación.
•
Chillidos:
alaridos agudos de los niños y de algunos animales.
•
Chilote:
maíz tierno, se consume como alimento en varias formas y combinaciones.
•
Chincaca:
nombre sutil dado por el pueblo a la pelvis.
•
Chinchorro:
parecido a la atarraya.
•
Chiniar: tomar
en brazo a un niño. Sentimiento maternal.
•
Chirizo: dícese
al pelo liso parado.
•
Chorotega:
náhuatl, tribus venidas de México a
Nicaragua en los anteriores
siglos de la llegada de los nicaraos.
•
Coat:
náhuatl, significa serpiente.
•
Comal:
disco de barro que se moldea usado en América Central para cocinar las
tortillas.
•
Cumbas: recipientes
hechas del fruto de jícaro. Uso antiguo para beber, los nicaraos los usaban
para beber el tibio y el pinol.
E
•
Elote:
fruto tierno del maíz que se come cocido o asado.
•
Espeque:
instrumento rudimentario hecho con punta de madera utilizado para siembra.
•
Espingarderos:
soldados que utilizan espingarda.
Fue utilizada contra los Nicaraguas por primera vez en Abril
de 1523.
G
•
Geogenia:
relativo a la evolución de la tierra.
•
Geórgica:
composición poética sobre la vida en
el campo.
•
Gil
González: uno de los conquistadores con rango de capitán. Se entrevistó con
el Cacique Nicaragua en la cruz de España en Rivas.
•
Gamalote:
zacate natural poco suculento que crece en las vegas de los ríos y en
humedales. Muy alto y tupido.
•
Graznar:
ruido que hacen algunos patos y aves.
•
Guano:
deyecciones de algunos patos y aves. Abono orgánico.
•
Güirila:
tortilla hecha con masa de maíz pujagua. Comida por los aborígenes.
H
•
Huacal: vasija
para tomar agua hecha de fruto de jícaro. Hombre grande, hombre alto. Bejuco
que crece en el trópico húmedo
I
•
Istian: náhuatl,
depresión entre los volcanes Concepcion y Maderas (galillo delintia) nombre del
rio que fluye en el istian.
L
•
Ladrillo
de alza: ladrillo de barro quemado para construcción de uso. Muy antiguo.
•
Lamas: tipo
de alga verde que crece en los ríos. Contaminación Eutrófica.
•
Liendre:
hembra de los piojos y niguas.
M
•
Macat: náhuatl,
significa venado.
•
Malinac:
náhuatl, significa mono.
•
Mecate de
guineo: expresión vulgar, cuerda rustica hecha de fibra retorcida de tallo
de guineo u otra musácea.
•
Misiste:
náhuatl, significa muerte.
•
Mixcoatl:
Dios de la caza.
•
Mixtlan:
náhuatl, significa lugar de los muertos en el firmamento.
N
•
Nahualapa:
rio que se esconde.
•
Nesquiza:
mezcla de cenizas con agua para revolver con el maíz cocido.
•
Niguas: parasito
que se introduce en los dedos de los pies. Satrófico que está en proceso de
desaparición. Produce una liendre que se desarrolla intrapellejo en la carne
humana.
Ñ
•
Ñoca: náhuatl,
significa tortuga.
•
Ñocarime:
náhuatl, ñoca, tortuga, e ime, donde, donde abundan las tortugas. Lagunas con
extensos humedales que está a la orilla del lago entre los municipios de Buenos
Aires y Potosí.
O
•
Oate: náhuatl,
significa águila.
•
Ocamote: náhuatl,
significa perro.
•
Ocelot: náhuatl,
tipo felino americano.
•
Olin:
náhuatl, significa movimiento.
•
Olmecas: tribus
muy antiguas en México.
• Ometepetl: náhuatl, significa entre
volcanes. Isla en el gran lago de Nicaragua coronada por dos cerros. Tierra
prometida que buscaron por siglos las tribus de los Nicaragua.
P
•
Pansaco: náhuatl,
pan, dio lugar. Tzacualli_adoratorio. Lugar de oración de algún ídolo.
•
Pedernal:
material duro utilizado en épocas primitivas para hacer fuego frotándose
entre sí.
•
Pejibaye:
planta de la familia de las palmeras que se caracteriza por tener su tallo
lleno de espinas largas, produce un racismo con frutos comestibles. Es del trópico
húmedo.
•
Petroglifos:
dibujos, signos y simbolos hechos por los indios grabados en roca.
•
Pinolillo:
bebida muy nicaragüense utilizada por los primitivos. Mezcla de maíz
tostado molido con cacao tostado y pimienta.
•
Piojo: ácaro
que vive en los cabellos de la cabeza, casi desaparecidos.
