Pintura del encuentro entre Gil Gonzáles y el Cacique Nicaraghuac

Pintura del encuentro entre Gil Gonzáles y el Cacique Nicaraghuac
Pintura de Juan Fuchs, un artista con alma nicaragüense "El encuentro entre Gil Gonzáles y el Cacique Nicaragua"

martes, 16 de abril de 2024

FRANCISCO ORTEGA ARANCIBIA (Batalla de Rivas)

 


 Batalla de Rivas (1856)

 


Walker desembarco por la tarde del 27 de junio en las costas de gigante la idea de Walker era emprender la marcha al anochecer y estar en Rivas al amanecer, esta sería magnifica hora para comenzar el combate, pero al comenzar la noche se desata un gran aguacero…

Con todo eso Walker emprendió la marcha, pero ya no con la pretensión de llegar a Rivas al amanecer; sino dormir en Tola y llegar a Rivas al día siguiente,

Los rivense a la once de la noche recibieron la noticia, el ataque se esperaba pronto y el pueblo se puso en movimiento. Se toco a (Generala), que era el llamado para reunir tropa y prepararlas para el combate, se dispararon cañonazos a los pueblos vecinos para que estuvieran preparados.

Un relato interesante que hizo el coronel Manuel Borge es el siguiente “en Potosí al escuchar los cañonazos que era la señal, el cura Santiago delgado a la cabeza con Salvador, y Manuel Borge avisándole a la población que había que  defender la plaza de Rivas, y a las cuatro de las mañana estábamos de 25 hombres montados unos, y a pie otros, recordando entre ellos al anciano Felipe Avilés y José Antonio Vegas y los Jóvenes;  Agustín Delgado, Salvador cabeza, Abel Guerra Dolores Masis y  Manuel Vega. Todos con voluntad para dar la sangre por su pueblo.

A las once de la mañana se escuchó la voz de alarma “El enemigo” esta era la señal que la falange democrática comandada por el filibustero William Walker se encontraba en las puertas de la ciudad. Muy de mañana Rivas se encontraba preparada para el combate que se avecinaba.

Walker explico su plan de ataque, la entrada seria por la parte Norte, este era camino que conducía a Granada, el objeto era apoderarse de las hacienda Santa Úrsula ,O Guadalupe(actual escuela de agricultura UNIAV).

Los rivenses al escuchar el grito el enemigo como un solo hombre estaban presto a la defensa, el mayor Ortega se encontraba descansando en la hacienda Santa Úrsula que era lugar donde vivía, se levanto presto a montar su caballo y dirigirse a las filas de los primeros defensores.

Se divisaba un grupo de soldados democráticos que llegaba en la línea recta hacia la hacienda santa Úrsula, en otro grupo de la falange venían caminando sobre una zanja por el lado derecho pretendiendo atacar a los defensores por sorpresa, estos venían agachados, eran alrededor de unos doce americanos del norte, sus fusiles no llevaban bayonetas e inmediatamente los legitimistas ordenaron abrir fuego contra el enemigo, cuando el Mayor Ortega le comunico al coronel Estanislao Arguello que los rifles de los democráticos no llevaban bayonetas, el coronel arguello le expreso que seguramente lo hacían así porque traían la intención de practicar el sistema de guerrillas.

Y asi fue aquel combate.  Estábamos a doce o dieciséis metros de San Úrsula, y me informó que el enemigo la atacó por dentro del lado de la casa de Espinosa, y que Francisco Leal había muerto en la avanzada, pero que a su vez había matado a su agresor; que los cadáveres que  se, divisaban en la grada de la puerta verde, cerca de donde estaba el enemigo, eran los del joven Francisco Elizondo y el sargento.

Quise combinar con Argüello una carga a la casa, pero él, poniéndose el dedo índice en su entrecejo, me dijo: «Yo pienso con lentitud y ejecuto con rapidez, es máxima de Napoleón».                                     

  Visto era que Argüello no abandonaría aquellas paredes, y me fui a otra parte en el ángulo noreste de la ciudad había una avanzada, para que vigilase si los forajidos aparecían por ese rumbo, y fuí a inspeccionarla. Allí me encontré con el Coronel Borque, quien al verme, me dijo: «Nadie se ha aparecido de San Jorge, no tenga cuidado, aquí estoy yo». Este Coronel me pareció otro tipo como el Capitán Argüello.

   La casa que ocupaba Walker era la última de la manzana con casas; la siguiente al este, era larga, desierta, sin casas _ni cercas, cubierta de yerbas y árboles de higuera, al término de la cual, había una tapia de adobes, con unas troneras bajas, que yo conocía bien; y tomé cuatro soldados y un cabo y los llevé.

