Batalla de Rivas (1856)
Walker desembarco por la tarde del 27 de junio en las costas de gigante la idea de Walker era emprender la marcha al anochecer y estar en Rivas al amanecer, esta sería magnifica hora para comenzar el combate, pero al comenzar la noche se desata un gran aguacero…
Con todo eso Walker emprendió la marcha, pero ya no con la
pretensión de llegar a Rivas al amanecer; sino dormir en Tola y llegar a Rivas
al día siguiente,
Los rivense a la once de la noche recibieron la noticia, el
ataque se esperaba pronto y el pueblo se puso en movimiento. Se toco a
(Generala), que era el llamado para reunir tropa y prepararlas para el combate,
se dispararon cañonazos a los pueblos vecinos para que estuvieran preparados.
Un relato interesante que hizo el coronel Manuel Borge es el
siguiente “en Potosí al escuchar los cañonazos que era la señal, el cura
Santiago delgado a la cabeza con Salvador, y Manuel Borge avisándole a la
población que había que defender la
plaza de Rivas, y a las cuatro de las mañana estábamos de 25 hombres montados
unos, y a pie otros, recordando entre ellos al anciano Felipe Avilés y José
Antonio Vegas y los Jóvenes; Agustín
Delgado, Salvador cabeza, Abel Guerra Dolores Masis y Manuel Vega. Todos con voluntad para dar la
sangre por su pueblo.
A las once de la mañana se escuchó la voz de alarma “El
enemigo” esta era la señal que la falange democrática comandada por el
filibustero William Walker se encontraba en las puertas de la ciudad. Muy de
mañana Rivas se encontraba preparada para el combate que se avecinaba.
Walker explico su plan de ataque, la entrada seria por la
parte Norte, este era camino que conducía a Granada, el objeto era apoderarse
de las hacienda Santa Úrsula ,O Guadalupe(actual escuela de agricultura UNIAV).
Los rivenses al escuchar el grito el enemigo como un solo
hombre estaban presto a la defensa, el mayor Ortega se encontraba descansando
en la hacienda Santa Úrsula que era lugar donde vivía, se levanto presto a
montar su caballo y dirigirse a las filas de los primeros defensores.
Se divisaba un grupo de soldados democráticos que llegaba en
la línea recta hacia la hacienda santa Úrsula, en otro grupo de la falange
venían caminando sobre una zanja por el lado derecho pretendiendo atacar a los
defensores por sorpresa, estos venían agachados, eran alrededor de unos doce
americanos del norte, sus fusiles no llevaban bayonetas e inmediatamente los
legitimistas ordenaron abrir fuego contra el enemigo, cuando el Mayor Ortega le
comunico al coronel Estanislao Arguello que los rifles de los democráticos no
llevaban bayonetas, el coronel arguello le expreso que seguramente lo hacían
así porque traían la intención de practicar el sistema de guerrillas.
Y asi fue aquel combate.
Estábamos a doce o dieciséis metros de San Úrsula, y me informó que el
enemigo la atacó por dentro del lado de la casa de Espinosa, y que Francisco
Leal había muerto en la avanzada, pero que a su vez había matado a su agresor;
que los cadáveres que se, divisaban en
la grada de la puerta verde, cerca de donde estaba el enemigo, eran los del
joven Francisco Elizondo y el sargento.
Quise combinar con Argüello una carga a la casa, pero él,
poniéndose el dedo índice en su entrecejo, me dijo: «Yo pienso con lentitud y
ejecuto con rapidez, es máxima de Napoleón».
Visto era que
Argüello no abandonaría aquellas paredes, y me fui a otra parte en el ángulo
noreste de la ciudad había una avanzada, para que vigilase si los forajidos
aparecían por ese rumbo, y fuí a inspeccionarla. Allí me encontré con el
Coronel Borque, quien al verme, me dijo: «Nadie se ha aparecido de San Jorge,
no tenga cuidado, aquí estoy yo». Este Coronel me pareció otro tipo como el
Capitán Argüello.
La casa que ocupaba
Walker era la última de la manzana con casas; la siguiente al este, era larga,
desierta, sin casas _ni cercas, cubierta de yerbas y árboles de higuera, al
término de la cual, había una tapia de adobes, con unas troneras bajas, que yo
conocía bien; y tomé cuatro soldados y un cabo y los llevé.
Al llegar a la
esquina que debía atravesar, me encontré con que don Evaristo Carazo, Chamarra,
Gottel y otros amigos estaban allí, cubiertos con las paredes de la esquina;
les dije mi objeto y me atravesé rápido cubriendo a los soldados con mi
caballo.