•
Popeaba:
hervía, brotaba, hacia popa.
•
Pozol: comida
original hecha con tamiz batido y hervido.
Q
•
Quatlcacolca:
poblado o calpul en San Jorge en el tiempo de los Nicaraguas. Capital de la
antigua
Nicaragua náhuatl
•
Queresa:
Huevos de Mosca que eclosionan en una herida y forman miasis. • Quespar: náhuatl, significa cuajipal.
•
Quiateot:
Dios de la lluvia, el trueno, el rayo y el relámpago de los náhuatles.
•
Quiauit:
náhuatl, significa lluvia.
S
•
Sapoa: náhuatl,
Sapo_Atl_Zapotl_Zapote_Alt_ Agua, rio de los zapotes.
•
Sieat: náhuatl,
significa lagarto.
•
Sintiope:
náhuatl, significa camino de mazorca.
Centli_mazorca de maíz y
Otli_camino. Nombre de una región central en la isla de Ometepe.
•
Soconusco:
región antigua en el centro de México desde donde se desprendieron los
chorotegas y los nahuas.
•
Solentiname:
náhuatl, somotename. Archipiélago de islas en el sur del lago de Nicaragua.
•
Sonsapote:
náhuatl, tzontli_cabello, zatoti_zapote. Zapote mechudo.
•
Sontol:
planta erecta, alta, tubular, poco suculenta que crece en los humedales. Sirve
para hacer esteras o asterias para dormir fue usada por los aborígenes.
•
Sucuyá: náhuatl,
xocotl,_fruta agria, y yan, lugar, xocoyan. Lugar donde hay jocotes.
T
•
Tajarrazos:
Manotón que da un animal provisto de uñas. Tajarrazos de león.
•
Tamal
pisque: hecho de maíz cocido en masa empacado en hoja de plátano. Comida
indígena.
•
Tapecat:
náhuatl, significa pedernal.
•
Tapisca:
náhuatl, significa doblada de maíz para que se seque la mazorca en la mata.
•
Teoca: poblado
en la región de San Jorge. Fue un calpul importante en la época precolombina.
•
Tepetl: náhuatl,
significa cerro o pueblo de los grandes cantaros.
•
Ternilla:
Llamada así por los ganaderos en la región de los ollares de la nariz y los
labios de la boca de una baca.
•
Tescuit: tuco
de tortilla. Expresión popular, un pedazo de tortilla.
•
Tezarit: náhuatl,
significa templo de adoracion. Un lugar para ceremonias idolatras.
•
Tichana:
náhuatl, significa agua fresca. Nombre de un poblado en la isla de Ometepe en
la región del volcán Maderas.
•
Tinajas: vasijas
hechas de barro moldeada a mano, utilizada por los antiguos para guardar agua
fresca.
•
Tiste:
similar al pinol, bebida antigua de los nicaraos.
•
Tligues: náhuatl,
significa negrito. Nombre de un pueblo en la isla de Ometepe.
•
Tonatiuh
Ixco: náhuatl, significa en el firmamento, en el que el sol da en la cara.
•
Tortillas:
tortas hechas con masa de maíz asadas en un comal. En sur América les llaman
arepas.
•
Toste:
náhuatl, significa conejo.
•
Tzontli:
náhuatl, significa cabello.
•
Tzuntecomatl:
náhuatl, significa cabeza y zapotl, zapote. Zapote con cabeza.
W
•
Waina:
cacique kiribí. Participó en la guerra cuando fueron expulsados del istmo de
Rivas por todos los chorotegas.
•
Wiscoyol:
planta silvestre de trópico seco de la familia bambusia con muchas espinas en
sus tallos erectos.
X
•
Xalte va:
antigua ciudad en Granada en donde se establecieron los españoles. Hoy un
barrio de la ciudad.
•
Xiuh-coatl:
náhuatl, xiuh_azul y coatl_serpiente. Serpiente azul.
•
Xochit: náhuatl,
significa flor.
•
Xólotl: náhuatl,
significa cocotal y telt cerro. Cerro del jocotal sosocoltepe.
•
Xoxoyta:
un calpul de los pueblos náhuatl en el valle.
Y
•
Yol
tamal: tipo de tamal hecho a base de pasta de maíz, se empaca en la tusa
(bráctea de maíz).
Z
•
Zapol: zapote
náhuatl.
Hurga,
aprende niña / goza en el jardín de tu
infancia / donde las mañanitas se abren,
Y enseñan su candor /
retoza en sus colores, el rojo y el
verde de tu esperanza /
Crece con el aroma y
sus fragancias, busca a Dios y camina entre sus paisajes.

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