   Al llegar a la esquina que debía atravesar, me encontré con que don Evaristo Carazo, Chamarra, Gottel y otros amigos estaban allí, cubiertos con las paredes de la esquina; les dije mi objeto y me atravesé rápido cubriendo a los soldados con mi caballo.

   Los coloqué en las troneras, de las cuales comenzaron a hacer fuego; al regresar, Carazo y los otros amigos me advirtieron con interés el peligro, y que me atravesara corriendo; así lo hice, pero fijándome mucho hacia el punto de donde me hicieron los disparos de las balas, pues pasaron silbando: dos brazos desnudos habían salido por la ventana de la casa de Cubero, que estaba al frente de la que ocupaban los yankees.

  No cabía duda, aquellos eran cazadores que nos habían asesinado a tantos hombres. Se lo expliqué a aquellos amigos y estuvimos de acuerdo en que  se les debía quitar la casa a todo trance, porque sin esa atalaya  no se podrían sostener en la casa de Espinosa,  porque de allí se les atacaría de flanco, y de las claraboyas de la tapia, de frente, dejándoles libre el otro flanco; para quitarnos de encima los rifles de precisión y los cazadores, nos vinimos todos para donde don Eduardo, quien estando de acuerdo nos acompañó al lugar por donde debía darse el asalto de la casa de Cubero.

   Se peleaba bajo la lluvia; el terreno del intermedio que dividía las calles en que estaba la casa de Espinosa de la en que estábamos era quebrado, de manera que no nos veíamos los unos a los otros, estando fuera de la visual de los cazadores.

   Para la operación bastaban seis hombres de tropa, comandados por un oficial brioso y resuelto: se presentó un joven Castillo, sobrino de don Eduardo, pero pareció conveniente llamarles le atención por el occidente, al tiempo del asalto, y se le mandó un ayudante al Capitán Argüello con este objeto; pero el ayudante lo halló aun pensando en su máxima de Napoleón; y el joven Castillo, entendido de las instrucciones del caso, partió cubierto por la vegetación, hasta unas cinco varas distante del corredor_ de la casa; les hicieron una descarga de fusilería y ellos huyeron, dando nuestra tropa un viva atronador, viva que se repitió en todos los puestos ocupados por los nuestros en la ciudad y se reforzó con más tropa la casa de Cubero.

  La atalaya estaba en nuestro poder y Walker perdido. Una lanza con una manta amarrada cerca de un extremo que el joven Enmanuel   Móngalo, con gran determinación y valentía se presto de voluntario y se dirigió entrando por dentro del corredor de la casa vecina de la que ocupaban los aventureros, prendió empapada en petróleo, incendió las soleras y las cañas del techo, pasándose las llamas a la casa de Espinosa, “El Mesón” que pronto quedó toda ardiendo, y los filibusteros la abandonaron, huyendo por el lado noreste; y los vencedores los persiguieron hasta el cerco de alambre de una hacienda de cacao inmediata.

  Al grito de ¡victoria! corrió todo el mundo a la casa de Espinosa; se agrupaba mucha gente en torno de un objeto que se disputaban varios. Al acercarse el autor al grupo, se encontró con  el objetivo de la disputa: era una caja barnizada que pesaba mucho, y suponían que contuviera plata u oro; pero habiéndola roto por una esquina con una cutacha vieron que estaba  llena de paquetes de tiros de rifle; me la mostraron, y  la hice conducir a mi oficina de la Mayoría, junto con una valija o papelera que tenía la marca de William Walker y que también  habían roto los soldados.

  Con don Eduardo, don Evaristo y otros amigos, examiné el contenido de la papelera: los objetos más importantes eran los documentos siguientes, y que leímos en voz alta: 19, el contrato que Byron Cole había celebrado con don Pablo Carbajal, representante del Gobierno provisorio de la revolución de Nicaragua etc.

William Walker no portaba su espada al cinto, ésta la llevaba su ayudante, a quien en: la carrera se le pegaron las cadenas que le servían de tiro en las púas del alambre con que estaba cercada la hacienda por donde iban huyendo, y la recogió el sargento Sandoval que iba persiguiéndolos.

  El sargento se presentó a la Mayoría demandando al Coronel Borque, porque le había quitado la espada alegando derecho a ella, porque siendo Walker Coronel, y Borque también Coronel, a él le correspondía. El autor hizo venir la espada a su oficina, la vaina era de acero y tenía grabado el nombre de William Walker en metal amarillo; la faja tenía galón del mismo color, y los tiros eran de metal galvanizado, dando a todo el color de oro.

Ortega, Arancibia.

40 años de Historia Nicaragüense

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