Los coloqué en las
troneras, de las cuales comenzaron a hacer fuego; al regresar, Carazo y los
otros amigos me advirtieron con interés el peligro, y que me atravesara
corriendo; así lo hice, pero fijándome mucho hacia el punto de donde me
hicieron los disparos de las balas, pues pasaron silbando: dos brazos desnudos
habían salido por la ventana de la casa de Cubero, que estaba al frente de la
que ocupaban los yankees.
No cabía duda,
aquellos eran cazadores que nos habían asesinado a tantos hombres. Se lo
expliqué a aquellos amigos y estuvimos de acuerdo en que se les debía quitar la casa a todo trance,
porque sin esa atalaya no se podrían
sostener en la casa de Espinosa, porque
de allí se les atacaría de flanco, y de las claraboyas de la tapia, de frente,
dejándoles libre el otro flanco; para quitarnos de encima los rifles de
precisión y los cazadores, nos vinimos todos para donde don Eduardo, quien
estando de acuerdo nos acompañó al lugar por donde debía darse el asalto de la
casa de Cubero.
Se peleaba bajo la
lluvia; el terreno del intermedio que dividía las calles en que estaba la casa
de Espinosa de la en que estábamos era quebrado, de manera que no nos veíamos
los unos a los otros, estando fuera de la visual de los cazadores.
Para la operación
bastaban seis hombres de tropa, comandados por un oficial brioso y resuelto: se
presentó un joven Castillo, sobrino de don Eduardo, pero pareció conveniente
llamarles le atención por el occidente, al tiempo del asalto, y se le mandó un
ayudante al Capitán Argüello con este objeto; pero el ayudante lo halló aun
pensando en su máxima de Napoleón; y el joven Castillo, entendido de las
instrucciones del caso, partió cubierto por la vegetación, hasta unas cinco
varas distante del corredor_ de la casa; les hicieron una descarga de fusilería
y ellos huyeron, dando nuestra tropa un viva atronador, viva que se repitió en
todos los puestos ocupados por los nuestros en la ciudad y se reforzó con más
tropa la casa de Cubero.
La atalaya estaba en
nuestro poder y Walker perdido. Una lanza con una manta amarrada cerca de un
extremo que el joven Enmanuel Móngalo,
con gran determinación y valentía se presto de voluntario y se dirigió entrando
por dentro del corredor de la casa vecina de la que ocupaban los aventureros,
prendió empapada en petróleo, incendió las soleras y las cañas del techo,
pasándose las llamas a la casa de Espinosa, “El Mesón” que pronto quedó toda
ardiendo, y los filibusteros la abandonaron, huyendo por el lado noreste; y los
vencedores los persiguieron hasta el cerco de alambre de una hacienda de cacao
inmediata.
Al grito de
¡victoria! corrió todo el mundo a la casa de Espinosa; se agrupaba mucha gente
en torno de un objeto que se disputaban varios. Al acercarse el autor al grupo,
se encontró con el objetivo de la
disputa: era una caja barnizada que pesaba mucho, y suponían que contuviera
plata u oro; pero habiéndola roto por una esquina con una cutacha vieron que
estaba llena de paquetes de tiros de
rifle; me la mostraron, y la hice
conducir a mi oficina de la Mayoría, junto con una valija o papelera que tenía
la marca de William Walker y que también
habían roto los soldados.
Con don Eduardo, don
Evaristo y otros amigos, examiné el contenido de la papelera: los objetos más
importantes eran los documentos siguientes, y que leímos en voz alta: 19, el
contrato que Byron Cole había celebrado con don Pablo Carbajal, representante
del Gobierno provisorio de la revolución de Nicaragua etc.
William Walker no portaba su espada al cinto, ésta la
llevaba su ayudante, a quien en: la carrera se le pegaron las cadenas que le
servían de tiro en las púas del alambre con que estaba cercada la hacienda por
donde iban huyendo, y la recogió el sargento Sandoval que iba persiguiéndolos.
El sargento se
presentó a la Mayoría demandando al Coronel Borque, porque le había quitado la
espada alegando derecho a ella, porque siendo Walker Coronel, y Borque también
Coronel, a él le correspondía. El autor hizo venir la espada a su oficina, la
vaina era de acero y tenía grabado el nombre de William Walker en metal
amarillo; la faja tenía galón del mismo color, y los tiros eran de metal
galvanizado, dando a todo el color de oro.
Ortega, Arancibia.
40 años de Historia Nicaragüense

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